“La luz del fin del mundo". (Foto: Difusión)
“La luz del fin del mundo". (Foto: Difusión)
Sebastián Pimentel

Desde los análisis científicos y ecológicos de las organizaciones internacionales, el fin del mundo quizá tarde, aún, algunas décadas en llegar. Desde el cine, en cambio, la destrucción del planeta parece haber ocurrido ayer. Las películas posapocalípticas son cada vez más frecuentes, y llegan desde el ‘mainstream’ de Hollywood, pero también desde el cine de autor de corte más “independiente”, como es el filme que nos ocupa.

Aunque llegó para quedarse, ha sido una larga travesía la del género apocalíptico y sus múltiples variantes. Es en los años cincuenta que cobra una fuerza inusitada, debido a la paranoia antisoviética que incubaban, en su seno, los boyantes Estados Unidos de Norteamérica, luego de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, la ciencia ficción señalaba, casi siempre, a amenazas más externas que internas.

En los convulsos años sesenta, a diferencia de la década anterior, la llegada de la destrucción de la civilización señala un nacimiento interno. Esto se consolidará, desde el género del horror, con “La noche de los muertos vivientes” (1968). No obstante, es desde el nuevo milenio que la idea del apocalipsis tiene un auge sin precedentes en la historia del cine, lo que nos lleva a comprender mejor esta cinta de Casey Affleck.

De los títulos de las dos últimas décadas, cito dos como principales influencias de Affleck: “Hijos del hombre” (Alfonso Cuarón, 2006) y sobre todo “El último camino” (John Hillcoat, 2009). De la primera, comparte la idea de la protección de la última mujer en la tierra, y que asegura la vida: aquí es Rag (Anna Pniowsky), niña milagrosa que sobrevive a la misteriosa catástrofe viral, y que es protegida por su padre (Affleck).

De “El último camino”, Affleck toma la idea del viaje sin rumbo de un padre y su hijo, de la escapatoria perpetua en medio de peligros inminentes que acechan en cada nueva parada. Como el Viggo Mortensen de la cinta de Hillcoat, Affleck adopta una postura hosca, ruda y hermética, que interioriza con estoicismo el dolor del enfrentamiento a ese mundo hobbesiano, de estado de naturaleza, donde el hombre es lobo del hombre.

Si el cine expresa el imaginario colectivo contemporáneo, estas películas apuntan a la observación de una relación primordial, donde el objeto de la acción es doble: amar al hijo, pero también salvar la especie. Hay una ecuación entre proteger el afecto –el amor no sexualizado: el paternal o filial–, y conservar la posibilidad de un futuro de la naturaleza humana, que acá es sinónimo de un porvenir espiritual.

“La luz del fin del mundo” es, entonces, una propuesta de tono íntimo casi místico, casi religioso, donde, además, propone a sus dos protagonistas como pareja arquetípica de un reinicio de la civilización. No es casual, por eso mismo, que la cinta comience con una larga charla donde, para entretener a su hija y dar sentido a la aventura, el padre reinventa el mito bíblico del arca de Noé.

Otras virtudes del filme están en su estilo contemplativo, con fotografía de texturas otoñales que recuerdan a Andrei Tarkovski –otro cineasta místico–, y la actuación de la pequeña Pniowsky, disfrazada de niño para despistar a los posibles captores. El lado débil está en el último tercio, cuando es notorio que Affleck se apresura en resolver los conflictos, luego de que la pareja protagónica consigue un refugio temporal con un grupo de evangélicos. La cinta gana en suspenso y tensión, pero se hace más convencional y rutinaria. Casey Affleck no debería ser tan tímido en alejarse de Hollywood y acercase a Tarkovski, si quiere llegar más lejos en sus valiosas ideas e intuiciones.



Otras virtudes del filme están en su estilo contemplativo, con fotografía de texturas otoñales que recuerdan a Andrei Tarkovski –otro cineasta místico–, y la actuación de la pequeña Pniowsky.

LA FICHA

Título original: “Light of My Life”.

Género: drama.

País y año: EE.UU., 2019.

Director: Casey Affleck.

Actores: Anna Pniowsky, Casey Affleck, Tom Bower.

Calificación: ★★ ★