"Centinela dispara a un ruiseñor", por Rodrigo Fresán
"Centinela dispara a un ruiseñor", por Rodrigo Fresán
Rodrigo Fresán

Hace poco, el pajarito del Twitter de Stephen King se refirió así al alboroto en la jaula tras la publicación del viejo nuevo libro de Harper Lee: “Contemplen a los críticos apalear "Ve y pon un centinela". ‘No pondrás en ridículo a nuestras atemorizadas vacas literarias’. Mientras para el resto de nosotros: ‘¡Tú puedes, chica!’”.

     El tuit del King Stephen —siempre en conflicto con su lugar de titán popular aceptado por cierto establishment literario y todavía despreciado por la academia— no es de lo más inspirado que ha salido, ya no de su pluma, pero sí de su pulgar. Para empezar, no se entiende: ¿la “atemorizada vaca literaria” es el very long best seller —con más de cincuenta millones de ejemplares vendidos— "Matar un ruiseñor" de la propia Lee?; ¿necesita Lee de su apoyo?; ¿han apaleado los críticos a "Ve y pon un centinela" con su encantadora portada vintage o, simplemente, han demostrado ciertas comprensibles sospechas por el folletín por entregas de su hallazgo, firma de contrato secreto entre abogados y publishers (quienes ya insinúan la posible existencia de un posible tercer libro) y, finalmente, imprevista trama del producto terminado?

     Más allá de todo el sonido y la furia generados por la súbita reaparición de quien se pensaba un caso cerrado, lo que más intriga es que finalmente haya sido Harper Lee quien se atreviese a hacer aquello que todos suponíamos alguna vez haría (y no hizo) Salinger. Y que lo haya hecho con un impensable y perverso golpe de timón: algo parecido en efecto sísmico a que mañana se publicase una secuela de "El guardián entre el centeno" en la que Holden Caulfield acaba asesinando a toda su familia (pequeña Phoebe incluida) para después, cansado de preguntarse sobre su invernal destino, comerse vivos y crudos los patos del Central Park.

     Se sabe y se venera: la singular voz en primerísima persona (y por momentos demasiado cute) de Scout en la apta para todo público y tan políticamente correcta "Matar un ruiseñor" —junto con la del ya mencionado Holden, con la del Huck Finn de Twain, con la del Ishmael de Melville, con la del Nick Carraway de Fitzgerald, con la del Patrick Bateman de Ellis— es una de las grandes voces narradoras de la literatura norteamericana. Aunque, para mí y casi para todos, sus compañeras de viaje Flannery O’Connor y Carson McCullers (yo soy del Deportivo Carson) la superen tanto en técnica como en prosa. 

     Pero, sí, fuera de Estados Unidos, nos resulta muy difícil hacernos una idea de su importancia: porque la pequeña Scout a quien cuenta y escribe es a Atticus Finch, su padre, abogado paladín de los derechos humanos y de la justicia para todos en el Sur intolerante de entonces y, digámoslo, de ahora mismo. 

     La novela ganó el Pulitzer de 1960 y algunos paranoides-conspirativos se la atribuyeron en la sombra al primo de Harper, Truman Capote (aunque The New York Times investigó que la responsable de dar forma a un manuscrito enredado y deshilvanado fue Tay Hohoff, de la desaparecida editorial Lippincott), quien la habría reescrito en pago por la ayuda de Lee en la investigación para su "A sangre fría". Y el triunfal debut de Lee pronto se convirtió también en oscarizado y goldenglobizado blanquinegro clásico del cine dirigido en 1962 por Robert Mulligan y protagonizado por ese pésimo actor que fue Gregory Peck, quien, con el único talento de sus pómulos, elevó a Finch a la primera posición del ránking de héroes del celuloide, seguido por Indiana Jones, Rocky Balboa, Superman, Tarzán, James Bond, Robin Hood... Allí, en la pantalla y en el libro, Atticus Finch: clara y fielmente inspirado en el padre de Lee, abogado y padre viudo de Alabama, quien fue el mejor tirador de la región pero dejó las armas para empuñar las palabras. Finch, quien decide defender a un hombre negro acusado injustamente de violar a una mujer blanca y pone a todo el pueblo en contra suya y de su familia. Finch —hombre recto e implacable— como el inspirador directo de que tantos jóvenes decidieran estudiar Derecho y pasen a formar parte del gremio más detestado en Estados Unidos. Así, abundan los chistes siniestros de abogados Made in USA; pero Atticus Finch permanece y, 55 años después, sigue poniéndose de pie despacio para pronunciar su alegato sin apuro y hacer pronta justicia. Y nosotros lo escuchamos. Hasta ahora.

     El dilema es que en la precuela (escrita antes de "Matar un ruiseñor") pero secuela (transcurre dos décadas después, con una Scout ya adulta, reconvertida en la neoyorquina Jean Louis, y un Atticus crepuscular) llega la inesperada verdad en tercera persona del singular para ella (ya no escritora sino lectora que exclama “Me has estafado de un modo imposible de expresar”) y para nosotros: Atticus Finch acaba siendo un amargado racista y un intolerante que ha participado de reuniones del Ku Klux Klan y tiene náuseas cada vez que oye de integración social e igualdad racial escupiendo cosas como “¿Quieres carros llenos de negros descargando en nuestras escuelas e iglesias y teatros? ¿Acaso los quieres en nuestro mundo?”.

     Y —al momento de la redacción de estas líneas no ha habido ninguna declaración oficial de Obama— digámoslo pronto y corto y salgamos corriendo de aquí: Atticus Finch ha resultado ser un muy mal tipo.

     Y felicitaciones a Indiana Jones por el ascenso. Y horror en USA, donde son muchos los que han devuelto el libro o cancelado reservas o han manifestado su negativa a querer saber nada de todo eso o, incluso, pensar seriamente en cambiarse el Atticus que llevan por nombre en su honor. 

     Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿es "Ve y pon un centinela" el producto de una American psycho disfrazada de antigüedad valiosa?; ¿un invento de herederos/representantes a partir de amarillentas páginas sueltas?; ¿o se trata de una broma pesada calculada desde hace décadas por esta desplumadora mujer supuestamente sencilla, amable y celosa de su privacidad que no ha hecho otra cosa que frotar sus garritas durante todo este tiempo riéndose sola al imaginar nuestras caras de sorpresa y desconcierto?

    ¿Y si resulta que Harper Lee siempre fue una pésima persona? 

     En lo que a mí respecta —celebro que los personajes cambien como cambian las personas— me encanta que Lee haya resultado ser alguien como salido de una de esas historias con escritores locos o enloquecidos o enloquecedores con las que suele asustarnos de felicidad un excelente tipo llamado Stephen King.