(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Víctor Peralta Ruiz y Elizabeth Hernández García

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¿Fue el 28 de julio de 1821 el día de nuestra ? Algunos historiadores discuten la pertinencia de esta fecha, al existir otros eventos de nuestro pasado que podrían considerarse más apropiados. Dos expertos lo evalúan.

El momento peruano de la independencia, por Víctor Peralta Ruiz

“El momento peruano cumplió su cometido de proporcionar a la nueva nación las bases jurídicas de su futura armazón institucional”.

En el proceso de la independencia transcurrido entre 1821 y 1824 hubo un momento peruano cuya reflexión debería profundizarse con ocasión del bicentenario. Se trata de los años que median entre la partida definitiva del general José de San Martín y el establecimiento de la dictadura del general Simón Bolívar. Este fue el periodo de la preeminencia del primer Congreso constituyente, que se instaló el 20 de septiembre de 1822 con 79 diputados electos por votación popular en los territorios liberados de la dominación española, además de 38 suplentes. Debería considerarse esta fecha como la de la genuina independencia de los peruanos, ya que sin influencia del Ejército Libertador y sin temor a una reacción realista fue establecido un gobierno legislativo que sin dilación decidió enrumbar hacia el establecimiento del sistema de gobierno republicano.

Los ideólogos más destacados de ese momento peruano fueron políticos que, al mismo tiempo, repudiaron el liberalismo español y abandonaron el proyecto monárquico sanmartiniano como Francisco Javier de Luna Pizarro, Mariano José de Arce, Hipólito Unanue, Carlos Pedemonte, Justo Figuerola, entre otros. Al lado de estos, también ocupó un lugar preponderante Faustino Sánchez Carrión al convertirse en baluarte del principio republicano en su periódico “El Tribuno de la República”. Todos ellos, en su papel de diputados, cambiarían el destino histórico del Perú al enrumbarlo hacia la contemporaneidad política identificada con el fomento de una comunidad de ciudadanos.

El Congreso constituyente presidido por Luna Pizarro no solo puso fin al Protectorado al suprimir su Estatuto Provisional, normativa inspirada por Bernardo Monteagudo, sino que dispuso como potestad suya asumir funciones propias de un Poder Ejecutivo. Bajo este principio, la asamblea encomendó la administración provisional del país a una Suprema Junta Gubernativa presidida por el general José de la Mar. Fue este mandatario quien promulgó el 17 de diciembre de 1822 las Bases de la Constitución Política de la República Peruana, una especie de carta preconstitucional aprobada de forma unánime por los diputados. Ahí se dispuso que todas las provincias del Perú reunidas en un solo cuerpo formaban la nación peruana y que, en adelante, esta entidad se denominaría República Peruana.

De este modo, así como durante la revolución francesa la asamblea nacional asumió, en palabras de Pierre Rosanvallon, que debía reflejar “la anatomía de su sociedad”, en el Perú el primer Congreso constituyente comenzó su andadura en procura de asumirse como representante de un pueblo soberano en proceso de construcción y, sobre todo, marcado por una contienda bélica contra el bando realista cada vez más adversa y afectado por el divisionismo de los republicanos. No obstante, la asamblea republicana logró su propósito de promulgar la primera Constitución del Perú independizado el 12 de noviembre de 1823. Con ello, el momento peruano cumplió su cometido de proporcionar a la nueva nación las bases jurídicas de su futura armazón institucional. Que esta Constitución no se llegara a aplicar fue una decisión del propio Congreso constituyente que, de este modo, facilitó la transferencia de facultades dictatoriales a Bolívar para consumar la liberación del Perú de España.

¿1821? Nuestra independencia y sus dilemas, por Elizabeth Hernández García

“Salir de un discurso decimonónico capitalino posibilita al menos mirar esta historia de luces y sombras en todas sus dimensiones”.

Desde hace algún tiempo, por distintos cauces, venimos recibiendo un mensaje: faltan pocos días para conmemorar el “bicentenario de la independencia del Perú”, es decir, para celebrar el 28 de julio del 2021. Creo que esta afirmación no es certera, pues corresponde a una narrativa historiográfica que ha privilegiado unas fechas, unos espacios y unos personajes en desmedro de otros que tuvieron igual o más importancia y peso político en el período independentista.

Esta fecha, por corresponder a la excapital virreinal, se revistió de un valor simbólico y ritual especial con el que se pudo elaborar el discurso homogeneizador que necesitaba un estado-nación en construcción. Sin embargo, ya antes se habían dado hechos y procesos vitales. La independencia del norte peruano (diciembre de 1820-enero de 1821), por ejemplo, fue un gran impulso para las fuerzas patriotas y para un José de San Martín que buscaba desesperadamente hombres, dinero, bestias de carga, medicinas, alimentos. El norte independiente proporcionó todo ello desde aquellos meses, sumándose a anteriores esfuerzos patriotas que, en conjunto, fueron los que condicionaron la posterior proclamación limeña.

De otro lado, el año 1823 es fundamental en nuestra historia, no solo por la importancia de nuestra primera Carta Magna, sino porque entonces el Perú independiente vivió una gran fragmentación: el enfrentamiento entre José de la Riva Agüero y José Bernardo de Tagle. Además de ser los dos primeros presidentes de nuestra república, interesa la confrontación política entre el norte peruano leal a Riva Agüero y Lima partidaria de Torre Tagle. Fue el primer choque político que se daba entre un gran espacio regional versus la capital, y puso en debate cuestiones como “legitimidad”, “representación nacional”, “nación” y “soberanía”, temas relevantes en un momento en que se estaba definiendo el poder político, el Estado y la nación en medio de la guerra contra los realistas.

Es por todos sabido que en diciembre de 1824 se dio la batalla de Ayacucho, la que consolidó la independencia en el campo de batalla y en el imaginario nacional. Pero no todos recuerdan que en ese mismo año la causa patriota estuvo casi perdida, la imagen de José de La Serna se tornó fuerte y Lima volvió al poder realista. Entonces, nuevamente desde un espacio regional distinto al capitalino, se venció a las fuerzas del virrey. La independencia empezó en las regiones y terminó en ellas. La historia posterior a la proclamación de independencia en la capital demostró que Lima no era el Perú, y que 1821 fue una fecha simbólica, importante pero no determinante.

Nuestra independencia es compleja. Los dilemas continúan siendo, doscientos años después, cómo contar una historia extramuros de la capital, cómo insertar los enfrentamientos entre los patriotas, qué hacer con las contrarrevoluciones, cómo entender las lealtades. Sin ánimo de resolver estas interrogantes, salir de un discurso decimonónico capitalino posibilita al menos mirar esta historia de luces y sombras en todas sus dimensiones.