La escritora estadounidense Patricia Highsmith llegó a tener seis gatos y 300 caracoles. (Ilustración: Víctor Aguilar)
La escritora estadounidense Patricia Highsmith llegó a tener seis gatos y 300 caracoles. (Ilustración: Víctor Aguilar)
Katherine Subirana Abanto

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La literatura de Patricia Highsmith (1921–1995) resulta, para muchos, perturbadora. Ella misma pertenece al grupo de creadores y creadoras cuya perturbación traspasa la obra y se trasluce en su vida. O viceversa. Sin embargo, estamos frente a una escritora de la que sí es posible decir que su innegable talento encontró elementos para desarrollarse en su complicada existencia. No solo por su alcoholismo, sus diversos episodios depresivos o su misantropía, sino porque ella creció sabiendo que había sido una hija no deseada, y que su madre había intentado abortarla —ya avanzado el embarazo— tomando trementina.

Pero, a propósito del centenario de su nacimiento, concentrémonos en su obra, magnífica y oscura. Sus novelas negras se caracterizan por personajes que circulan en entornos asfixiantes, escalofriantes y que toman decisiones acordes a dicho contexto. La muestra más conocida es la saga de Ripley —El talentoso Sr. Ripley (1955), El juego de Ripley (1974), entre otras novelas—, que ha sido llevado al cine en más de una ocasión.

De hecho, sus libros han sido adaptados en películas en diversas oportunidades. La primera fue en 1951. Un año antes había publicado su primera novela, Extraños en un tren, y Alfred Hitchcock tuvo el buen ojo de ver el potencial de esta historia en la que dos hombres, Guy y Bruno, se conocen en un tren y llegan a un inquietante trato: Guy matará al padre de Bruno y este, a la esposa de Guy.

Transgresiones

Patricia Highsmith retrata la cara perversa de la sociedad que Estados Unidos no quería ver en los ‘felices’ años cincuenta, cuando había salido triunfante de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ella se adelantó a su tiempo en la pericia para retratar personajes moralmente ambiguos y hasta perversos. Va más allá que sus compatriotas Truman Capote y Carson McCullers, magníficos escritores, pero que se concentran en la represión moral y sus efectos”, dice la escritora y dramaturga Regina Limo sobre la centenaria.

Lis Arévalo, magistra en Escritura por Saint Mary’s College of California, añade que fue una autora considerada “amoral” porque era alguien que creía firmemente en que todas las personas tenían algo que ocultar y de esos “algos” hablaban sus historias: culpas, deseos, mentiras, crímenes. “Los criminales de sus historias fueron retratados para no ser repugnantes, sino aceptados. Eran gente con quien sus lectores incluso podrían identificarse a pesar de ellos mismos”, apunta. Y coincide con ella Limo, quien añade: “Mientras la mayoría de sus personajes, en apariencia ‘normales’, resultan ser monstruos y las historias que protagonizan tienen una visión cínica del mundo, su única novela lésbica (Carol, llevada a la pantalla por Todd Haynes en 2015) tiene un final feliz y sus protagonistas son dos mujeres cuya única ‘anormalidad’ —para la época— es sentir deseo la una por la otra. Quizá era su forma de rebelarse, ya que su orientación sexual, siendo inofensiva, era condenada por una sociedad llena de horribles defectos”.

Un detalle sobre su novela Carol: fue reeditada en los ochenta, aunque se publicó originalmente en 1952 con el título El precio de la sal y bajo el seudónimo de Claire Morgan. Entonces Highsmith no quiso firmar con su nombre porque temía que se la encasillara como escritora de temas lésbicos. Tras reconocer su autoría en 1990, llegó a decir: “Antes de este libro, hombres y mujeres homosexuales en las novelas estadounidenses habían tenido que pagar por su desviación cortándose las muñecas”.

“Soy ahora cínica, bastante rica, sola, deprimida y totalmente pesimista”, escribió en su diario en enero de 1970. Sin embargo, esta entrada describe a la perfección el día de su muerte, el 4 de febrero de 1995. Lesbiana, depresiva, alcohólica y escéptica del sueño americano, Patricia Highsmith abandonó su tierra natal para ir a Suiza, donde vivió y murió rodeada de sus gatos y sus 300 caracoles.

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