Gravol
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Jerónimo Pimentel

La escena más impactante de "Spotlight" ("En primera plana") no es cuando, por fin, The Boston Globe revela la complicidad con la que el arzobispo Bernard Francis Law lidió con el sinnúmero de denuncias por abuso sexual que, distintas familias de Massachusetts, fiándose de la autoridad eclesiástica, le presentaron a lo largo de dos décadas. Tampoco la recreación de los testimonios, ni la magnitud del caso1, ni la lista mundial de ciudades en las que se han reportado este tipo de crímenes que se aprecia al final del filme. Lo que en verdad aterroriza es cuando la reportera del equipo de investigación, Sacha Pfeiffer, interpretada por Rachel McAdams, va en busca de uno de los curas acusados y este, con espontaneidad, en la puerta de su casa, como quien toma el fresco, le confiesa las violaciones que ha perpetrado excusado en la idea de que fueron consentidas, ya que él, en su momento, también fue un niño abusado, y por tanto puede discernir cuándo hay voluntad en el estupro. En ese instante el asco se transforma en náusea y esta provoca un lento viaje inverso que va del estómago al esófago, lugar en el que la indignación encuentra su forma metabólica final: la arcada.
     Recuerdo bien la sensación pues hace no mucho la sentí con esa misma intensidad. Fue una tarde del verano pasado cuando Pedro Salinas me entregó en la mano, con un secretismo que entonces me pareció exagerado pero que el tiempo develaría cauto, un mecanoscrito anillado fruto de más de cuatro años de trabajo. Lo empecé a leer con atención, luego curiosidad, aunque pronto la sorpresa se convirtió en pasmo y, finalmente, cuando la sucesión de testimonios reveló un patrón, es decir, la aplicación programada de violencia psicológica y sexual, sentí la contracción intestinal ya descrita. Todo malestar moral es, finalmente, físico.
     El proceso de edición de "Mitad monjes, mitad soldados", del que fui parte por razones profesionales, fue delicado. Las implicancias de la investigación eran graves, así como la imputación de posibles delitos a personas con nombre propio. Para asegurar la solidez de la denuncia se establecieron algunas pautas a seguir: los testimonios de las víctimas debían estar registrados en audio, no solo anotados en libretas; cuando fuera posible, las transcripciones debían contar con la aprobación de la víctima o estar notariadas; si hubiera denuncia formal, se tendría que contar con una copia del documento oficial presentado a las autoridades eclesiásticas; cuando no, la víctima debía comprometerse a salir a la luz en caso de judicialización y se debería buscar de buena fe el descargo del supuesto victimario; en ese espíritu, se evitaría toda alusión a terceros que no tuvieran denuncia de primera mano y, en caso de que no se pudiera corroborar la declaración, los nombres aludidos se cambiarían por iniciales aleatorias para proteger dichas honras.
     Uno de los grandes méritos de la investigación que hizo Pedro Salinas con la colaboración de Paola Ugaz consiste en haber superado este rigor en un país en el que, a diferencia de EE. UU., no basta con presentar una solicitud judicial para acceder al documento de conciliación entre dos privados. Las consecuencias que tuvo y tiene "Mitad monjes, mitad soldados" confirman que los periodistas no se equivocaron, aunque es probable que la relevancia de estas revelaciones no se pondere ahora, cuando están teñidas de escándalo, sino cuando este se disipe y quede, sin más, ese mal absoluto desnudo.
     Luego de ver "Spotlight", sin embargo, siento algo parecido a una decepción culposa por mi tarea. No por el libro, claro, sino por aquello que no cupo en él. Que no exista prueba de un delito, o que no se haya podido acumular evidencia suficiente para demostrarlo, no lo desaparece ni lo olvida. Existen testimonios inéditos que por una u otra razón no pasaron la criba y cuya verosimilitud, vista la actitud del Sodalicio y las repercusiones posteriores, está hoy fuera de duda. Ya no se trata, entonces, del encubrimiento sistemático del pederasta Daniels, de quien ni siquiera se ha intentado una defensa, ni tampoco de la cobarde actitud de Figari, quien ha rehuido dar la cara, lo que se esperaría de una persona proba. Se trata de todos aquellos que no fueron señalados por los motivos antes descritos. Son varios, muchos, demasiados. ¿Pueden las buenas prácticas periodísticas convertirse en una forma de apañamiento? ¿Podrá la justicia peruana recoger el testigo y procesar a estos depredadores?
     El arzobispo Law, obligado a renunciar a su diócesis por la clamorosa evidencia de encubrimiento, declaró en el 2004 lo siguiente: “Es mi ferviente deseo que esta acción [la renuncia] pueda ayudar a la Arquidiócesis de Boston a experimentar la sanación, reconciliación y unidad que tan desesperadamente se necesitan. Para todos aquellos que hayan sufrido por mis carencias y errores, pido disculpas y les ruego perdón”.
     Figari, forzado a dejar la secta que él mismo fundó por las razones que hoy conocemos, ha enviado un mensaje privado desde su exilio dorado, también en Roma: “A lo largo de unos 40 años en que serví a la comunidad como líder y luego superior, soy consciente de haber cometido graves errores, fallas, ligerezas. Me duele profundamente cualquier daño que pueda haber ocasionado y que personas puedan haber sido lastimadas. Por ello, considero oportuno el momento para pedir perdón sinceramente y de todo corazón a todos y cada uno de quienes haya podido herir”.
     Esa descarada similitud entre las dos justificaciones, esa hipócrita forma de pedir perdón sin sentirlo, la conversión eufemística del crimen en falta y del delito en error, es insultante pues prueba no solo falta de arrepentimiento, sino cinismo. Un cinismo metódico. La mala noticia para Moroni y el Sodalicio, sobre todo si son en verdad católicos, es que de donde están no se vuelve.