Padura (La Habana, 1955) es autor de libros como "Pasado perfecto", "La novela de mi vida", "El hombre que amaba a los perros", entre otros. (Foto: César Campos)
Padura (La Habana, 1955) es autor de libros como "Pasado perfecto", "La novela de mi vida", "El hombre que amaba a los perros", entre otros. (Foto: César Campos)
Juan Carlos Fangacio Arakaki

Leonardo Padura siempre ha vivido en Cuba. Y en La Habana. Y en la misma casa del barrio de Mantilla en la que hace 64 años nació. Sobre esa peculiar configuración de pertenencia e identidad es que trata “Agua por todas partes”, un conjunto de artículos con los que, en clave de testimonio y memoria, reflexiona sobre su condición de escritor arraigado en una isla (de allí el título del libro, una frase apropiada del poeta Virgilio Piñera). Un libro entrañable, de aquellos que solo grandes escritores como Padura logran urdir en momentos de consagración. En medio de la agitación por la Feria del Libro de Lima, a la que el autor llegó como invitado, le robamos unos minutos.

En “Agua por todas partes” se lamenta que le consulten “con insistente frecuencia” sus razones para quedarse en Cuba. Dígame con sinceridad: ¿escribió este libro para que los periodistas dejen de hacerle siempre las mismas preguntas?
Lo que pasa es que muchas veces los periodistas insisten en los mismos temas. Ha pasado algo muy curioso, o muy trágico, con respecto a la prensa: yo creo que la revolución digital ha afectado directamente al periodismo, se ha perdido mucho la categorización, la profesionalidad. Y te das cuenta de eso cuando los periodistas que te vienen a entrevistar te preguntan lo mismo que te preguntan los otros. Incluso a veces te dicen “en una entrevista usted dijo…”. ¡Pero si ya lo dije en una entrevista por qué me lo preguntas otra vez! (risas). El tema de Cuba y de la política de mi país también es recurrente. Yo no me niego a hablar de esas cuestiones, pero prefiero hablar de otras cosas: de mis estrategias narrativas, mis obsesiones, mis maneras de entender la literatura o de entender la vida, que yo creo que son más interesantes de responder. Todo esto yo lo resumo en un artículo del libro que se llama “Yo quisiera ser Paul Auster”. Lo escribí porque hace unos años leí una entrevista a Auster en la que le preguntaban de cine, de literatura y de béisbol. Y coño, qué envidia le tengo. Ojalá a mí me preguntaran de esas tres cosas de las que más me gusta hablar.

En otro tema: ¿sigue detestando el reggaetón?
Profundamente. Acabo de escribir una nueva introducción a un viejo libro mío, “Los rostros de la salsa”, en el que entrevisto a grandes salseros, y allí hago un análisis de lo que ha ocurrido en la música desde el año 97 hacia acá. Y afirmo que una de las grandes desgracias que le ha pasado a la música bailable del Caribe ha sido el éxito del reggaeton. Creo que es una de las manifestaciones más empobrecedoras que ha tenido una música popular tan importante como la caribeña, una música que ha movido el mundo.

¿Musicalmente? ¿O también por sus letras?
Las letras también. El reggaeton es una consecuencia del hip hop y el rap, que tuvieron una postura social bastante marcada. El reggaetón, en cambio, se ha decantado por una superficialidad en la que sobre todo se habla de sexo y de relaciones bastante turbias entre las personas. Y a nivel rítmico creo que está demostrado que es pobrísimo también.

¿Podemos entender esa opinión sin caer en el lugar común de que todo tiempo pasado fue mejor?
Bueno, yo creo que en el caso de la música del Caribe todo tiempo pasado sí fue mejor. Mira: algo que te demuestra que no necesariamente todo tiempo pasado fue mejor es la literatura, por ejemplo. En los últimos 25 o 30 años ha ocurrido un fenómeno muy curioso. A los autores que hemos aparecido a partir de la década del 90 nos antecede una gran generación de escritores en lengua española, específicamente latinoamericanos. Escritores que tuvieron la oportunidad de encontrar un espacio de difusión y promoción muy importante, pero que además lo combinaron con una gran calidad literaria y estética. Ni siquiera voy a mencionar nombres, porque hay varios grandísimos. Y, sin embargo, la literatura que se ha hecho en los años posteriores también ha tenido autores muy significativos. Tampoco quisiera mencionar nombres porque seguro olvidaría alguno y sería imperdonable. Pero solo mencionaré a uno porque está muerto: Roberto Bolaño. Él tuvo una especie de mini ‘boom’ para él solo, pero creo que ha habido mucha más literatura excelente en Latinoamericana, quizá con no tan buena fortuna. Ese es un ejemplo de que no todo tiempo pasado es mejor.

