Mirko Lauer (Foto: Nancy Chappell)
Mirko Lauer (Foto: Nancy Chappell)
Maribel De Paz

"¿Es posible homenajear a quien rechazó sistemáticamente, casi como una forma de vida, cualquier homenaje". La pregunta se lee al inicio de un breve texto sobre Abelardo Oquendo, crítico y creador de "Hueso Húmero", en la edición 69 de esta publicación salida recientemente de imprenta. Junto a Oquendo, se fueron este año también el narrador de culto Luis Loayza y el sociólogo Aníbal Quijano, ambos miembros de su consejo editorial.

, quien queda ahora solo en la dirección de la revista de artes y letras, da cuenta aquí del futuro incierto de esta ya legendaria publicación que en su último número no solo cuenta con textos de Julio Ortega y José Carlos Huayhuaca, sino también con inéditos del exquisito Loayza.

— En primer lugar, quería preguntarte por el vacío dejado por Oquendo.
Bueno, es temprano todavía. Todavía estamos con el dolor de Oquendo, todavía no estamos con el vacío de Oquendo. ¿Por qué lo digo? Porque para este número 69 él codirigió todo hasta el final. Vio la tapa dos días antes de morir. Y para muchas cosas del siguiente número encuentro sus correos, las preguntas que me hace, sus instrucciones. Entonces, el vacío va a llegar, pero todavía no, todavía no. "Hueso Húmero" fue sobre todo una aventura amical. No solo de Oquendo y mía, sino de un grupo de amigos, y de esos amigos ha fallecido Abelardo Oquendo, pero también Luis Loayza, y Aníbal Quijano, y muchos años antes Francisco Campodónico, que fue su primer impresor. No, yo no siento ningún vacío, sino un dolor. Y en ese sentido, nada, ahí está. ¿Qué hacemos con eso? Sobre todo a esta edad en que uno se va acostumbrando a que gente muy cercana y muy querida se empiece a ir.

— ¿Se puede acostumbrar uno a la muerte?
No sé si acostumbrar es la palabra, pero resignar de todas maneras; y, bueno, lo estamos viendo en una revista a la cual se le ha ido de sopetón, en un trimestre, la mitad de su equipo. Y en esa medida también me siento solo. Porque un equipo, un comité, un grupo de amigos, es gente con la cual se conversa, se evalúa, se pregunta.

— Me hablabas antes de Montalbetti.
Estoy tratando de convencer a Mario Montalbetti para que asuma la codirección de la revista. Es, como se dice en los cuarteles, el más caracterizado del equipo, el más cercano. Tenemos que recomponer el equipo de todas maneras. Porque, a pesar de que la revista sale más o menos una vez al año, de todas maneras es trabajo, sobre todo en la parte del criterio y de la búsqueda, que ya no es tan fácil. Cuando comenzó "Hueso húmero" había más oferta de manuscritos interesantes que nuestra capacidad de publicarlos, y el trabajo era de selección. Ahora es más de cacería. Internet se lo lleva todo.

— Van a ser 40 años de la primera edición.
Sí, cuarenta años, 69 números… no son muchos números, pero de todas maneras creo que hemos ganado el derbi de la duración de las revistas culturales. Aunque nos sigue ganando "El Mercurio Peruano" en sus cinco etapas desde el siglo XVIII.

Mirko Lauer (Foto: El Comercio)
Mirko Lauer (Foto: El Comercio)

— En el primer número de "Hueso Húmero" se decía que la revista nacía "de la carencia, no de la arrogancia".
Suena bonito.

— ¿Cuáles son las carencias actuales que todavía harían vigente esa frase para la revista?
Yo diría que la carencia actual ya no está en el campo del contenido, de los artículos, de los ensayos, sino más bien en el campo de la dedicación. Hay una carencia de dedicación a empresas culturales que no son lucrativas, que no producen gran fama ni siquiera en el mundo cultural. Nosotros hacemos tiradas breves y ventas más breves todavía. Entonces, es la dedicación. Es el cariño un poco monacal a la tarea. Hubo un momento en el cual pensamos que ya habíamos publicado suficiente y que por qué no sería mejor cerrarla. Y me acuerdo que uno de los argumentos es que había cinco o seis estupendas revistas culturales de gente mucho más joven que nosotros. Estaban "More Ferarum", "Ajos y Zafiros", y otras revistas realmente buenas. Pero luego pensamos que cerrar una revista que ya había logrado instalarse era casi un crimen en un país donde no abundan. Ahora, mientras hablamos, "Ajos y Zafiros" y "More Ferarum" hace décadas que no están, y ya casi no hay revistas parecidas como "Hueso Húmero".

