Higa Oshiro (Lima, 1946) radicó en la prefectura de Gunma, Japón, entre agosto de 1990 y mayo de 1992.
Higa Oshiro (Lima, 1946) radicó en la prefectura de Gunma, Japón, entre agosto de 1990 y mayo de 1992.
Juan Carlos Fangacio Arakaki

Criado entre el Centro de Lima y La Victoria, Augusto Higa Oshiro (1946) llevó una vida barrial, picante y cargada de peruanidad que trasladó a sus libros más tempranos, como “Que te coma el tigre” (1978) o “La casa de Albaceleste” (1987). Sus raíces, sin embargo, lo impulsaron a viajar hasta la tierra de sus padres a inicios de los noventa, y de dicha experiencia surgió “Japón no da dos oportunidades”, libro publicado originalmente en 1994 y que ahora, 25 años después, es rescatado por la editorial Animal de Invierno, que lo presentará en la .

Una obra que le permitió al autor redescubrir su naturaleza nikkei –compleja, cambiante, escindida– y que condujo su literatura por rumbos similares, como queda patente en novelas como “La iluminación de Katzuo Nakamatsu” (2008) o “Gaijin” (2014). “Es mi libro más personal –dice Higa sobre el reeditado “Japón…”–. Y en la traslación al género del testimonio hay muchas anécdotas que quedan fuera y algunas otras que traté de armonizar. Todo lo que narro sucedió realmente, solo que a veces no ocurrieron de manera unitaria y hubo que buscarle una narrativa”.

¿Cuál fue el motivo principal de su viaje?
Básicamente fue el problema económico. Pero, en un sentido más profundo, digamos que necesitaba saber hasta qué punto mis rasgos delataban a un japonés. Hasta qué punto yo era japonés o hasta qué punto no lo era. Y una vez estando allá me di cuenta de que realmente era un extranjero más, un latinoamericano, un discriminado. Porque desde el momento en que no hablas el japonés, e incluso hablándolo, la discriminación es muy fuerte.

¿Qué otras ideas preconcebidas que tenía usted sobre Japón se derrumbaron estando allá?
Bueno, toda la idea que yo tenía del Japón era la nostalgia de mis padres. Mis padres eran japoneses y me transmitieron un territorio japonés idílico, un país utópico, inexistente, que era lo que ellos recordaban de su Japón y en especial de Okinawa. Ambos vinieron al Perú cuando tenían 21 o 22 años. Ellos eran auténticamente japoneses. En cambio en nosotros, sus hijos, sí hay una dualidad. Nos criamos aquí, fuimos cristianizados, hablamos el español. Eso nos convirtió en hombres y mujeres duales. Como decía uno de mis primos: desde la puerta de mi casa para adentro, soy japonés; pero desde la puerta de mi casa para afuera, soy peruano.

¿El idioma no se lo transmitieron?
Sí, claro. Buena parte de la conversación en mi casa era en japonés, pero yo aprendí el japonés doméstico nomás, solo para el consumo familiar. Me fue imposible aprenderlo a la perfección, a pesar de que fui a una academia. No llegué a tanto.

Portada de la edición original de "Japón no da dos oportunidades" (1994) y de la reedición que presentará este jueves Animal de invierno.
Portada de la edición original de "Japón no da dos oportunidades" (1994) y de la reedición que presentará este jueves Animal de invierno.

¿Alguna vez comparó la situación de los migrantes japoneses en el Perú de inicios del siglo XX con la de los migrantes peruanos de Japón de fines de siglo?
Sí me he puesto a pensar en eso. Y son situaciones muy distintas. Porque, desde un punto de vista económico, lo que gana un peruano allá en fábrica es un sueldo bastante atractivo, mientras que los sueldos de los japoneses aquí y las condiciones de trabajo cuando recién llegaron al Perú no eran muy atractivas que digamos, al extremo de que muy rápidamente, una vez cumplido su contrato, se independizaban y formaban sus propios negocios. Allá en Japón, un dekasegi (trabajador en tierra lejana) gana bien. Pero el trabajo en fábricas, en línea, es fregado. Mi trabajo empezaba antes de las 8 de la mañana, con un pequeño receso de 15 minutos a las 10, como para ir al baño, y luego otro a las 12 para el almuerzo, pero solo de media hora. Y todo era exacto. En eso muchos peruanos no encajaban por la costumbre de hacer sobremesa.

