"Elecciones: patrimonio inmaterial", por Jaime Bedoya
"Elecciones: patrimonio inmaterial", por Jaime Bedoya
Jaime Bedoya

Las elecciones presidenciales peruanas se han configurado, sobre la base de la repetición y el magro recambio de protagonistas, en un meritorio ejercicio nacional de control de daños. Una intangible artesanía típica a la par de la cerámica de Chulucanas y el retablo ayacuchano, pero de añadidos alcances sociológicos pendulares según quinquenal periodicidad.

Se trata de una dinámica social que en los últimos plebiscitos ha mostrado las señales de vitalidad e impulso que configuran las grandes tendencias consuetudinarias de los países [1]. Y que en virtud de su recurrencia —persistencia que algunos pesimistas llaman maldición— nos llevará más temprano que tarde a la perfección matemática en su ejecución siempre igual pero diferente.
    
Expertos en la escogencia por descarte, atados eternamente al ancla de lo pedestre sabiendo voltearle la cara a los sueños, se va consolidando una versión maestra de la conformidad. Un “es lo que hay” nacional: el poder elegir sin ilusionarse será acto reflejo innato del peruano del siglo XXII.

Este sinceramiento de expectativas en curso se hace más notorio en quienes más elecciones tienen a cuestas. Los anteriormente mencionados votantes, atemperado el entusiasmo y sometido el apasionamiento gracias a lo que Freud llamaría principio de realidad, han dejado atrás candideces gallináceas y virginidades emocionales que suelen llevar el voto hacia los terrenos del disparate impulsivo. El endeble argumento de me cae bien.

En estos días se estima que el grueso del susodicho sentimiento háyase disperso entre una generosa variedad de candidatos que cumplen a cabalidad con el requisito sine qua non para atraer la pureza de corazón del ingenuo: honrar algún tipo de falso valor. Existen falsas promesas idóneas para el más inocente de los entusiasmos. Lo cual nos lleva a las redes sociales. Si algo hay que agradecerle a estas y a sus más entusiastas militantes es que la humanidad, en su grandeza y en su miseria, es más transparente que nunca. Literalmente se ve lo que come. 

Una lectura transversal, fría y prolija de esta revela a simple vista las honestas adhesiones emocionales del votante. Que por su propia naturaleza anímica son básicamente cambiantes e imprevistas, atadas con el volátil hilo de la emoción. Siempre vulnerables a ese momento de última hora, casi siempre en la misma cola ante la urna, en que el peso muerto de la aceptación cae con toda su contundencia y sabia apatía.

Característica reclamada al patrimonio cultural inmaterial es la de ser transmitido entre generaciones, manteniéndose vivo por esta práctica. Es lo que sucede con la marinera, el pisco, el caballito de totora, la danza del wititi, entre otros tesoros nacionales. Toca reclamar ante la Unesco que nuestra manera de votar cada cinco años sea declarada añadido patrimonio inmaterial, aporte peruano a la neuroplasticidad mundial y al instinto de supervivencia humano.

[1] Suiza no se puso a hacer relojes cucú de un día para otro.