(Difusión)
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José Carlos Yrigoyen

Cuando Alberto Hidalgo publicó en 1937 “Diario de mi sentimiento”, sus enemigos dictaminaron que “Diario de mi resentimiento” hubiera sido un título más apropiado. Porque Hidalgo tenía muchísimos enemigos. Se los había ganado a pulso, hay que decirlo. Era un hombre sumamente temperamental, que carecía de filtros al emitir sus opiniones y que seleccionaba los adjetivos más viscerales y procaces al juzgar la obra de sus contemporáneos, sin ahorrarse ningún ad hominem que se le ocurriera en el trayecto. En este libro inclasificable, donde se entremezclan la crónica, la crítica literaria, el arte poético y el libelo, su autor acepta desde el principio su vocación y sus razones: “He sido, soy siempre, ante todo y sobre todo, un escritor beligerante. Me paso la vida preguntando contra qué o contra quién se puede escribir, pues entiendo esa manera como la más adecuada para escribir a favor de alguien o de algo” (p. 24).

Si insultar es un arte, Hidalgo lo hacía extraordinariamente bien. “Diario de mi sentimiento” rebosa de textos en los que no habita ninguna piedad hacia el oponente. En ellos se acumulan sin cesar agravios elaborados con odiosa minucia, ingenio maligno e inocultable propensión por lo escatológico que alcanza su cumbre en “Sánchez Cerro o el excremento”, panfleto cuya desbocada inquina no tiene parangón en las letras hispanoamericanas (y vaya que le sobran competidores). Si Borges en su “Arte de injuriar” sugiere “las falsas caridades, las concesiones traicioneras y el paciente desdén”, Hidalgo prefería ultimar a sus víctimas con una devastadora frontalidad.

La exigencia de separar a la obra del autor, en ocasiones complicada, es aun más ardua en el caso de Hidalgo, quien enarbola su galopante machismo y su furibunda homofobia como si de condecoraciones se tratasen. Para muestra, esta alhaja: “Por eso, cuando con los años se pierde el espíritu de lucha, el noventa por ciento que es la feminidad atrapa toda nuestra condición. Por eso los viejos hacen el ridículo, como las mujeres” (p. 25). Sin embargo, al lado de esas infamias hallamos secciones enteras donde reluce lo mejor del talentoso poeta arequipeño. Su prosa es de una musicalidad vibrátil hasta en sus momentos más reposados. El escalpelo de su elegancia verbal delata al hombre culto que fue. Él era muy consciente de que “las palabras son más mortales que las personas” y que los escritores mordían fácilmente los relumbrantes anzuelos de los vocablos de fácil muerte. Hidalgo supo sustraerse a esos cantos de sirena. Por eso nos suena tan cercano, tan actual.

No solo eso. “Diario de un sentimiento” también reafirma la vigencia de Hidalgo como uno de nuestros más solventes humoristas. La crónica que hurga en la vida licenciosa de Montecarlo o la de su encuentro con el pintor Delaunay rezuman una mordacidad exacerbada que tantea las fronteras del absurdo. Mariátegui, en sus “Siete ensayos”, consideró al disparate uno de los elementos centrales de la obra de Hidalgo; no obstante, puntualizaba que “nunca es, en verdad, disparate absoluto. Carece de su incoherencia alucinada: tiende, más bien, al disparate lógico, racional”. Eso podemos corroborarlo en los citados textos y en otros más. Hay una contención consciente en el apartado humorístico de Hidalgo que lo mantiene moderno y provocador, que lo salva del carácter de antigualla en que se convirtió mucho del disparate español exaltado en su día por José Bergamín. Hidalgo pudo ser brutal, pero jamás un prosador de trazo grueso.

Mientras escribía los retazos que conformarían este libro, Hidalgo perdió a su esposa, Elvira Martínez. Los fragmentos finales que le dedica lo muestran como dueño de una sensibilidad suprema y de una intensidad que conmueve hondo y hace olvidar toda la crueldad y el rencor segregados en las páginas precedentes: “No existe el cielo, pero ella está en el cielo. En el país de las voces sin eco, de las miradas sin objeto y de los pasos sin suelo. Donde vive el tiempo que nos llega y donde está la luz que nos mira. Donde es más exacta la presencia y menos mentira la vida. Allí está ella. Viviente y eterna en mi memoria, ahora inseparable de su nombre, como del fuego la iluminación. Elvira es la palabra que más suspiro” (p. 389).

LA FICHA

Título: Diario de mi sentimiento

Autor: Alberto Hidalgo.

Editorial: Revuelta.

Año: 2020.

Páginas: 390.

Calificación: ★★★★


Herir con palabras

“El gran libro de los insultos”

Pancracio Cedrán

El autor le saca el juego a la versatilidad del castellano para hacer un repaso por todos aquellos vocablos que nos sirven para ofender al otro. Palabras y palabrotas, de las más populares a las más rebuscadas, que se pueden usar como arremetidas, ofensas, burlas o simple desprecio. Un libro con alta carga de violencia pero, para qué negarlo, muy divertido.

“Eso lo será tu madre”

María Irazusta

Dice la contratapa del libro que “no se trata de un mero compendio de palabras malsonantes, ni de un sesudo ensayo sobre la injuria”; es, más bien, una serie de textos breves, ágiles y divertidos que reflexionan en torno a las posibilidades que tenemos de desfogar nuestra ira contra los demás. Y es que, como dijo Sartre, “el infierno son los otros”.

“¡Mecagüen! Palabrotas, insultos y blasfemias”

Sergio Parra Castillo

Con auténtico ánimo abarcador, el autor de este libro se sumerge en la historia del insulto, para entender su evolución y sus variantes. Desde los grafitis de Pompeya hasta los dobleces del lenguaje políticamente correcto, que hoy nos tiene a todos contra la pared. Un exhaustivo viaje por el oscuro pero viejo arte de ofender.

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