¿Era la primera vez que conocía Japón, verdad?
La primera vez, sí. Siempre había querido ir, curiosear, conocer de mis orígenes. Y mi balance es que fue una experiencia satisfactoria, extraordinaria, pero también llena de altibajos, humillaciones, discriminaciones, terribles descubrimientos. Los 70 u 80 años de migración japonesa al Perú no habían pasado en vano, y los nikkei nos habíamos aculturado, éramos criollos, peruanos, con apenas algunos rasgos japoneses.

De lo que se desprende que su literatura tampoco tiene nada de japonesa, aunque todavía hay algo de esa idea, como un estereotipo…
Claro. Yo hago literatura peruana. Y en algunos casos introduzco personajes nikkei peruanos dentro de ese ambiente, con rasgos heredados del pasado, algunas palabritas en japonés, etc. Pero en general son peruanos. Además, el tipo de nikkei que yo trato de describir es el de los años 40 o 50, un nikkei que no puede ingresar a la realidad peruana o limeña, pero que tampoco puede integrarse a la colonia japonesa. Es un doble desarraigo. Ese es el nikkei que yo trato de desmontar, que es más o menos mi álter ego. Así es cómo me criaron. Ya en los años 80 o 90 empiezan a surgir otras generaciones mejor integradas, aceptadas por la comunidad, y el mestizaje también se da de una manera profunda.

¿De qué manera es que no podía integrarse a su entorno aquí en el Perú?
Recuerdo, por ejemplo, que un día nos escapamos del colegio a la playa y un compañero me dijo: “¿tú eres japonés y no sabes nadar? ¡Pero si Japón está rodeado de mar!”. También tuve un profesor de geografía que me hacía una pregunta bien repetida. “Si hubiera una guerra entre Perú y Japón, ¿tú qué harías?”, me decía. Entonces siempre me ponían en el centro. Pero esas cosas ya no ocurren ahora. Más bien, hace poco estaba en un taxi conversando con el chofer y él me dice “oiga, usted tiene acento del Callao”. Yo me asombré porque pensé que me iba a decir que tenía acento japonés. Así que se puede decir que ya me siento aceptado como peruano.

Y respecto al otro problema, el de integrarse a la colonia japonesa en el Perú, ¿qué tipo de escollos tuvo allí?
Lo que ocurre es que la colonia japonesa está identificada con ciertos lugares y ciertas familias. Y yo no tenía amigos entre los nikkei, no tenía ligamento salvo mi propia familia. No había un sólido refugio, una solidaridad o hermandad. Yo no asistía al estadio La Unión, a la Fraternal Okinawense o a la Sociedad Central Japonesa (hoy Asociación Peruano Japonesa). Tampoco a los colegios de la comunidad nikkei. Con todos ellos estaba desfasado, completamente solo. Pero tampoco me nacía unirme, valga decirlo.

Hoy la comunidad nikkei es diferente, ¿no?
Sí, ha cambiado mucho. Es más amplia, más mestiza, más abierta. Hay mucha gente que, sin tener familia japonesa, es aficionada a la música y a las películas japonesas, a los animes. Antes nos miraban como algo extraño y ajeno: venía alguien que había visto una película de Kurosawa o se había comprado un artefacto electrónico japonés y me decía: “Carajo, ustedes los japoneses qué bacanes son”. Y yo solo me decía a mí mismo “¡yo qué tengo que ver en eso!” (ríe). Felizmente ya no creo que eso ocurra ahora.

Documental "Augusto Higa. Letra de dos mundos", producido por estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Martín de Porres.