(Des)hacer tiempo, por Rodrigo Fresán
(Des)hacer tiempo, por Rodrigo Fresán
Rodrigo Fresán

Esto empieza con quien firma estas líneas acompañado de su hijo (o acompañando a; porque en algún momento uno de estar acompañado por su hijo pasa a acompañar a su hijo para, con los años, volver a estar acompañado de o acompañado por su hijo) viendo los dos primeros episodios de la nueva serie de TV espacio-temporal llamada “Timeless”. Lo que viene a significar Sin tiempo.

Pero yo y mi hijo de diez años (parece que fue ayer cuando tenía un año y parecerá apenas mañana cuando tenga 20) tenemos todo el tiempo del mundo para verla. Afuera es sábado y llueve. Y la serie no está mal y es funcionalmente anticuada o cariñosamente vintage, lo que prefieran.

Y ya se sabe: incursiones retro a fechas clave. El estallido del LZ 129 Hindenburg el 6 de mayo de 1937 en el primer episodio, y el asesinato de Abraham Lincoln el 14 de abril de 1865 en el segundo. Y —todo el tiempo— lo mismo de siempre en este tipo de ficciones: los riesgos y tentaciones y gracias de alterar el pasado para que se modifique nuestro presente. Lo que pasó como el caldo de cultivo del qué será, será, como cantaba Doris Day, mujer con apellido temporal.

Y, en España, el estreno de esta serie norteamericana ha venido acompañado de cierta polémica; porque se acusa a la cadena USA Sony/NBC de haber plagiado a la ibérica y de culto “El ministerio del tiempo” de la TVE luego de haber desistido de comprar sus derechos y… pero, en serio: ¿alguien puede considerarse dueño del viaje temporal-catódico? Recuerden, retrocedan: ya estaba aquella otra serie funcionando como un “Viaje a las efemérides” por los tiempos de “Viaje a las estrellas: el túnel del tiempo”, con Douglas y Tony perdiéndose y encontrándose entre greatest hits históricos cortesía de algo llamado Proyecto Tic-Toc. Y no estaba mal ese túnel de Douglas y Tony. Era muy psicodélico. Y es que yo en lo primero que me fijo es en el aparato en cuestión. Las razones son obvias: aquella adaptación cinematográfica de 1960 dirigida por George Pal de la fundante novela de H. G. Wells de 1895 protagonizada por el pétreo Rod Taylor (quien también lucharía contra los pájaros de Hitchcock) y que propone un mañana utópico/distópico con jóvenes apolíneos (los eloi) a ser devorados por dionisíacos monstruos subterráneos (los morlocks). La película contemplada por entonces —comenzaban los revolucionarios sixties— podía entenderse ya como una advertencia de un mundo por venir prontito con hijos rebelándose contra sus padres caníbales y castradores. Pero lo que a mí más me gustaba de la película era la máquina per se. Un artefacto de líneas victorianas. Una especie de alambicada silla mágica con platillo giratorio a sus espaldas y, lo mejor de todo era esa escena en la que el paso del tiempo era experimentado a partir de los cambios de moda de un maniquí en el escaparate de la acera de enfrente.

Ese gran momento (para mi mentalidad por entonces infantil) se vio potenciado aún más por otras dos grandes y muy influyentes radiaciones de lo temporal y del quiebre de estructuras narrativas.

Primero fueron los saltitos doméstico-temporales de “A Day in the Life”, al final del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de The Beatles. Y después, enseguida, las elipsis cósmicas radicales de “2001: odisea del espacio”, de Kubrick.

Entonces, claro, todo quedaba por delante y aún existían conceptos como un futuro muy diferente. Ahora, en cambio, el mañana ha sido devorado por el presente y habitamos la ciencia no-ficción de estar invadidos y dominados por una raza (extra)terrestre de teléfonos móviles.

Pensaba en todo esto viendo “Timeless” (la máquina de “Timeless” está muy buena, diseñada como un enorme globo ocular con anillos giratorios) y leyendo “Time Travel: A History”, el nuevo libro del divulgador científico James Gleick (autor también del imprescindible “La información”, donde retrata nuestro paisaje internético ahogado en data). Libro que ya desde su diseño de portada (jugando con la idea del título moviéndose hacia delante y hacia atrás) fascina e inquieta con la exploración in toto del concepto y de la ambición y del sueño y la pesadilla.

Gleick parte de Wells —según él “inventando una nueva forma de pensar” y, aunque la idea ya estaba dando vueltas, siendo el primero en aparear a las palabras viaje y tiempo— y desde allí no para deteniéndose en cada estación científica y artística y pop de la cuestión. Basta recorrer el índice onomástico de “Time Travel” (ese artilugio impreso al final de los ensayos que es como una máquina del tiempo en sí misma que te permite viajar a la página donde aparece el nombre que más te atrae) para celebrar la labor recopiladora de Gleick: Borges, Dick, Harry Potter, “Terminator” (saga cuya seguimiento y comprensión ya me produce dolor de cabeza), Asimov, San Agustín, Proust, Nabokov (y su “textura del tiempo” en “Habla, memoria” y “Ada o el ardor”), Banville, Barthelme, Gödel, Bradbury y su mariposa cambiándolo todo en el influyente relato de 1952 “El ruido de un trueno” (en el que los viajeros temporales retornan a su época para descubrir que los Estados Unidos ahora tienen un presidente demasiado parecido a… Donald Trump), Fitzgerald y su Benjamin Button, Darwin, Philip K. Dick, “Fatherland”, los Amis (padre e hijo), Poe, “Doce monos”, Carl Sagan, Henry James, Poe, “Volver al futuro” (cuya segunda parte para mí es el espécimen definitivo a la hora de marearte/divertirte), Ursula K. Le Guin, Philip Roth, Mark Twain, Michael Kurt Vonnegut y “Matadero Cinco”, Aristóteles, Jack Finney, Martin Gardner, Virginia Woolf, William Gibson, Murakami, David Foster Wallace (autor no solo de “La broma infinita”, sino también de aquella “Breve historia del infinito”), Woody Allen y muchos más y, last but not least, todos esos físicos que por estos días investigan la posibilidad de ir a averiguar si mañana llueve o si de verdad crucificaron a Jesucristo (y, curioso, no hay mención al clásico “He aquí el hombre” de Michael Moorcock o a “Futurama”; pero se disculpa a Gleick porque, sí, no hay tiempo para todo ni para todos) y burlándose de todos aquellos magnates que invierten en cronocápsulas.

Y Gleick concluye volviendo a empezar: la manera más efectiva que tenemos de viajar por el tiempo es leer y escribir. Allí, al mismo tiempo, el pasado de quien escribió, el presente de quién lee y la eternidad de una historia que será contada una y otra y otra vez. Y hasta dentro de 15 días (en esa dirección) o hasta dentro de 15 días (en aquella otra). Y yo sigo viendo “Timeless” y coincido con algo que dice Gleick en un momento de “Time Travel”: no hay máquinas del tiempo más preciosas y mejor diseñadas y tan queridas como los hijos. Con ellos avanzamos hacia su futuro, y nos devuelven a nuestro pasado, y qué hora es: hora de enviar este artículo que yo termino ahora y ustedes leerán en más o menos una semana.

O no.

Porque —invocando de nuevo a esos cuatro de Liverpool cantando y contando más allá de cualquier época— tomorrow never knows.

  Y yesterday quién sabe.

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