Ha dicho usted que pocas ciudades tienen un origen tan literario como La Habana. Yo no quisiera preguntarle por el origen, sino por el presente: ¿sigue siendo tan literaria La Habana? ¿Qué hace literaria a una ciudad?
Creo que el hecho de que en La Habana se vivan conflictos muy viscerales, que están muy a la vista, hace que sea muy literaria. La tranquilidad, la paz, la bonanza, el buen vivir no son literarios. Lamentablemente nos nutrimos del conflicto, de los dramas humanos, de los tiempos difíciles, que son mucho más generadores de literatura que los tiempos felices. Y eso en Cuba es una realidad constante. Vivimos unos periodos históricos muy complicados, con carencias, conflictos, problemas de carácter económico y social como la migración, un tema que me obsesiona y sobre el cual estoy escribiendo ahora una novela que se llamará "Los fragmentos del imán".

Y, sin embargo, desde esa posición del literato, ¿volvería a escoger a La Habana si pudiese volver a nacer?
Chico, yo no me veo siendo otra cosa que un cubano de La Habana. No me veo. Tal vez sea un disparate sentimental pensarlo de esa manera, pero para mí ser un cubano de La Habana ha sido una bendición para mi profesión. Porque La Habana me ha dado la sustancia de mi literatura. Es una ciudad con gran sentido gregario, en la que no hay límites entre lo público y lo privado, una ciudad que hemos disfrutado y sufrido. Pero, además, eso hace que sea una ciudad con una estructura física notable, muy especial. Una ciudad medio detenida en el tiempo y en la que, sin embargo, su gente ha logrado avanzar en el tiempo. Eso hace que sea una constante fuente de materia literaria. Y a mí lo que me interesa es tener materia literaria para escribir.

Mencionaba que estaba escribiendo sobre la migración. ¿Está de acuerdo con que los migrantes viven hoy un momento especialmente difícil?
El exilio ha sido una constante en la vida cubana. Lo han sufrido muchos cubanos durante el siglo XIX, durante el XX, antes y después de la revolución. Después de la revolución incluso con un carácter más dramático, porque existía la figura migratoria de la salida definitiva: dejar Cuba y perder todos tus derechos ciudadanos, sin poder volver nunca. Eso ha cambiado mucho, pero lo que no ha cambiado es el ritmo de la migración. Cada vez que me reúno con gente que dejó el país, siento una gran sensación de pérdida. De mi parte, porque tengo muchos amigos lejos. Y de parte de ellos, porque están lejos de mí y de su medio natural. Tengo un amigo que vive en Miami, políticamente muy alejado de cualquier posición oficial cubana, de buena situación económica, y que sin embargo me dice: “Leo, yo cambiaría todo lo que tengo por estar en la esquina de mi casa”. Y yo le creo. Ese tipo de cosas a mí me conmueven. Es la acumulación de contactos con esos emigrantes cubanos la que me llevó a escribir esta novela, que no tiene una lectura política directa, sino una lectura humana, de la pertenencia y el desgarramiento, de lo que significa estar fuera y que una parte se haya quedado dentro. De lo que significa no volver a tener nunca lo que tenías dentro. Y hay muchas actitudes posibles en esa situación, porque también tengo amigos que me dicen “no me hables de Cuba porque de Cuba no quiero saber nada más”. Todo eso resulta muy dramático. Y lo dramático resulta literario. Por eso escribo esta novela.

La otra cara de la moneda de la migración sería el turismo. Usted es muy crítico con la forma en que esta actividad desfigura las ciudades.
Sí, porque creo que el turismo es un mal necesario. Es una de las industrias más potentes de estos momentos, por los beneficios económicos que genera. Y de alguna manera todos los que podemos viajar (porque no todo el mundo puede) en algún momento somos turistas también. Nos gusta el descubrimiento de otras realidades, de otros ambientes; conocer otras maneras de entender y vivir la vida. Pero el turismo también genera estereotipos con los cuales uno trata de atraer al turista, satisfacer sus demandas. Ese es uno de los peligros posibles, que nos estereotipemos. Cuando yo veo a los estadounidense pasear en descapotables por el malecón de La Habana o la Quinta Avenida, con un sol que te mata, me parece que estoy otra vez en los años 50. Y es lo mismo con el ron, el tabaco, el auto viejo. Sí, son cosas que tienen que ver con nosotros, pero no solo eso tiene que ver con nosotros. El turismo tiende a quedarse en una capa superficial de penetración de una realidad. Lo mismo pasa cuando un turista viene aquí a ver Machu Picchu, pero no se entera ni un carajo de qué cosa pasa en el Perú real. No sabe lo que ha pasado con los últimos cinco presidentes peruanos, y que ustedes tienen un récord en ese sentido.

