Arturo Bullard ha cumplido varios de sus sueños a los 52 años, pero hace poco concretó uno de los más especiales: trabajar en la jungla de África. Aquel niño apasionado de las revistas y los documentales de la National Geographic, el que de joven confirmaría su vocación al ser asistente en una comisión en la selva peruana comandada por Frans Lanting, uno de los mejores fotógrafos del mundo, habla hoy de sus aventuras como si fuera un chiquillo de 16. Rápido, con emoción, alucinado de lo que cuenta. Y lo que narra, ciertamente, es alucinante. Ha pasado tiempo ya desde que abandonó el mundo corporativo para recorrer el planeta y registrarlo con su cámara de fotos. También desde que fundó una empresa con la cual acompaña a grupos de viajeros ávidos de aeropuertos, lanchas, senderos, carpas, carreteras y destinos. La última misión en la que se llevó a un par de estos fue, precisamente, a Botswana, a un safari de esos que vemos en las películas, con jeeps, binoculares, calor y pantalones caqui. De qué otra forma se puede observar, pues, a los animales salvajes en libertad más maravillosos de la Tierra.

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