Divagaciones alrededor de la unión
Divagaciones alrededor de la unión
Jerónimo Pimentel

Seamos superficiales: los nombres, las consignas, por una vez, importan.
    El lema apenas difundido de la República del Perú reza: “Firme y feliz por la unión”. El de los Estados Unidos de Brasil: “Orden y progreso”. El de la Unión Europa: “Unida en la diversidad”. Es conmovedor cómo las palabras expresan deseos. Se ve que uno busca fijar justamente aquello que no tiene.
    Gran Bretaña vota por salir de la Unión Europea, pero Escocia e Irlanda del Norte deciden quedarse. Una parte de Cataluña quiere desasirse de España siempre y cuando se respete su estatus comunitario. Toda independencia funciona, a la postre, bajo la idea de fragmentar para unificar un sustrato, en teoría, más hondo y profundo, más auténtico y duradero. Llevar al extremo dicha posición anima a descender por un escalón que sigue el siguiente orden: organización internacional, bloque regional, Estado nacional, ciudad, municipio, familia, individuo. Una escalera alterna recorre y se solapa sobre esta, afectándola: cultura, raza, etnia, tribu. ¿Tiene más sentido un reino del yo que un imperio del todos? La anarquía y el liberalismo libertario sobreestiman la singularidad; la verdad es que nadie es tan especial. En contraste, los sueños de los emperadores —tan proclives a la cobertura y a la homogenización de los pueblos— parecen humanistas, pues igualan. San Martín creía que en temas políticos estos asuntos estaban predestinados, o al menos así lo sugiere la famosa frase que se le atribuye: “Serás lo que debas ser o sino no serás nada”. Nada también es un país.
    Estados Unidos decidirá pronto cómo resolver su porción del dilema: la gran virtud de Trump es su consistencia en proveer el cóctel histórico que ha alimentado, desde hace más de 200 años, al mundo blanco protestante anglosajón: el miedo al otro. Un miedo culposo, se debe decir. Votar en contra de los norteamericanos de origen hispano es una manera de decir que necesitan menos Estados Unidos para seguir siendo Estados Unidos. Es el discurso opuesto a aquel que les dio grandeza. Lo que está en cuestión, entonces, es cuánto del núcleo duro que prosperó bajo esa idea la negará. Eso constituye, de cualquier forma, una elección triste.
    España ve con espontánea resignación cómo es posible sobrevivir sin gobierno legítimo mientras sus partidos se muestran incapaces de llegar a un acuerdo. Un taxista catalán me dijo que está en contra de la secesión, pues qué sentido tenía cambiar a un ladrón por otro. Me rindo ante la fuerza de su lógica. Una dependiente me asegura que votará siempre a Esquerra Republicana ya que se siente europea, pero no española. Como no entiendo el matiz, le pregunto qué significa España para ella y responde que nada, que es una nacionalidad impuesta, que para ella los españoles y los latinoamericanos son tan ajenos para un catalán como chinos y japoneses. Me lo dice en castellano, claro, y no puedo dejar de pensar en cómo se sobrelleva tanta soledad. Desde América Latina, le contesto, toda reivindicación nacional se ve igual de ridícula. Me da el cambio. ¿Es su arraigo una respuesta a mi alienación apátrida? ¿Está ella en el camino de vuelta?
    Otra forma de abordar el tema, más cercana, es preguntar a los partidos peruanos quién y con qué intención los bautizan. Ya se ha escrito sobre el uso fútil e indiscriminado de las palabras “frente”, “alianza” y “popular” con el fin de nombrar cualquier movimiento que busca llegar al poder solo con aludir a una representación nacional inexistente. La falta de originalidad expresa un deseo pero esconde una falla de origen: la atomización. ¿Prosperaría una agrupación sincera que, a la manera de aquel famoso eslogan de la extinta Mutual Perú, reconozca la pequeñez como punto de partida? ¿Y qué tal si usurpa los nombres de las ocurrencias poéticas peruanas, como “Kloaka” o “Tres tristes tigres”, y coge como eslogan algunas frases contundentes de la biblioteca local, como “Cholos calatos mirando el Rímac” o “Mi patria es mi jardín”? Se les podrá acusar de hiperrealismo, cursilería, eurocentrismo o solipsismo, respectivamente, pero no de deshonestidad ni de ser parte de la perversa corriente publicitaria aspiracional.
    Sí, todo muy esnob. Seamos serios, entonces: cuando un francotirador afroamericano asesina a cinco policías blancos, ¿une el país conmocionado por el crimen o fortifica los lazos que unen la comunidad usualmente afectada por un ratio de homicidios 25 a 1 mayor respecto a otras? En el muro de Facebook de Micah Johnson se leen tanto reivindicaciones como denuestos. Si ni siquiera Barack Obama, en su estatus simbólico de primer presidente afroamericano, pudo frenar el lobby republicano para desarmar a la población civil, ¿no cabe pensar que el derecho a la tenencia de armas no es sino un emulsionante de una sociedad que sueña con Rambo y que luego es víctima de él? La tragedia, la muerte, también es una manera de estar juntos. Morrissey era quien cantaba que si no sería el amor, iba a ser la bomba lo que nos una.
    Si aplicamos este programa a nuestra agenda, las dudas cambian. La primera es: ¿a partir de cuántas frazadas donadas podemos sentirnos compatriotas de las víctimas de las heladas? La segunda tiene ver con la decisión de PPK de nombrar a Zavala como primer ministro: más importante que su capacidad de gestión parece ser qué lectura hará de ello el fujimorismo: bandera verde o roja.
    La unión libre es un concepto tan bueno que se convirtió en el mejor poema de André Breton, pero no se sabe aún cuáles serán sus réditos políticos.