Ser Bill
Ser Bill
Rodrigo Fresán

Escribo esto en un tren AVE que va de Barcelona a madrid. Voy sentado en la pequeña pero casi milagrosa pecera acústica que es el llamado “vagón silencio”: un sitio donde están prohibidos los niños, la comida, las conversaciones en voz alta y, sobre todo, los teléfonos móviles y esos más adueñados que dueños de ellos: homúnculos tan absolutamente y absolutistamente convencidos de que este lugar a compartir con educación por todos los que allí viajan no es otra cosa que una extensión sobre rieles de su oficina desde donde emitir órdenes, contar chistes malos, y no privarse de ese comentario inevitable: “¡Que te hablo desde el AVE, joder!”. Adefesios todos a los que, seguro, Bill Murray dedicaría primero despectiva ceja enarcada para después hacerles algo. No sé muy bien qué pero, seguro, sería algo que los dejaría sin palabras. Y yo, ahora, en el vagón silencio, veo a un Bill Murray sin palabras, en la pequeña pantalla sobre mi asiento, en una película del año pasado que ya vi en mi casa y que se llama "St. Vincent". La veo como si fuese muda: rechacé los audífonos y me concentro en las expresiones de Murray allí. Gran actor, sí. Bill Murray con una mirada dice más que mil palabras. Y, de acuerdo, "St. Vincent" no es una gran película y Murray ha protagonizado muchas, demasiadas, no grandes películas. Pero toda película con Bill Murray es, en realidad, una película de Bill Murray. Incluso las, supuestamente, de Wes Anderson como "Rushmore" (cumbre absoluta del Método Murray) o "La vida acuática" con Steve Zissou. O aquellas —como "Los excéntricos Tenenbaum", "Zombieland", "Tootsie", "Ed Wood", "Kingpin", "La tiendita del horror"— donde le bastan unas pocas escenas para quedarse con todo. Pero "St. Vincent" no entra en ninguna de estas categorías. No es una oportunidad para demostrarle a Dustin Hoffman o a Johnny Depp o a Gene Hackman o a Robert De Niro cómo se hace (sin necesidad de transformaciones físicas o cambio de acento). Tampoco es digna de entrar al Canon Murray donde, elijan las suyas, están "Lost in Translation", "El filo de la navaja", "Mad Dog and Glory", "El día de la marmota", "¿Qué pasa con Bob?", "Scrooged", "Los cazafantasmas", "Flores rotas" o "La visita del rey" y las ya mencionadas con Wes Anderson de Bill Murray. Aunque "St. Vincent" tiene el perverso encanto de ser el filme en el que Bill Murray, por una vez, parece haberse dicho: “OK, voy a hacer todo lo que se supone debe hacer un actor norteamericano para que de una vez le den un Oscar, ¿sí?”. Y Bill Murray lo hizo: St. Vincent no solo cuenta con madre abnegada, sacerdote querible y niño un poco freak pero adorable. También y por encima de todo y de todos: un Bill Murray característicamente gruñón, malhablado, alcohólico pero, además, marido abnegado de su esposa con Alzheimer, protector de una prostituta extranjera y embarazada y, ey, víctima de un pequeño derrame cerebral (que lo obliga a escenas de enfermo en rehabilitación) y, ey-ey-ey, veterano condecorado de Vietnam (y pocas cosas seducen más a la Academia que un enfermo patriota). Y, al final, un final para sacar los pañuelos. Pero, claro, Murray es Murray y se reserva para la escena de créditos finales un as bajo la manga y pone todo en su sitio. En el sitio de Bill Murray: allí aparece con un walkman, fumando y cantando encima de Bob Dylan y su “Shelter from the Storm”. Y de pronto todo parece una obra maestra aunque, por supuesto, a Bill Murray volvieran a no darle el Oscar. Es más: a ni siquiera nominarlo para el Oscar (aunque sí para un Golden Globe; que no ganó, quedándose, esa misma noche, con el de actor de reparto por la miniserie "Olive Kitteridge"). 
      De todo lo anterior —y de mucho más, para placer extático de los muchachos murrayistas— habla y recopila y ordena alfabéticamente la recién aparecida encyclopaedia murraynicca que es "The Big Bad Book of Bill Murray: A Critical Appreciation of the World Finest Actor" de Robert Schnakenberg, quien ya se ocupara en su momento de otra rara avis irrepetible y bizarra que sí se las arregló para llevarse un Oscar a casa: el también inmenso y a su manera Christopher Walken. 
     Mientras tanto y hasta entonces, aquí, en Murrayland, un verdadero festín: anécdotas demenciales (como haber aceptado por error ser la voz del gato Garfield convencido de que se trataba de un proyecto de los hermanos Coen); gestos conmovedores (como financiarle a Anderson una escena de su bolsillo cuando el presupuesto ya no daba para más); enfrentamientos con colegas (Chevy Chase, Lucy Liu, Richard Dreyfuss, entre muchos otros); su poco ortodoxo modo de conducir y en ocasiones chocar su carrera (no tiene agente, tan solo un teléfono con un contestador automático que revisa de tanto en tanto y que le hizo perder roles ideales para él como el de "Una historia de Brooklyn" o "¿Quién engañó a Roger Rabbit?" o "Monsters, Inc".); sus demenciales e imprevisibles apariciones en los sitios menos pensados (obras en construcción donde lee poesía a los trabajadores; bautizos, bodas, funerales a los que no fue invitado; hay blogs y sites enteros dedicados a estos avistamientos) o robándote las papas fritas de tu plato con un “Aunque lo cuentes, nadie te va a creer”; y su ya legendaria desaparición de los lugares y sets que solía frecuentar para estudiar filosofía e historia en La Sorbona. Por supuesto: el libro incluye divorcios, adicciones, fracasos y una de las reinvenciones como ícono hip-cool-tweet-cult más meritorias en la historia que Bill Murray explica así: “La clave está en llevar el control de mi trayectoria; escoger guiones buenos sin preocuparme demasiado si lo que me tocará es un protagónico o un secundario; y disfrutar de este gratificante equívoco en el que parezco haberme convertido, en una suerte de actor fetiche para los mejores directores jóvenes que, además, se ponen a escribir guiones pensando nada más que en mí... Digamos que tuve la suerte de ser loco al principio y cuerdo al final; no conviene empezar como cuerdo y terminar loco”. 
     Una vez leí algo donde se me adjudicaba/citaba la siguiente idea. Reproduzco: “Rodrigo Fresán decía que todos los hombres que vimos 'Lost in Translation' habíamos sufrido una lamentable equivocación: no estábamos enamorados de Scarlett, lo que en realidad queríamos era ser como Bill Murray”. La verdad que no recuerdo haberlo pensado (lo que sí he dicho muchas veces es que todos los personajes de mis libros tienen la cara de Bill Murray) y mucho menos haberlo tecleado. Pero lo mismo estoy completamente de acuerdo con ello. Parafraseando aquella canción que el hombre canta en aquel karaoke de Tokio: “More than Bill… You know there is no one”. O aquella otra que suena en un radio-despertador: “I want you, Bill”.