En los extremos, las portadas de "Canción triste de un mundo" y "Contra toda esperanza, de Pramoedya Ananta Toer y Armando Valladares. Al centro, la isla El Frontón, donde se desarrolla la novela homónima de Julio Garrido Malaver. Fuente: Xalaparta/ Cosmo/ El Comercio.
En los extremos, las portadas de "Canción triste de un mundo" y "Contra toda esperanza, de Pramoedya Ananta Toer y Armando Valladares. Al centro, la isla El Frontón, donde se desarrolla la novela homónima de Julio Garrido Malaver. Fuente: Xalaparta/ Cosmo/ El Comercio.
José Carlos Yrigoyen

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Creer que existen dictaduras menos malas que otras es uno de los lastres más perjudiciales para una democracia en construcción. Las anteojeras del dogma consiguen que políticos habitualmente sensatos silencien los atropellos de malos bichos como Maduro, Ortega, Bolsonaro o Trump, o, en su afán por defenderlos, echen mano de la infame falacia del “tú también”. Mucho peor es leer o escuchar a escritores -usualmente libres de acoso y censura en los países donde viven- que luego de lamentar la situación de un colega proscrito, condenado o torturado por sus ideas, recuerdan inmediatamente la supuesta estabilidad social o las medidas revolucionarias llevadas a cabo por el régimen que lo hostiliza. De ese modo justifican hechos que, en distintas circunstancias, habrían merecido indignados pronunciamientos y comunicados flamígeros. “El gulag es un accidente de ruta hacia el socialismo”, llegó a afirmar Julio Cortázar, mientras le pedía a su esposa que no le leyera las noticias de la invasión soviética a Checoslovaquia, porque le producían ansiedad.

¿Cómo sobrevivir a ese relativismo moral, a esas omisiones? Un escritor auténtico, aunque se le despoje de todo medio de expresión, siempre hallará una manera de proseguir con su indoblegable necesidad de vivir manifestándose. Pramoedya Ananta Toer (1925-2006), el más importante narrador de la Indonesia moderna, es la prueba viviente de eso. En 1965, el régimen fascista del general Suharto lo arrojó a las mazmorras de la prisión de Buru, un archipiélago perdido entre los miles que forman aquella nación del sudeste asiático. Su delito: escribir libros y artículos en los que su verdad refulgía semejante a la hoja de un sable. Sin lápices ni tinta, en la oscuridad de una celda plagada de mosquitos y alimañas, redactó con su propia sangre, en papel de cigarrillos, muchas cartas y un diario que publicaría años después en “Canción triste de un mudo”, constancia de una vocación incorruptible y de una fortaleza sobrehumana.

Soportó durante casi quince años los malos tratos y el hambre, que paliaba comiendo raíces amargas y lagartijas. Cuando su memoria no alcanzó para preservar lo que vivía y fabulaba, tomó prestada la de otros: les contaba a sus compañeros el capítulo de la novela que elaboraba en la cabeza y así no perdía ningún detalle de sus historias. El régimen de Suharto cayó en 1998 como un gran árbol podrido. Pramoedya era en ese momento una figura de estatura mundial, pero, sobre todo, conciencia y voz de su pueblo.

“Contra toda esperanza” es el testimonio del poeta cubano Armando Valladares (1937) acerca de los 22 años que pasó en las prisiones de Fidel Castro, bajo la nunca demostrada acusación de sabotaje y terrorismo. Por negarse a aceptar la rehabilitación política fue sometido a crueles golpizas, encerrado en pabellones de castigo infestados de ratas y en celdas tapiadas. Siguiendo las enseñanzas del doctor Mengele -prueba de que los extremos se tocan- médicos del bloque del este lo tomaron a él y a sus compañeros de conejillos de indias para experimentos biológicos, trance al que solo unos cuantos sobrevivieron. Llegaron a privarlo de alimentación durante varias semanas, ocasionándole una parálisis que lo postró en una silla de ruedas.

En esa situación desalentadora, comenzó a escribir poemas. Fueron publicados en muchas lenguas y le otorgaron notoriedad en una época en que la mayoría de la intelectualidad europea hacía oídos sordos a las denuncias contra la Cuba de Fidel, aquel paraíso en la Tierra donde sucedían abusos tan atroces como los que manchaban de sangre los regímenes de Pinochet y de Videla. El sátrapa caribeño, ante la avalancha mediática internacional, no tuvo más remedio que liberar a Valladares, aunque sus esbirros insisten hasta hoy que el poeta no es poeta -porque seguro se necesita un carnet ministerial que lo acredite- y que lo de su invalidez siempre fue una farsa. Si esto último es cierto, nadie lo puede culpar: mentir es un recurso legítimo para escapar del infierno.

Valga la oportunidad para recomendar “El Frontón”, las memorias del vate trujillano Julio Garrido Malaver (1909-1997) que deberían rescatarse de un injusto olvido. Destacado militante aprista, el poeta fue recluido por el gobierno de Prado en la infame isla-prisión que no tenía nada que envidiar a San Quintín o Alcatraz en cuanto a su sistema represivo e inhumano. Por medio de fragmentos y estampas, Garrido evoca la soledad resguardada entre los inconmovibles muros de la penitenciaría, rememora esa cotidianidad lóbrega sin final establecido, desafiando todo suplicio con su individualidad creadora, única e indestructible. Un libro idóneo en estos tiempos de febles ideales y convicciones que transitan a la par del viento.

Canción triste de un mudo. Pramoedya Ananta Toer. Xalaparta,2000. 444 p.

Contra toda esperanza. Armando Valladares. Kosmo,1985. 412 pp.

El Frontón. Julio Garrido Malaver. Editorial V, 1966. 109 pp.

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