"Deseo la muerte de Fidel Castro desde hace 50 años"
"Deseo la muerte de Fidel Castro desde hace 50 años"
Redacción EC

ENRIQUE PLANAS

Tenía la novela en la cabeza pero no se decidía a escribirla. Una noche de insomnio, escuchó una voz en su cabeza que le dijo: “Imbécil, Fidel se va a morir, ¡y tú no tienes la novela!”. En ese momento, el escritor (Las Palmas de Gran Canaria, 1946) dejó todo para dedicarse durante un año a la redacción de “Réquiem habanero por Fidel”. Mientras escribía, pensaba que el libro le estaba saliendo musical, para ser exactos, a ritmo musical cubano. Al terminar, la guardó en el cajón esperando el momento preciso, los funerales que, afirma, cambiarán la historia de Cuba. “¡Pero no se moría el cabrón! ¡Si la publico ahora, es porque pensé que yo podría morir antes que él!”, afirma.

“Réquiem habanero por Fidel” no es una novela más sobre dictadores. Armas Marcelo nos hace subir al taxi conducido por Walter Cepeda, líder popular que gozó de su tiempo en el poder y luego fue descendiendo hacia un fracaso que él no admite. Un fracaso que se refleja en el de toda su sociedad.

Primero hablemos del objeto de tu réquiem. Especulando, ¿qué sucederá en la isla cuando muera Fidel?
Lo que ha manejado Cuba durante medio siglo es un ícono histórico cuyo carisma dictatorial genera respeto y hasta pánico. Quien no conoce Cuba, no lo entiende. es el “gran babalao”, el héroe de la revolución, el gran intérprete del mundo, el único que puede hablar con Dios porque ¡él es dios! Fidel te da y te quita. Es puro animismo negro. Lo que él hizo todo este tiempo en la isla no ha encontrado enemigos. Si aparecía un tipo que le llevara la contraria, desaparecía de una u otra forma: o le daba un infarto en la cárcel, o lo mandaban de embajador fuera. Esa realidad desapareció hace 6 años, porque Fidel ya no aparece. Todo el poder está depositado en Raúl, un hombre más sistemático, más honrado, más acorde con los disparatados principios de la revolución.

¿Vives deseando su muerte?
Yo deseo la muerte de Fidel Castro desde hace 50 años, pero no más ahora que antes. No me quita el sueño ni me lo trae. No forma parte de mis fantasmas cotidianos. Yo odiaba más a Franco. Fui un antifranquista recalcitrante y lo pagué con la cárcel. Franco es el fantasma que me acompañará el día que me muera. Yo ya doy por muerto a Fidel. Me preocupa más que los castristas que hoy ocupan espacios de poder con 40 o 50 años se den cuenta de dónde deben ir para hacer un país que trate de ser decente.

Al hablar de réquiem, también nos referimos a la melodía. Y en este libro la melodía dominante es la voz de Walter Cepeda, el protagonista.
Que a veces puede ser un bolero, un son, un corrido mexicano, hasta un guaguancó. Él es negro y tiene todos esos ritmos. ¡El lenguaje popular es musical! ¡Ellos no hablan, ellos cantan! Y cuando uno aprende un poquito de ese lenguaje cotidiano, sabe que eso es música. Esta novela es una partitura musical con muchos ritmos, como lo es la isla de Cuba.

En la crisis vital de Cepeda se refleja toda la crisis del sistema cubano. Y su hija, su principal crítica, vive lejos del país. ¿Cómo cree que la nueva generación de cubanos tomará la posta de quienes fracasaron con en la revolución? ¿Los jóvenes salvarán la isla?
No sé si salvarla, pero me consta que saldrán del desastre de la dictadura. Fíjate, el hijo de Silvio Rodríguez, gran ícono musical de la revolución, canta en Miami con gran éxito haciéndose llamar ‘Silvito el libre’. Eso es todo un síntoma de que los jóvenes están hartos de los abuelos.

¿Cómo nació tu fascinación por La Habana?
Empecé a trabajar sobre Cuba mucho antes de ir. Mi primer viaje fue el año 85, a hacer en la isla un reportaje sobre la huella muy grande de los canarios en la isla. Un libro que se tituló “Canarias en América, el otro archipiélago”. Así me recorrí la isla entera. Hablé con los tabaqueros, comí cerdo en el campo, escuché todas las historias que me podían contar del Che Guevara, tremendo asesino.

Tu protagonista dice: “Conozco La Habana como la palma de mi mano”. ¿Lo podrías decir tú?
Puede ser que haya escrito eso como si me hubiera sentido como Walter Cepeda. Pero, vamos, ¿conozco La Habana como la palma de mi mano? No. Pero La Habana que conozco, esa sí la conozco como la palma de mi mano. Que no es lo mismo.