Sergio del Molino.
Sergio del Molino.
José Carlos Yrigoyen

La primera cuestión que nos reserva “La piel”, el más reciente libro de Sergio del Molino (Madrid, 1979), es en qué género debemos clasificarlo. La prensa cultural de su país no se ha puesto de acuerdo todavía: hay quienes lo han considerado un conjunto de relatos, alguno como un ensayo, y la mayoría ha preferido declarar tablas y llamarlo un volumen mestizo que hilvana los géneros mencionados, además de la autobiografía y la novela. Si bien es cierto que encontramos matices de todo lo anterior en sus páginas, diría que en esta nueva entrega Del Molino mantiene un interés evidente de proseguir por la senda de la autoficción que ya había trajinado en el excelente y desgarrador “La hora violeta” y el bellísimo “La mirada de los peces”. En ellos acontece la soñada coherencia entre una lucidez capaz de extraer una particular comprensión del mundo por medio de los detalles más fugaces, y una intuición emocional para condensar el amor y la ternura en frases concisas que revelan en un instante epifánico lo que a otros les cuesta ingentes párrafos conseguir.

En sus novelas anteriores, Del Molino se desnudaba de manera figurada para enseñar con mucho coraje las heridas y cicatrices que sus experiencias vitales le habían legado; en “La piel”, nos cuenta sobre el miedo y la vergüenza de desnudarse literalmente y de mostrarse tal como es. Porque durante más de veinte años padeció de una agresiva psoriasis, un mal cutáneo que lo cubría de eczemas y le producía dolores espantosos y sangrados, al punto de que ni siquiera podía tumbarse al lado de su hijo para leerle un cuento antes de dormir. Del Molino reconoce que llegó a sentirse un monstruo con todas las características de los monstruos: seres que, avergonzados por sus deformidades, se marginan a sí mismos y sufren al constatar que inspiran asco y temor a su prójimo.

¿Y qué es lo que hace un monstruo agobiado de sí mismo? No busca espejos, sino otras identidades heridas por la enfermedad para reflejarse y comprenderse. Uno de los reproches más comunes que se formulan contra la autoficción es que esta reduce todo a un yo narcisista que se solaza en el relato de sus anécdotas y tribulaciones. Pero esa es la mala autoficción, que, en todo caso, puede adolecer de defectos parecidos a los de una mala novela polifónica. Del Molino formula su tortuosa experiencia desde la directa autobiografía, sí, pero también a través de una serie de capítulos dedicados a variopintos personajes históricos y literarios que cargaron con su mismo mal: Stalin, Nabokov, John Updike o Cindy Lauper. En todos halla un rasgo común para explicarse o al menos intentarlo. El dictador soviético le sugiere la pregunta de si existe un vínculo entre las manchas que surcan su piel y su forma de ser y estar en el mundo. Las memorias de John Updike le sirven para ilustrar –con la prosa y el despojamiento narrativo del virtuoso– las propias vicisitudes que la psoriasis ha provocado en sus relaciones humanas y su vida sexual. De Lauper recoge la lección de que no hay pensamiento mágico ni menjunje milagroso que conjure las escamas ni las dolencias: solo son válidas las más potentes y probadas medicinas, solo el frío dictamen de la ciencia. Y quienes lo supieron en carne propia deben decirlo muy claro para que nadie se confunda.

Este hermoso libro asume un desafío capital: hacer unidad de la más radical diversidad. Los capítulos que lo conforman son de temas, estilos y ánimos muy distintos; a pesar de eso, no se percibe casi nunca la sombra de la desigualdad en este heterogéneo mosaico labrado a base de iluminaciones y memoria. Desde que leí “La hora violeta” he tenido a Sergio Del Molino como uno de los mejores escritores activos en español; “La piel” no hace sino corroborar esa apreciación.

LA FICHA

Título: “La piel”

Autor: Sergio del Molino.

Editorial: Alfaguara.

Año: 2020.

Páginas: 248.

Relación con el autor: ninguna.

Calificación: ★★★★

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