Óscar Paz Campuzano

Desde que comenzó a construirse un edificio junto a su casa, la señora Nelly Ahumada Vega y su familia decidieron dormir en los sofás, lo más cerca posible a la puerta principal. Esta ex trabajadora del Ministerio de Agricultura temía que los sorprendiera un derrumbe de madrugada. Tenía algunas razones para creer que eso podría pasar: sus muros estaban agrietándose y las lámparas y electrodomésticos terminaban repentinamente en el suelo por los temblores que originaba la obra.

El primer edificio del jirón Sáenz Peña, en Magdalena, se levantó en el 2007. Tres años después otros 15 pisos empezaron a construirse enfrente, en el terreno colindante a la acogedora casa de la señora Nelly. En el 2013, cuando pensó que las explosiones, el cemento, los obreros y las máquinas eran cosa del pasado, otra inmobiliaria ya tenía planos listos. Así, entre dos gigantes de cemento quedó el hogar que, en otros tiempos, abrió sus puertas a los vecinos para discutir sobre cómo frenar a los ‘robacasas’.

“Es el desarrollo natural de las ciudades”, explica el urbanista Augusto Mendoza, sobre la aparición de tantos edificios en la capital. “Pasa cuando las actividades económicas se concentran en determinados lugares y hay mayor demanda de vivienda. Entonces, se hacen edificios más grandes”, dice. El ejemplo clásico es la avenida San Felipe,en Jesús María. En los años 50, en una vivienda de 2.000 m2 vivía una familia. Ahora, en ese mismo espacio pueden habitar 200 personas.

Carmen Costa rechazaba que dos edificios cerquen su casa en Pueblo Libre, pero no pudo evitarlo. Varias constructoras han intentado comprar su vivienda. (Juan Ponce / El Comercio)

Pero la demanda de unos es el martirio de otros. Cirilo Mariño Pereda vive hace 39 años en una antigua casa en medio de tres edificios, también en Magdalena. Una de sus vecinas terminó tan afectada por las rajaduras que la inmobiliaria tuvo que demoler su casa y hacerla de nuevo. “Yo no quiero vender la mía. Ya estoy viejo”, dice Cirilo mientras camina hacia su azotea, desde donde acostumbraba contemplar el mar limeño. Ahora, solo ve paredes blancas.

“Nosotros nos quedamos acá, aguantando la tierra, los golpes, las lunas rotas, las grietas. Han venido peritos municipales. La casa debe ser arreglada, dijeron. La inmobiliaria ha prometido hacerlo, pero esta semana un ingeniero nuevo me dijo que no sabía nada de mi caso”. Cuando termina de contar esto, Cirilo deja su bastón, se baja los lentes y señala su ojo enrojecido. A raíz de esa discusión sufrió una hemorragia ocular.

—Bajo sombra—
Con seis pisos e inaugurada en 1922, la Casa Wiese fue el primer gran edificio de Lima. Luego, en 1956 se construyó la torre de 22 niveles del Ministerio de Educación, hoy sede del Poder Judicial en la avenida Abancay. Dos décadas después, los 34 pisos del Centro Cívico le arrebataron el título de edificio más alto de la capital y a este se lo quitó en el 2001 la sede del Citibank. Hoy, la torre más alta es el Banco de la Nación, en la avenida Javier Prado Este, en San Borja, con 208 metros. Lima apunta hacia arriba hace casi un siglo.

Como explica Mendoza, esta es una tendencia natural en las ciudades, pero en Lima no se ha planificado bien. “Construimos edificios para que viva más gente, pero no hay más parques, no hay más colegios, no hay más hospitales, no hay más calles para sus autos y el sistema de agua y desagüe es el mismo”, dice. Entonces, los que sufren esa falta de servicio urbano no son solo los nuevos inquilinos, también lo padecen los que se resisten a que sus casas sean derrumbadas.

Víctor Castro, representante del Colegio de Arquitectos del Perú, opina que se construyen edificios, con departamentos cada vez más pequeños, sin pensar en la calidad de vida de la gente. “Si no se planifican bien, van a terminar siendo grandes barriadas del altura”, dice.

Tanto Castro como Mendoza coinciden en que las inmobiliarias deberían apuntar a construir edificios más altos, pero rodeados de áreas verdes y de espacios públicos, como en Bogotá. Lo que está pasando en Lima es que se hacen torres habitacionales, una pegada a la otra: cemento contra cemento. Y a veces, en medio de estos, quedan cercados los que no se quieren ir.

—Una nueva vista—
A sus 86 años, Carmen Costa Tello es otra limeña que se resiste. Junto a su hija, vive hace casi tres décadas en una quinta del Parque San Martín, en Pueblo Libre. “Nuestra vida comenzó a cambiar en el 2008. Antes, desde la ventana de mi sala, veía el cielo y un jardín, hoy mi vista es cemento y ropa colgada”, dice esta secretaria bilingüe jubilada. “Protestamos, mandamos memoriales a la municipalidad, pero como si nada. Somos los enanos de la cuadra”, dice.

Dos casas más allá, en la misma quinta, otra dueña, Yessenia Barrientos, de 35 años, ingresa a su patio y señala una botella de ron que fue lanzada hace un mes desde algún departamento. Luego, muestra las grietas y la humedad en sus paredes. También recuerda que la inmobiliaria no cumplió todas sus promesas de reparación, que los edificios interrumpen la señal de Internet y que ya no entra tanta luz como antes.

Afuera de la quinta, rodeando este parque de Pueblo Libre, hay nueve edificios en pie, unas cuantas casas que han colgado un letrero de “Se vende” y un par de oficinas inmobiliarias que ofertan departamentos desde 45 m2. A este ritmo, en un futuro no tan distante, lo raro en esta zona –y en varios vecindarios de Lima– será ver casas

CIFRAS

1.936 departamentos en venta hay en Jesús María, el distrito con la mayor oferta inmobiliaria de Lima. Le siguen Chorrillos (1.058), La Victoria (896), Surco (847) y Miraflores (695).

612.000 familias necesitan una vivienda en Lima Metropolitana. El distrito con el  mayor déficit es San Juan de Lurigancho (15%), seguido de Ate (8,5%), San Martín de Porres (7,2%) y Comas (7%).

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