Ya tienen medio millar de integrantes empadronados, pero siguen llegando solicitudes. “Que me perdonen pero ya no cabemos más”, me dice don José Rivera Ludeña, de 91 años, fundador de la comparsa Huamanga Tunantes, un grupo de ayacuchanos con mística de hermandad religiosa pero, sobre todo, amantes de las danzas festivas del carnaval y de sus canciones pícaras, en cuyas letras se toma el pelo hasta a las autoridades de turno.
“Nunca hubo corrupción,/ dice el tinterillo./ Nunca hubo corrupción,/ dice el suwa kuchi./ No me han dado la plata,/ dice el qara uya./ No me han dado la coima,/ dice el congresista…”.
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La razón de que muchos huamanguinos quieran ingresar a esta cofradía carnavalera es su impecable formación y elegancia en un desfile que llega a cubrir cien metros de largo. Sin contar sus admiradores, que cubren toda la plaza de armas. Además, ya es tradición que algunas autoridades de la ciudad integren la comparsa.
A su edad, el patriarca de Huamanga Tunantes ya no puede danzar, pero sigue acompañando a la agrupación en su calidad de presidente vitalicio. Este año, que cumplieron sus bodas de zafiro, don José recordó el día 6 de febrero de 1977, en que fundaron la comparsa en torno a una pachamanca. La idea fue rescatar las tradiciones más antiguas bajo un concepto coreográfico de carnaval de ciudad, vistoso por su orden y elegancia.
Desde entonces el grupo, integrado por gran cantidad de tunos de la universidad San Cristóbal de Huamanga, se fue robusteciendo y, durante la peor época de los ataques de Sendero Luminoso, los miembros nunca dejaron de danzar. Era un homenaje a la vida: nadie tenía derecho a dejarlos sin unos días de alegría. Es la ley del carnaval, baile y desenfreno, como el cuerpo manda.
El 2019 fue el último año en que se reunieron en toda su dimensión. Un ejército blanco y celeste. Los vestidos de ellas, inflados como paracaídas voluminosos por la fuerza centrífuga; y los ponchos de ellos, marrones como gavilanes bajo audaces sombreros negros. La pandemia los obligó al distanciamiento, pero en esos tristes momentos no dejaron de hacer actividades, entre ellas, un concurso de música ayacuchana.
La comparsa, ya lo dijimos, es sobre todo una hermandad. Este año volvieron a juntarse los vacunados e hisopados para no dejar que muera la tradición en su tercer año con restricciones. Fueron invitados menos de cien, pero la alegría reunida dentro de un local bajo techo fue suficiente para desatar esa energía que tanto extrañaban.
Su nuevo tema musical se llama Carnaval del retorno: “Bella y risueña tunante,/ bailas de blanco elegante/ […] Al verte renace la ilusión,/ suena la tinya en mi corazón”.
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Los ocho mayordomos de este año (Ronal, Iván, Juan, Inés, Luis, Catherine, Joel y Anasandra) confían en que el 2023 (si aún hay mundo) sea el regreso definitivo de una fiesta apta para toda la familia. //
La vida es baile
El carnaval ayacuchano fue declarado patrimonio cultural de la nación en el 2003. En Ayacucho hay alrededor de 30 comparsas organizadas que realizan actividades culturales durante el año.
En el campo, las celebraciones incluyen pruebas de fuerza masculina. La fiesta suele abarcar de la última semana de febrero a la primera de marzo. Este año tampoco hubo desfile de comparsas ni quema del Ño Carnavalón.
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