"La otra copa", por Liliana Michelena
"La otra copa", por Liliana Michelena
Liliana Michelena

Confiada en su pasado glorioso. Dependiente de su mejor jugadora. Miserable tácticamente y enfrentada con Alemania en semifinales. La selección femenina de Estados Unidos evitó el destino de Brasil en el Mundial 2014 con un volantazo de última hora, pero las historias corrieron paralelas en el primer tiempo de ese partido.

Era evolucionar o dejar morir la única dinastía que ha tenido el fútbol de mujeres. Después de un susto –Alemania falló un penal–, las campeonas olímpicas ganaron 2-0, y repetirán la final del 2011 contra Japón, campeona de ese mundial. Mejor considerado que su versión masculina en EE.UU., el fútbol femenino crece a buen ritmo en Europa, pero es tratado como poca cosa en el resto del mundo, donde una futbolista todavía tiene algo de reaccionario.

Los medios se rehúsan a destacar a las atletas por algo más que sus apariencias y la FIFA, aunque Blatter se autodenomine “el padrino del fútbol femenino”, no hace lo suficiente para promover el juego. No siempre fue así, pero la costumbre sigue perpetuando el desdén por el juego.

PECADO ORIGINAL

Históricamente, las mujeres han sido apartadas del deporte por ser “muy débiles”. A pesar de la resistencia, el primer club de fútbol  femenino –el British Ladies Football Club– nació en Inglaterra en 1894. Las iniciativas se multiplicaron durante la Primera Guerra Mundial: mientras los hombres iban a las trincheras, las mujeres los reemplazaban en las fábricas, cuna de las sociedades atléticas de inicios del siglo XX.

El crecimiento fue tal que en 1920, 53 mil espectadores llenaron el estadio del Everton para ver un partido entre el Dick, Kerr’s Ladies F.C. y el St. Helen’s, en un partido pro fondos para las milicias. Meses después, la Football Association (FA) –dirigida por varones– prohibió el fútbol femenino y amenazó con la suspensión a cualquier involucrado.

Otras federaciones replicaron la medida, que duró hasta 1970. Los años en el exilio debilitaron la competencia y abrieron paso a EE.UU., que impulsó la masificación con su reforma universitaria de los años 70. En 1991, las primeras beneficiarias de esa medida ganaron el primer mundial FIFA. En 1999, Estados Unidos volvió a ganarlo en casa, contra China y en penales. La popularidad del fútbol en EE.UU. le debe mucho a esa gesta, que la generación actual pretende repetir.

CREMA Y NATA

Canadá 2015 debió presentar la última evolución del juego. Países con gran herencia futbolística pero programas femeninos muy jóvenes (Inglaterra, Francia, Colombia) están alcanzando a quienes se interesaron primero por el juego. Ya no se gana a punta de físico y lanzando el balón al vacío.

Pero el Mundial 2015 se volvió algo experimental cuando la FIFA las puso a jugar en césped sintético (superficie donde juega y entrena la selección femenina peruana en la Videna). Ni siquiera se molestaron en hacer un sorteo; los grupos se decidieron “para vender tickets y aumentar los rátings”.

No fue la suerte que enfrentó a Francia y Alemania –equipos candidatos– en cuartos de final. Ni la que colocó a Alemania y EE.UU. en el mismo hotel de Montreal. En medio del torneo, la FIFA anunció que invertiría US$22 millones en el desarrollo del fútbol femenino hasta el 2019. ¡Menos de lo que costó el fracaso cinematográfico de “United Passions”! No hay por qué fingir interés, pero un poco de respeto haría maravillas. 

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