José Carlos Picón

El poeta es el silencio. “El mar / y su respiro: soledad más tarde”. A semejanza de ese verso suyo, Raúl Deustua fue una figura de perfil silencioso de la Generación del 50, nacido en el Callao en 1920. Luego vivió en Kenia por un tiempo, por lo que pidió a su hija que sus cenizas fueran arrojadas al mar de Mombasa. Parco, alejado de los círculos literarios, se reunía, no obstante, con Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, los hermanos Salazar Bondy, Blanca Varela, Fernando de Szyszlo, José María Arguedas, entre otros, a principios de los años 40 en la mítica peña Pancho Fierro y en el barrio de Santa Beatriz. Su colega Américo Ferrari lo consideró uno de los más grandes poetas en lengua española.

En 1943, Deustua obtuvo una beca de la Universidad de Columbia en Nueva York y tomó otro camino en su lectura del país, alejándose un poco de aquella que construía con sus coetáneos. Así inició un periplo que lo conminó a vivir en el extranjero, apunta la poeta e investigadora Ana María Gazzolo, la editora de “Sueño de ciegos. Obra reunida de Raúl Deustua” (Lápix Editores y Biblioteca Abraham Valdelomar, 2015). Antes de esta iniciativa, accedimos a parte de su obra  gracias a “Un mar apenas”, volumen editado para la colección Manantial Oculto por Ricardo Silva Santisteban en 1997. 

“Deustua no escribía para nadie. No pretendía algo en particular con respecto de sus textos”, cuenta Gazzolo. “Sospecho que aún no tenemos completa la obra de esta singular figura”, acota. “No tenía el ego de dar a conocer su obra. Incluso tenía mucho reparo en publicar sus traducciones. Tenía esta conciencia de no haber logrado las cosas como quería”. 

El enigma del viajero
¿Cómo vivía Deustua su quehacer poético? Es algo que ni sus hijas Gabriela y Pilar pudieron entender con claridad. El poeta se dedicaba a la traducción para la ONU en Nairobi y en Ginebra, donde vivió, y para la FAO en Roma. La poesía era secreta. “Escribía en clave personal”, refiere Gazzolo. 

“Encontré textos para esta edición de manos de amigos, como en el caso de ‘Nueva York de canto’, que escribió aparentemente durante su estadía en esta ciudad entre 1943 y 1945. Esto nos indica que buscaba que sus amigos lo leyeran”. La fascinación de Deustua por el mundo pluricultural neoyorquino era evidente: “Negro azul de Harlem, / hay una voz olvidada en los tranvías que te / canta y te disuelve, / voz del río que suena entre tus venas [...] Lloro con tu llanto, desde ángulos distintos y lloramos / tú por tu río y por tu voz de agua [...] yo por mis manos blancas tan ajenas a tu llanto...”. Era Deustua “un poeta culto y refinado, que cuida las palabras y los silencios [...] Un conocedor de la poesía occidental de distintas épocas, pero también del arte y la historia”, apunta Gazzolo. Se incluye en este volumen la pieza teatral nunca publicada “Judith”, que la actriz Ofelia Woloshin puso en escena. También los poemas de “Arquitectura del poema” (1955) y “Un mar apenas” (1997).

Un mar apenas
“La poesía no ha muerto ni puede morir [...] Vive pero un poco escondida, un poco entregada a la búsqueda de siempre”, apuntaba Raúl Deustua para un número de “Letras peruanas” de 1952, lo que redunda en el “mundo cerrado y esencial” que tenía para la poesía. Poco preocupado por publicar, no ordenó cronológicamente sus textos. “Siempre me pregunté qué es lo que quería de sus lectores. Su poesía estuvo llena de señales para ser desentrañadas”, refiere Gazzolo. Tras su muerte en Ginebra en el 2004, Deustua continúa en la búsqueda del lector cómplice, aquel con quien compartir el misterio y la esencia de la poesía.