Fotos: Anthony Niño de Guzmán
Fotos: Anthony Niño de Guzmán
/ ANTHONY NINO

En Japón se baila desde tiempos inmemoriales. Cada prefectura tiene no una sino muchas danzas vinculadas con el recuerdo de los ancestros, los periodos de cosechas o las estaciones del año. Las que se difundieron más en el Perú fueron las okinawenses, pues la mayoría de migrantes provenían de esta región. Sin embargo, con los años, los múltiples bailes tradicionales japoneses han echado raíces en nuestro país gracias al silencioso esfuerzo de un grupo de maestras del odori (danzas) que, después de décadas de enseñanza, reciben ahora un justo homenaje con ocasión de la Semana Cultural de Japón.

Ellas son las maestras Laura Shimazaki, de la Escuela Shimazaki Perú; Haruko Miyagi, de la Escuela Kasa no kai; y Kazue Kohatsu, quien acaba de ser reconocida como persona meritoria en Okinawa. Shimazaki y Miyagi llevan varias décadas en la enseñanza y lamentan ya no poder bailar como lo hacían en su juventud. Sus ojos brillan cuando recuerdan su misión como maestras y sus presentaciones en diversos escenarios como los de la Asociación Okinawense del Perú o en el antiguo teatro Municipal o, en tiempos recientes, en el auditorio de la propia Asociación Peruano Japonesa.

Fotos: Anthony Niño de Guzmán
Fotos: Anthony Niño de Guzmán
/ ANTHONY NINO

“Cada baile tiene su historia”

Haruko Miyagi cuenta que vino al Perú a los 28 años, en 1957, procedente de Okinawa. Aquí, comenzó a cultivar las danzas de esta prefectura. “Yo no me considero una senséi —asiente, con humildad—, solo me he dedicado a la enseñanza buena parte de mi vida”. “En Okinawa se baila en toda ocasión —dice— en los aniversarios, en los matrimonios, en las cosechas. Hay danzas de felicidad que son mucho más movidas… cada baile tiene su historia”.

¿Y con qué baile se identifica más?, le pregunto, y ella responde de inmediato: “A mí me gustan los bailes movidos”. Tiene 93 años y por una enfermedad en las piernas ya no puede bailar, pero eso no le impide seguir enseñando: “yo siempre aconsejo”, susurra.

Otra maestra que ha bailado durante toda su vida es Laura Shimazaki. Cuando tenía cuatro años, su padre sintonizaba la radio y ella ya estaba moviéndose al ritmo de la música. Aprendió a bailar con su mamá, pero luego tuvo una maestra llegada de Japón. Pronto, dominó no solo los ritmos de sus ancestros, sino también las danzas peruanas. “Fui invitada por la televisión japonesa para bailar folclor peruano —evoca, con orgullo—, bailaba marinera, huaylarsh, tondero. Me quedé dos años en Japón y ahí conocí a una maestra que me invitó a su academia. ‘Usted maneja muy bonito las manos’, me dijo. Con ella, bailé en varios teatros japoneses”.

A su retorno al Perú, Shimazaki continuó su carrera en la danza tradicional japonesa. Se presentó en diversos programas televisivos, en teatros (enseña con emoción las fotos en blanco y negro y color) y comenzó a enseñar este arte. “Hay varias clases de danzas japonesas —precisa— las más antiguas son más lentas y las más modernas tienen un movimiento mucho más rápido. Hay danzas que le dicen ondo y se bailan entre varias personas, haciendo ruedas”. A sus 89 años, le entristece no poder bailar. “He bailado por más de 70 años —afirma—, el baile no solo educa el cuerpo, sino también el alma”.

Las maestras Miyagi, Shimazaki y Kohatsu (Fotos: Anthony Niño de Guzmán)
Las maestras Miyagi, Shimazaki y Kohatsu (Fotos: Anthony Niño de Guzmán)

Los discípulos

Tanto Miyagi, Shimazaki y Kohatsu han dejado huella en el Perú. La mejor prueba de ello son sus alumnos y seguidores. Una de ellas es Keiko Kitsuta, coordinadora del elenco Kikunokai APJ Nihon no odori, que se formó en 2016 gracias a un convenio entre la Asociación Peruano Japonesa y la prestigiosa compañía Kikunokai. Ella, como sus maestras, también empezó a bailar de niña. De origen okinawense, siempre representó a su jurisdicción, sobre todo en un festival tan importante como el Urabon. “Es una festividad muy grande para todos los okinawenses —dice—, ahí se recuerda a los ancestros y se baila el eisa y otras danzas del pueblo”. Según explica Kitsuta, la danza okinawense es diferente a las de otras prefecturas de Japón. “Cambia en la postura. El cuerpo se inclina un poco más; en cambio, en la japonesa tradicional, está más erguido y se dobla solo de la cadera hacia abajo, entonces el movimiento es más sutil, más suave, no hay tanto bamboleo”.

Otro heredero de las maestras pioneras es Arturo Goya, quien dirige el Ryukyu koku Matsuri Daiko filial Perú, donde se practica el eisa. “Este grupo nace para darle un toque más moderno al baile tradicional de Okinawa y poder captar a las nuevas generaciones”, dice. Lo que más llama la atención es el uso de tambores y el gran despliegue físico en el escenario. Es un baile practicado por hombres, mujeres y niños sin distinción de edad, ejecutado durante el festival para honrar a los ancestros. Se puede decir que se baila hasta que el cuerpo lo permite, pues los movimientos son fuertes y además hay que cargar el ōdaiko (tambor) en el hombro.

Así, entre la tradición y la modernidad, las danzas japonesas continúan sorprendiendo con sus coreografías mágicas y ritmos sincronizados, una tradición que ha pervivido en nuestro medio por la perseverancia incondicional de sus maestras.

Más información

Como parte del programa de la 50ª Semana Cultural del Japón se realizará el tradicional festival artístico, en el que se presentarán los elencos de las diversas escuelas de difusión del odori (danzas) en nuestro país. Participarán: Kikunokai APJ Nihon no odori; Ryukyukoku Matsuri Daiko filial Perú; Seiryu Eisa Kai; Ryuseihonryu Ryuseikai filial Perú; Yuna Daiko; Kiku No Kai Ryukyu Buyo y Escuela de danza Kazue Kohatsu. Durante el festival se rendirá homenaje a tres maestras de danza que han contribuido a la enseñanza y difusión del odori en nuestro país: Laura Shimazaki, Haruko Miyagi y Kazue Kohatsu. Sábado 12 de noviembre, a las 7:30 p. m., en el Teatro Peruano Japonés (av. Gregorio Escobedo 803, Residencial San Felipe). Ingreso libre, capacidad limitada.