(Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
(Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Francisco Miró Quesada Rada

Exdirector de El Comercio

Como se sabe, el 5 de abril de 1992, –que había sido elegido presidente– anunció a las 10 de la noche que . En ese momento, los tanques apuntaban al Palacio Legislativo.

Felipe Osterling, entonces presidente de la Cámara de Senadores, y Roberto Ramírez del Villar, titular de la Cámara de Diputados, sufrieron arrestos domiciliarios.

Ante este acto arbitrario y transgresor del orden constitucional, diversos diputados y senadores decidieron enfrentarse al –en ese momento ya– dictador Fujimori, y nombrar presidente de la República al primer vicepresidente Máximo San Román. Sin embargo, como este se encontraba ausente del país, debido a un viaje a Estados Unidos, los legisladores reunidos en una casa particular eligieron como presidente interino, hasta la llegada de San Román, a Carlos García y García, el segundo vicepresidente, que luego se vio obligado a asilarse en la embajada argentina para no ser capturado por Fujimori.

Días después, el regreso de San Román al Perú animó a los congresistas, quienes se volvieron a reunir esta vez en el Colegio de Abogados, cuyo decano en ese momento era Andrés Aramburú Menchaca. Fue en ese recinto en donde San Román juró como presidente de la República.

A las afueras del colegio, que se encontraba rodeado por un cordón policial, se desencadenó una trifulca debido a que los agentes intentaban impedir el ingreso del al recinto. Fue en ese instante cuando Aramburú le envió al Dr. Ferrero la cinta de decano que le correspondía (por haberlo sido) y para que, con dicha prenda de identificación en su poder, la policía finalmente lo dejara ingresar. No obstante lo anterior, la situación empeoró, no solo porque, aun con la cinta de decano puesta, los agentes impidieron el ingreso del Dr. Ferrero, sino porque también lo zarandearon, capturaron y trasladaron a un vehículo portatropas a fin de llevarlo a prisión, junto con otras 12 personas que también habían sido reprimidas y aprehendidas por sus protestas en contra del golpe.

Sin embargo, tan pronto el coche portatropas dio la vuelta hacia la puerta trasera del Colegio de Abogados –y en un breve descuido– el Dr. Ferrero consiguió escapar y regresó para intentar nuevamente el ingreso al local. Para ese momento, empero, el perímetro del sitio se encontraba totalmente acordonado por un fuerte contingente policial.

Semanas después del suceso, el Gobierno le pidió disculpas al Dr. Ferrero por el maltrato e, incluso, con un cínico desparpajo, le ofreció que presidiera una comisión para la reforma constitucional. Desde luego, el Dr. Ferrero no aceptó porque, como demócrata consecuente que es, no se podía poner al servicio de una dictadura.

Recuerdo estos episodios en los que, como muchos otros demócratas, el Dr. Ferrero fue protagonista a raíz de la publicación de la segunda edición de su obra “Secuestro y rescate de la democracia (1992-2000)”, por la editorial Nomos & Thesis.

El libro reúne un conjunto de entrevistas, conferencias y artículos que el autor escribió desde que se produjo el golpe de 1992 hasta la caída de la dictadura fujimorista, en el 2000. En el texto, se puede seguir su compromiso con los valores y principios de la democracia, y sus propuestas para que esta se consolide y se institucionalice, así como también una cerrada defensa de los derechos humanos y del Estado de derecho, y un desprecio por la arbitrariedad y el abuso del poder.

Es cierto que se trata de un libro testimonial, pero, al mismo tiempo, es también un documento valioso para comprender este período de nuestra historia política en el que el Dr. Ferrero participó, demostrando no solo coraje físico al medirse contra los policías, sino principalmente coraje moral –que es el más grande de los corajes– al defender la democracia recurriendo a la publicación de columnas en este periódico y a la cátedra universitaria. En cuanto al título de la obra, este, sin duda alguna, sintetiza lo que realmente sucedió: la democracia fue secuestrada por unos maleantes que se apropiaron del poder que le pertenece a todos los peruanos, y que solo luego de un acto heroico de insurgencia legítima este pudo ser rescatado por el pueblo.