— ¿Y el crimen se te viene a la mente nuevamente?
No hemos decidido qué va a pasar después del número 70, que lo vamos a sacar de todas maneras, porque es el número donde se va a escribir sobre Abelardo. Así como este 69 es una especie de kaddish por Luis Loayza, el 70 va a estar muy dedicado a Abelardo Oquendo. Qué pase después, no es seguro. Hay opciones como convertirla en una publicación de la red únicamente… La llegada de una persona como Mario Montalbetti, ya con otro tipo de compromiso, necesariamente le daría un vuelco al contenido de la revista. Oquendo era un hombre estrictamente de la literatura, y yo soy más bien una persona de las humanidades. Montalbetti es una persona de la lingüística y de la filosofía, y en eso tiene un perfil distinto también, conocimientos distintos.

— Allá por el inicio de la revista, en el 79, te referiste a Vargas Llosa diciendo que escribía lo que la burguesía quería leer.
Sí, pero ya no me parece tan terrible. Hoy día diría que escribe para las capas medias.

— ¿Qué es lo que ya no te parece tan terrible?
Que alguien escriba para sectores medios de la sociedad, porque los autores escriben para quien quieren, y yo no tengo intención de ejercer de fiscal de para quién escribe el señor Vargas Llosa.

— ¿Te has vuelto más comprensivo?
No, me he vuelto más indiferente.

— Que quizá es peor.
Supongo que sí, pero bueno, ahí estoy.

— En tu poemario "Ciudad de Lima" se habla de "nuestra extraña nostalgia por el pasado". ¿Qué es lo que la hace tan extraña?
Lo que la hace extraña es que en realidad el pasado está tan presente en la sociedad peruana y sus costumbres que, como dice la famosa frase, ya ni siquiera es pasado. Vivimos las costumbres del siglo XIX, las ideas del siglo XVIII y, entonces, extrañar lo que está tan presente es medio insólito: ¿por qué extrañamos lo que todavía no se ha ido?

— ¿Cuál es el peor aguijón colonialista que aún tenemos clavado?
El racismo, que es un problema del mismo nivel y del mismo calibre que la corrupción. Y en la clase media alta lo otro que queda es el vicio agrario de los apellidos: cómo se llama, con quién se casó. Que es un vicio que llamo agrario porque tenía sentido cuando tenía que ver con las tierras: preguntar por los apellidos de fulano quería decir "¿cuál es su hacienda, qué tierras tiene?". Hace años, en un artículo de la revista "Esquire" sobre el Perú, un periodista comenzó su artículo diciendo: "Lima es una ciudad fea, pero no es un feo antihigiénico como el de Nueva Delhi, no es un feo industrial como la ciudad de Pittsburgh". Y así fue elaborando una serie de feos, y dijo: "Lima es fea porque se puede oler en el aire lo feamente que se han portado los peruanos unos con otros a lo largo del tiempo". Y eso es lo que uno siente, ¿no? Que el racismo como herencia colonial nos vuelve medio apestosos a todos.

— Has contado anteriormente que desde muy pequeño solías oír los relatos de tu padre sobre el asesinato de su familia en el Holocausto. De todo ello, ¿cuál dirías que es la imagen que más sientes que te quedó grabada?
Lo que me quedó es, y ahí sí te tomo la palabra con la que comenzaste la entrevista, un vacío. En el sentido de que, cuando uno suma la emigración de Checoslovaquia al Perú, y después la emigración de la familia del Perú a Canadá, y los muertos de la Segunda Guerra Mundial, no solo en el Holocausto, sino tíos muertos en combate… lo que queda es un enorme vacío de una persona que por el lado paterno no tiene primos, no tiene tíos, no ha conocido abuelos. Me hubiera gustado mucho crecer al lado de la hermana de mi padre, Vera Lauer. Me hubiera gustado mucho ver a estos abuelos. Entonces, casi diría yo que la idea es crecer solo.

Mirko Lauer (Foto: El Comercio)
Mirko Lauer (Foto: El Comercio)

— Finalmente, ¿qué esperanza dirías que tiene la poesía en la era de Trump?
Ah, muchísima. La poesía es una fuerza humana… iba a decir cultural, pero no, es una fuerza humana con decenas de miles de años de antigüedad, muy fuerte, y extrañamente, aunque no reparte grandes glorias y tampoco grandes fortunas, siempre hay gente de toda edad que sigue la poesía, o que la lee, o que lamenta no leerla, pero es un mundo muy atractivo.

— ¿Y qué crees que hace la poesía en el ser humano?
Una vez que la capta, lo primero que le hace es tomar conciencia del lenguaje. Si no hubiera poesía, el lenguaje se nos presentaría como la respiración: algo indispensable, pero carente de contenido. Uno diría: "hablo como respiro". Y, efectivamente, mucha gente habla como respira. La poesía le enseña a una persona que hablar puede no ser como respirar. Que hablar puede ser como tener una pesadilla en plena vigilia. Y al final es eso, que no es poco.

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