Freak versus alien
Freak versus alien
Rodrigo Fresán

Batman, por supuesto. No se duda ni se piensa. Batman para mí, y Superman es todo tuyo, y qué me importa que el kriptoniano-norteamericano sea el primero: puedes quedarte con él. Y, de acuerdo, los dos son outsiders y huérfanos y cargan con su karma a cuestas. Pero lo de Superman —como suele ocurrir con todo mito original y originador de demasiados derivados— suena ya cansado y visto y predecible. ¿A alguien le interesa alguien a quien lo único que lo debilita son fragmentos rocosos de su planeta natal mientras se la pasa embanderándose tan Made in USA? ¿Cómo no optar por un millonario traumado y hamletiano que no tiene nada mejor que hacer que vestirse de murciélago y salir a dar vueltas por las noches? Como bien apuntó Tarantino en aquel monólogo casi final de Kill Bill, el cretino de Kal-El se burla de la condición humana al inventarse la doble personalidad del patético Clark Kent como terrestre promedio. Bruce Wayne, por su parte, se sabe desequilibrado y lo único que lo equilibra es salir de cacería vestido así. No es casual que Christian Bale haya sido el mejor Batman luego de haber sido ese otro gótico american psycho que se escribe casi igual: Bateman, Patrick. Y terrible paradoja: Christopher Reeve, roto y vulnerable, acabó sus días tan parecido a Lex Luthor.
     Para empezar, basta con ver un par de capítulos de "Smallville" y otro par de "Gotham" (donde se narran las juventudes de Clark y Bruce) para tenerlo bien claro. La vida del primero es una estudiantina no muy alejada de "Archie", mientras que la del segundo es puro noir. Para seguir, Superman —creado en 1938 por la dupla nerd del guionista Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster— no es uno de los nuestros, es un inmigrante ilegal: un extraterrestre enviado en cohetín a la Tierra por su progenitor, Jor-El, en vísperas de la destrucción del planeta Kripton. El que Jor-El lo haya enviado a un lugar tan problemático como este, pudiendo haberlo despachado a galaxias más felices e inteligentes, dice a las claras que era un pésimo padre o alguien con un sentido del humor perverso. Y los múltiples superpoderes de Superman —versión con esteroides de una de esas navajas suizas que, a la hora de la verdad, no sirven para gran cosa— no son otra cosa que la resultante de las condiciones atmosféricas de nuestro mundo en combinación con su biología extraterrestre. Es decir: lo suyo no tiene mérito alguno. Batman, en cambio, es 100% humano y un verdadero self-made man que suplanta los superpoderes, reflejos y automáticos por gadgets, pura astucia y, claro, dinero heredado a muy temprana edad. Creado en 1939 para competir con Superman por el dibujante Bob Kane y el guionista Bill Finger, Batman —el lado oscuro del magnate Bruce Wayne— se reconoce desde el principio como un perfecto y feliz freako. Lo suyo, una sed de venganza del tipo montecristiana, está justificado por haber sido testigo del asesinato de sus padres durante su infancia y nunca me quedó claro qué hacía una pareja de adinerados con niño paseando por una calle oscura, cerca de la medianoche y, si mal no recuerdo, a la salida de un cine. Traumático, sí; pero mejor eso que acabar siendo adoptado por un par de granjeros como los Kent, tan buenos que parecen escapados de un manicomio.
     Ahora, de nuevo, una película —"Batman versus Superman: el origen de la justicia", de Zack Snyder— vuelve a poner todo el asunto en juego. ¿Será buena? Quién sabe. ¿Valdrá la pena? Ojalá. ¿Iremos en masa a verla? Por supuesto. Snyder no lo hizo muy mal con Superman a solas y lo hizo más que bien con "Watchmen". Las intenciones son claras porque se han hecho más que públicas: la estrategia es la de comenzar a potenciar el universo de DC (como ya se viene haciendo en series de TV como "Arrow" y "The Flash") para enfrentarse en duelo mortal con la galaxia cada vez más compleja y enrevesada y exitosa de los filmes de Marvel (y ya se acerca la acaso más interesante: "Suicide Squad").
     Y está el definitivo y definidor asunto de los trajes. Seamos sinceros, el de Superman no es más que un pijama patriotero (para colmo con el calzoncillo por encima); mientras que el de Batman —concebido por Wayne una noche en que un murciélago se coló por una de las ventanas de su mansión— es formidable y hace todavía más interesante a su portador. Porque hay que estar muy loco para, viviendo hundido hasta las cejas en millones de dólares, tener el perturbador hobby de ponerte semejante indumentaria para salir a perseguir freaks como él. Superman, mientras tanto, se la pasa posando, siempre que puede, con brazos en jarra frente a la bandera norteamericana. En este sentido, queda claro que Superman es casi un servidor público, un empleado más del gobierno de EE. UU. Batman, en cambio, es un entrepreneur del sector privado. Superman es insider, Batman es outsider. Superman es La Ley Justiciera y Batman es un Fuera de la Ley Ajusticiador. Batman es reinventable mientras Superman es inamovible. Superman es realista y Batman es existencialista. Batman es pop-art y Superman es paint-by numbers. Batman es, musicalmente, esa obra maestra del a gogó firmada por Neal Hefti para la serie de TV o las febriles partituras góticas de Danny Elfman para Tim Burton. El soundtrack de John Williams para Superman es, en cambio, lo mismo de siempre, lo de antes: música para marines que no tienen la menor idea de en lo que se están metiendo. Batman se ríe de sí mismo. Superman se toma todo en serio.
     Y entre Lois Lane y Gatúbela, ¿con quién se quedarían ustedes? Y si eres una Catwoman: ¿a quién eliges?
     Para concluir, de acuerdo, sí, tienen razón: está el conflictivo tema de Robin. Pero no hablemos de Robin. Robin murió. Lo mataron los malos. Y los lectores votaron para que desapareciera para siempre. Y Batman lloró un poco. Pero se repuso enseguida y le pidió a Alfred que le pusiera a punto el batimóvil. Y agregó: “Hoy a la noche salgo... Y no me esperes: vuelvo tarde”.
     Una cosa es segura: nunca faltan ganas de volver a viajar desde las gárgolas de Ciudad Gótica a los rascacielos de Metrópolis, que son la misma ciudad pero diferente. Una(s) ciudad(es) donde ya no hay cabinas telefónicas para que Superman se cambie y ya no hace falta una batiseñal para sacar a Batman de su baticueva: ahora basta con un batituit.