Sangre victoriana
Sangre victoriana
Rodrigo Fresán

"Hace mucho tiempo la vida era limpia / El sexo era malo y obsceno”, cantaban The Kinks en su triunfal y celebratoria y tan británica “Victoria”. Y, claro, no era verdad. Porque allí —cuando esa reina reinaba— había suciedad y, ah, posiciones donde encajar todos los miembros con entusiasmo. 
    Lo cual nos lleva a que el inicio de la tercera temporada de "Penny Dreadful" no ha decepcionado a (me incluyo) ninguno de sus seguidores: continúa siendo un delicioso mamarracho en el que el gótico de altura se funde con los bajos fondos de folletines. De esos, sí, penny dreadfuls en papel de pulpa y vendidos a penique también llamados penny blood, penny awful o penny horrible en los que "Varney The Vampire" le mordía el cuello a versiones bastardas de los más nobles y costosos (pero igualmente atormentados y tormentosos) protagonistas de Charles Dickens y Wilkie Collins. "Penny Dreadful" como un verdadero festín de muerte y sangre derramada. Creada por John Logan con la producción de Sam Mendes, la serie cuenta con la belleza de loba feroz de Eva Green (a quien conocimos como liberada chica parisina gracias a Louis Malle, reencontramos como esposa ahogada en Venecia de James Bond y no hace mucho seguimos al abordaje como la ambiciosa Artemisa en la secuela-precuela de 300) en el rol protagónico de la poseída-embrujadora y aprendiz de hechicera Vanessa Ives. Pero la cosa no se queda solo en ella. A Vanessa la acompañan Dorian Gray, Victor Frankenstein & Criaturas (hombres y mujeres), el licántropo norteamericano de inevitable apellido Talbot pero ahora con look cowboy-fronterizo, el conde Drácula y Abraham van Helsing, un mitad indio Henry Jekyll y Edward Hyde, un explorador muy en plan Allan Quatermain, alienistas, médiums, egiptólogos, zoólogos, brujas varias. Y —por encima de todo y de todos— los callejones y museos de cera y mansiones señoriales y fumaderos de opio y bóvedas de museos y laboratorios secretos y clubes S&M para aristócratas decadentes de Londres (que ahora incluyen excursión a los desiertos shamánicos del Far West). 
    La idea no es nueva: ya Alan “Watchmen / From Hell” Moore había ensamblado algo parecido para el cómic (y después película) "La liga de los hombres extraordinarios". Y, se sabe, de un tiempo a esta parte, que el concepto mash-up (en el que las damiselas casaderas de Jane Austen salen al jardín a decapitar zombis o Abraham Lincoln es cazador de vampiros primero y recién después presidente) es placer culposo más que irresistible.
    Pero la suntuosa y muy bien puesta en escena (y completamente desaforada) "Penny Dreadful" nos devuelve a esos trasnoches televisivos de nuestra infancia en blanco y negro y tan pocos canales en el televisor (había que levantarse a cambiarlos como quien hacía girar la rueda de una caja de seguridad escondiendo tesoros) en los que los monstruos clásicos de Universal Studios (próximos a ser relanzados como franchise a competir con DC y Marvel Comics) parecían encontrarse y mezclarse en una suerte de minué loco al que en ocasiones se sumaban Abbott y Costello. ¿Se puede ser feliz con tan poco tanto? Por supuesto que sí. 
    Pero, admitámoslo, más allá de su gracias y delirio, lo que hace irresistible a "Penny Dreadful" es la niebla victoriana que la envuelve y amortaja. Gran época, formidable atmósfera, imperio todopoderoso y sólido pero rebosante de inciertas y mal apuntaladas catacumbas donde cualquier cosa puede suceder. Ahí, esa capital del universo atrayendo a todos, seres sobrenaturales incluidos (no olvidar el gran interés de aquel conde transilvano por invertir en propiedades allí y ser vampirizado por una metrópoli tanto más ocurrente y atractiva que su castillo en ruinas de los Cárpatos). 
    Vivir y morir en Londres, sí, y —coincidiendo con el retorno de "Penny Dreadful"— leí una novela recomendable y un ensayo tan recomendable como revelador. A saber: 
    • "Jane Steele", de Lyndsay Faye (Penguin Random House), propone a una heroína que no se llevaría mal con Vanessa Ives: una chica inmensa que no es otra cosa que una reescritura de la Jane Eyre, de Charlotte Brontë, solo que con cuchillo en mano veloz para ajusticiar a todo aquel que le ha hecho daño. Y muchos le han hecho daño, claro.
    • "The Invention of Murder", de Judith Flanders (St. Martin’s Press), con el subtítulo de "Cómo los victorianos gozaron con la muerte y lo detectivesco y crearon el crimen moderno". Aquí, Flanders recuenta cómo la idea del asesinato misterioso a investigar (hasta entonces tan solo se mataba sin demasiado preliminar o pericia y, dato que lo dice todo, en 1810 apenas diez personas fueron condenadas por asesinato en toda Inglaterra y Gales) se convirtió en obsesión para los ingleses en el siglo XIX. Y cómo ciertos casos ejemplares contribuyeron a nuestra idea y manejo del thriller hoy por hoy y hasta que la muerte (violenta) nos separe. Flanders repasa legajos tan célebres como ejemplares: ese Big Bang (o, mejor dicho, el Big Slash y bisagra como “culminación de un siglo de entretenimiento asesino y el advenimiento de un nuevo siglo en el que matar resultaría algo mucho menos divertido y tanto más frecuente”) para el asesino en serie que es Jack El Destripador, el barbero Sweeney Todd, los “resurreccionistas” Burke & Hare… Pero también nombres de víctimas y victimarios menos conocidos hoy. Y, también, Flanders rescata del lodo baladas criminales, espectáculos de títeres (con perros), operetas, los muy gore tableaux cerúleos del Madame Tussauds, la creciente influencia de la crónica roja de los periódicos y la creación de la Scotland Yard de la que se burlaría Sherlock Holmes (recomendación lateral pero próxima: la reciente serie "Houdini & Doyle" recorriendo territorio límitrofe con "Penny Dreadful" y donde semana a semana se baten a duelo un ilusionista incrédulo y un racional abierto a todo; impagable el episodio con un Bram Stoker sifilítico y perseguido por Nosferatus de caza y cazadores de strigoi) y a la que el, por suerte para nosotros, nunca capturado y definitivamente identificado Jack enviaba cartitas deseándoles buena suerte en su persecución.
    Porque a la hora de la verdad (confesémoslo teniendo perfectamente claro que Vanessa Ives no es muy ‘normal’ que digamos) siempre estuvimos y estamos y estaremos del lado y de parte de los monstruos victoriosos, y larga vida a su reina.