Vuelvo a la literatura: me pareció muy llamativo el relato de la publicación de su primera novela, “Fiebre de caballos”. Dice usted que la publicó un poco para competir con otros colegas. Le pregunto yo: ¿el apresuramiento por publicar es un problema? ¿O se puede convertir en un reto y motivación?
En mi caso era una necesidad. Yo llego tarde a la escritura con respecto a otros colegas. Cuando ingreso a la Universidad de La Habana, en 1975, ya había compañeros que escribían y otros que publicaban en revistas, incluso. Yo siempre digo que tuve que hacer dos carreras: la carrera académica y la carrera de la lectura, porque venía muy atrasado con la lectura de libros. Me había pasado la vida jugando béisbol. De hecho, quise estudiar periodismo para escribir sobre béisbol. Nunca pensé que iba a estudiar literatura. Así que empecé a escribir mis primeros cuentos a fines de los 70 y principios de los 80, y luego me dije que debía intentar publicar una novela. La terminé en el año 84 y salió en el año 88 porque en esa época en Cuba así se demoraba. Pero siempre tuve muy clara la idea de querer publicar. Creo que “Fiebre de caballos” es una novela digna para el escritor de veintitantos años que yo era en ese momento. Es una novela en la que se evidencian todas mis incapacidades y mis desconocimientos, pero también algunas de mis virtudes. Si fue apresurado o no publicarla, no sabría decírtelo. Pero no me avergüenzo de esa novela.

¿Y cuándo sabe que una novela está terminada? José Watanabe, el poeta peruano, decía que terminaba sus poemas por cansancio.
Yo creo que el cansancio influye mucho, sí. Primero habría que decir que existen escritores muy seguros de sí mismos: escriben una o dos versiones de su libro, lo revisan, y se lo entregan al editor. Yo, por el contrario, soy un escritor muy inseguro. Por eso escribo, vuelvo a revisar, doy la novela a leer, oigo opiniones de esos lectores, y todo me ayuda a perfilar el mejor libro que soy capaz de escribir. Pero sí llega un punto en el que siento ese cansancio; el momento en el que no resistes más el texto que estás trabajando, de tanto que lo has manoseado. Pero tengo que estar seguro de que lo he escrito de la mejor manera en que soy capaz de escribirlo. Porque uno evoluciona, uno va aprendiendo no solo las estrategias literarias, sino las capacidades e incapacidades que tiene como escritor. Y hay un elemento muy importante para mí, que son los lectores en los cuales yo confío mucho. En primer término, mi esposa Lucía. Porque siempre hay cosas sobre las cuales tengo mis dudas, y esas dudas ella me las ratifica y a la vez me descubre otras. Eso es muy importante porque a la hora de trabajar las partes débiles de una novela, me da la seguridad de que estoy acercándome más al mejor libro que soy capaz de escribir.

Por último: una de las partes que más me conmovió de “Agua por todas partes” es el relato sobre su padre, que era hincha de un equipo de béisbol, luego este equipo desaparece, y él termina haciéndose hincha de otro equipo que no era el suyo. ¿Cree usted que la decisión de su padre es un ejemplo de la resignación? ¿O más bien de la esperanza?
(Piensa unos segundos) Fíjate que no lo había visto de esa manera y te agradezco esta pregunta porque me doy cuenta de que en mi padre hubo las dos cosas: hubo resignación y hubo esperanza. Porque debajo de todo eso, hay algo tan concreto y tan importante para cualquier cubano como es el amor por el béisbol. Lo de mi padre pudo haber sido una conversión religiosa, una conversión política o un reciclaje económico. Pero fue una conversión de fe en algo en lo que creemos, que es el béisbol. Y mi padre tuvo una actitud muy visceral en su primer rechazo, cuando su equipo desapareció. Pero después se convirtió en un fanático que me superaba, al punto de que yo dejé de ver béisbol a su lado. Porque sentarme frente al televisor a ver un partido de béisbol con él era un sufrimiento constante si el equipo perdía, o una exaltación absoluta si el equipo estaba ganando. Entonces ahora entiendo que él, después de resignarse, adquirió esa posibilidad de una esperanza y fue algo que lo acompañó hasta el final. Mi padre murió hace seis años y ahora, cuando a veces veo un juego de pelota, me pregunto qué estaría pensando él con este partido, con este equipo, con este campeonato. Porque creo que una de las cosas más terribles que tiene la muerte son los próximos partidos de béisbol que no vamos a ver. Y las próximas novelas de los escritores que nos gustan que no podremos leer, y las películas de nuestros cineastas favoritos que no podremos ver. Eso es lo jodido de la muerte: que nos vamos a perder una cantidad de cosas buenas y malas que van a pasar, pero sobre todo las buenas, que son las que disfrutamos. Y yo pienso mucho en eso cuando estoy viendo un partido de béisbol.

Título: "Agua por todas partes". Editorial: Tusquets. Año: 2019. Páginas: 362.
Título: "Agua por todas partes". Editorial: Tusquets. Año: 2019. Páginas: 362.