Fernando González-Olaechea

Si aún hay un lugar en Lima donde no se quiere hablar de Gerald Oropeza, presunto narcotraficante prófugo y parte de la comidilla diaria desde hace semanas, es en el autódromo de La Chutana. Allá, al este del kilómetro 50 de la Panamericana Sur, era donde se dejaba ver el treintañero que saltó a la infamia luego de que atacaran con granadas su Porsche, uno de sus suntuosos automóviles, a inicios de abril.

Sin embargo, se termina hablando de él. Algunos de los asiduos del autódromo lo recuerdan como un piloto no tan competitivo. Un fintero: alguien que prefería ir para ser visto con unos autos fabulosos antes que un entusiasta de la disciplina que requiere manejar semejantes máquinas. Otros se acuerda de él como un chiquillo tranquilo que buscaba encajar. Una vez que se supo que entre los gustos de Gerald Oropeza estaban poseer y correr autos de lujo, el nombre de La Chutana dejó el breve espacio que tiene en las secciones deportivas de los medios y terminó sin freno en las policiales.

De pronto el autódromo se volvió por unas semanas un espacio ininteligible donde algunos d elos excesos del nuevo hombre más buscado del país eran vistos: el lugar donde paraba Oropeza.

Eso es lo que molesta, sobre todas las cosas, a Galo Giraldez, presidente del Club de Autos Deportivos del Perú (Cadepor), que organiza los llamados piques legales en La Chutana. Esa actividad comenzó a mediados de los años 90 cuando Giraldez y otros aficionados a los autos rápidos buscaron espacios donde pudieran competir con seguridad.

Pasaron una temporada en la base de Las Palmas y luego, cuando se abrió La Chutana en el 2010, comenzaron a hacer sus actividades ahí.

Para Giraldez, los piques sacan de las pistas a quienes tienen ansias de pisar el acelerador hasta el fondo y los coloca en un lugar con reglas claras, medidas de seguridad y vigilado por la Federación Peruana de Automovilismo Deportivo.

EL TRACK DAY

Pablo Brea, administrador de La Chutana y ex piloto, lo toma con más calma. Si bien sabe que el episodio Oropeza perjudica a la imagen del automovilismo, también sabe que no afectará profundamente el pasatiempo de cientos de personas que, conforme pasan los años, crecen en número.

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