Renato Cisneros

Mañana arranca el Mundial y no se me ocurre mejor idea que contar aquí una de las mejores historias de fútbol que recuerdo. Se la escuché al gran Luis Sepúlveda y, si no me equivoco, figura en uno de sus libros de relatos. El protagonista, un tal Roberto Muriel, jugaba en la tercera división de su país, Paraguay. Era un delantero-centro letal. Cierto domingo, un cazatalentos fue a la cancha, advirtió su potencial y a las dos horas ya estaba ofreciéndole un jugoso contrato para militar en un equipo español de segunda.

Lo primero que hizo Roberto fue llamar a Soraya, su novia. “Es una gran oportunidad”, le respondió ella, “ve tú primero, en un mes te doy el alcance”. Roberto se despidió de la familia, llegó a España, puntualmente a Extremadura, y se enroló en su nuevo club, el Sporting Villanueva, cuya incómoda posición en la tabla pronto se revertiría gracias a las formidables actuaciones de su nueva contratación sudamericana.

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Domingo a domingo, Roberto anotaba goles o ayudaba a convertirlos, gracias a lo cual el técnico le confió el titularato. Rápidamente se ganó el aprecio de sus compañeros y la barra lo adoptó como su nuevo ídolo. No podía estar yéndole mejor.

Pero la felicidad permanente, ya se sabe, no existe. Una mañana, antes de ir a entrenar, Roberto recibió una llamada de Soraya. Sin rodeos, le dijo que debían terminar: se había enamorado de otro. ¡¿De quién?!, preguntó Roberto, que de un instante a otro sintió cómo se le avinagraba el desayuno en el estómago. Lo único que Soraya confesó fue que el tipo también era futbolista.

Los días, semanas y meses siguientes fueron un infierno. La decepción sentimental tuvo inmediatas repercusiones en el juego de Roberto. En cosa de nada pasó de ser un delantero efectivo y admirado a un jugador distraído, errático, discutido por la prensa, resistido por las tribunas.

Cuando llegó el clásico extremeño frente al rival tradicional, el Olivenza, Roberto no salió entre los titulares. Desde el banco vio cómo su equipo recibía uno, dos goles, sin ni siquiera inquietar al portero rival, un compatriota suyo que acababa de ser fichado. A falta de veinte minutos, el técnico, por pura desesperación, le ordenó ingresar al campo. Roberto se juró en silencio no desperdiciar la oportunidad y, no bien piso el césped, sintió que volvía a su cuerpo la inspiración extraviada. Arengó a sus compañeros haciéndoles saber que aún quedaba tiempo para al menos empatar el partido. Y así fue. Dos pelotas que él cazó en el área terminaron en la red del Olivenza. La barra volvió a rendirse a sus pies. Pero aún faltaba algo: a un minuto del final, el árbitro cobró un penal favorable al Sporting. Los hinchas no podían creerlo. Miguel Aranzaes, el capitán, tomó la pelota.

Desde su posición al borde del área, Roberto elevó la mirada y distinguió entre el público de la tribuna ubicada detrás del arco adversario un rostro inconfundible. Era Soraya que, como todos, esperaba el desenlace de la jugada. Solo en ese momento Roberto comprendió quién era el arquero paraguayo del Olivenza, el hombre cuadrado bajo los palos.

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Súbitamente urgido de revancha, se acercó donde Aranzaes y le anunció que él dispararía el penal. El capitán se hizo a un lado. Lo siguiente fue de película. Roberto tomó distancia, corrió y mientras corría recordó las palabras de Soraya en el teléfono y volvió a sentir la rabia y la desesperación tras la ruptura. Toda la ira pareció concentrarse en su pie derecho, pues le pegó a la pelota con una fuerza descomunal. Fue gol. Inatajable.

Roberto se dirigió al arco, recogió el balón como si recogiera su honor y dirigiéndose al arquero le balbuceó al oído: “No lo tomes personal, flaco”. Acto seguido, caminó a la tribuna, enfocó a la mujer que lo había traicionado, la ex novia a la que quizá todavía quería, y desde el fondo de los pulmones le gritó: “¡Esto es por vos, Soraya!”. Los hinchas tomaron inmediata nota de aquella frase y pensando que se trataba de un eslogan o un lema, o tal vez una expresión típicamente guaraní, lo replicaron al unísono, haciendo aún más épico el momento.

Los años han pasado. Hace mucho que Roberto ya no juega en el Sporting Villanueva (ni en ninguna parte). Sin embargo, los hinchas de ese club de Extremadura, en sus momentos de euforia, para premiar la garra del equipo, todavía repiten ese viejo juramente convertido en peculiar grito de guerra: “¡Esto es por vos, Soraya!”. //

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