Versos del peruano Óscar Málaga son rescatados del olvido
Versos del peruano Óscar Málaga son rescatados del olvido
José Carlos Picón

Su mirada se detiene en el tiempo, está fija en una explosión permanente de versos e historias. Óscar Málaga (1946) acaba de recibirnos en la habitación que una vieja amistad le brinda en su casa de Lince. Vive desde hace años en Nueva Zelanda con su amada Xie Pei en un ambiente idílico, a veces muy pasivo para su gusto. Lo sostiene un porte de poesía combativa, su reflexiva agudeza lírica y un bastón que lo mantiene a salvo de los violentos reflejos o falsos movimientos que le prodiga su enfermedad. Pero todo bien. Óscar nunca deja de sujetar la pluma, surcar universos y ejecutar vacíos inexplorados. A más de 40 años de escritos, se hallaron entre papeles y documentos olvidados –y devueltos por su madre–, una serie de pliegos que Málaga presentó al concurso de la Asociación Peruano-Japonesa a fines de los sesenta: “Canciones desentonadas y alegres aterrizajes para evitar el suicidio (1968-1973)”. Un esmerado trabajo de rescate y edición por parte de José Carlos Yrigoyen y Renzo Porcile, está por darlos a la luz nuevamente. Pero volvamos a la historia.   

En 1973, el crítico José Miguel Oviedo edita “Estos 13”, una muestra de la poesía que se hizo hasta ese momento perteneciente a la generación que escribía desde finales de los sesenta. Allí aparecen algunos textos de Málaga, quien no era muy asiduo a publicarlos orgánicamente en un libro, pues se encontraba “a la espera de la voz”. El primer número de la revista “Estación reunida” (que luego daría nombre a un legendario colectivo de poetas, coetáneos de Hora Zero), incluyó uno de sus poemas. Afiebrado y al borde de la palpitación desquiciante, escribía a modo de elegía sobre la muerte de Jack Kerouac, además de evocar un amor desaparecido ya entre la bruma: “¿Pero qué diferencia hay entre ella que amo y tú que vibras? / Ahora camino por la Colmena con las manos en los bolsillos / sin saber qué hacer ni a quién buscar”. Del registro del poeta, Oviedo decía que “parecía escrito desde la droga, sin dejar de ser al mismo tiempo muy lúcida y muy crítica”. 

LA ERA DEL PAPEL
El silencio editorial encalló cuando, recién en 1989, aparece “Arquitectura de un puente”, libro que empezó a trabajarse en París. “Tuve mayor libertad aunque aún no había perdido el contacto con la gente de mi generación. Con estos textos me desmarqué de cierta estética. París fue un hervidero de estímulos. Encontré mi mecanismo verbal, con el que mejor encajaba. Había más concreción en el lenguaje, era menos narrativo, y la composición la realizaba por bloques”: “No hay melancolía feroz / sólo un llanto verdadero / Al final de la noche / Venecia / no es otra cosa que una ciudad”. 

En el 2004 irrumpe, lleno de esquirlas, “El libro del atolondrado”, que reunía artefactos literarios escritos entre Nueva York y Beijing, de 1991 al 2000. “Para muchos este es mi mejor libro”, cuenta el poeta, “según dicen, tiene más amplitud de registros y más peso poético”, recuerda como si hablara de una noche en que el ron quedó corto. “Era el libro del hartazgo y la paranoia, de la resaca de años de violencia. Era periodista en ‘Caretas’, por ejemplo, y recuerdo que nuestra vida estaba en vilo, con el miedo a que nos disparen o morir despedazados por una explosión”:  “Aquél que en su desconcierto cree / un incendio de un brinco se atraviesa / olvida que un pulpo amarra su piel / diez mil lobos devoran sus pasos”. 

LA HISTORIA NO TERMINA
Su último poemario, “La salvaje melodía del aire” (Auqui, 2014), fue escrito, según confesión del poeta, a golpe de rock and roll, como siempre. Solo que este lleva la impronta rockabilly de Gene Vincent. Sin embargo, sostiene Málaga, “hay un control, sabiduría, un acercamiento al misterio de la poesía”. Un continuo descubrimiento y búsqueda de belleza. “Una propuesta más allá del poema”. Idea, aforismo, reflexión. Bienvenidas, canciones.  

Poema desentonado acerca de una vibración exacta
Jamás lograré amarte íntegramente.
Y tus ojos abultados jamás sólo me tendrán a mí. 
Soy exacto en esta confusión
y mi desnudez es mi extraña libertad.
Arropo flores que languidecen como Buda
y dentro de mí, 
solitariamente,
miles de carros toman direcciones distintas. 

Poema en Barranco
Le dije a ella miles de cosas.
Le conté del viejo Pound sentado perdido en el Metro    
de Ginsberg revolcándose entre piernas y marihuana  
tenía una mano de lilas y gelatina; la otra era de cartón.
Barranco estaba llena de fierros.
Sin decir nada
sin pretender nada
encendimos todas las luces de la ciudad.
Luego caminé algún rato solo
y quise escribir algo que fuese el momento pasado
intenté este poema
y dentro de mí todo explotaba como fuegos artificiales
como miles de bombas en campos de guerra;
ahora leo lo que escribí
y no tiene nada que ver
con tus ojos, las serpientes
las luces que encendimos en la cuidad.

(Del libro inédito “Canciones desentonadas y alegres aterrizajes para evitar el suicidio (1968-1973)”)