(Foto: El Comercio)
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Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

Hombres vestidos de mujeres, autoridades religiosas y políticas totalmente ebrias, máscaras de animales, porras y porrazos a diestra y siniestra, ríos de licor, lluvias de papeles de colores, libertad de hacer, de ser, sin vergüenza. Ese es el carnaval que ha acompañado al ser humano por más de tres mil años. Originalmente un culto al dios del vino entre griegos y romanos logró vencer las prohibiciones del cristianismo que lo confinó a ser posible solo los días previos a la cuaresma, precisamente antes de los preparativos de Semana Santa.

Cierto es que el carnaval libera tensiones sociales, afianza alianzas y genera espacios de recreo. Pero también es cierto –y esto es interesantísimo– que se trata de una herramienta de la sociedad para entenderse a sí misma por oposición. Es decir, en el carnaval ocurre lo contrario a lo permitido, a lo normado, a lo esperable. Al mostrar todo lo opuesto, es fácil entender qué es ‘lo debido’.

Querido lector, ponga este artículo de cabeza y seguirá siendo el mismo artículo. El carnaval permite poner al mundo patas arriba y ver claramente cómo es patas abajo (algo que no nos damos cuenta, pues generalmente no percibimos la cotidianidad).

El carnaval estaría incompleto si no existieran personajes carnavalescos. Aquellos que aparecen en muchas mitologías y se caracterizan por ser bromistas, traviesos y cuyo único sentido de la vida es causar el caos (“ver el mundo arder”) y divertirse. El coyote en la mitología navajo roba el fuego a los dioses para burlarse de ellos. El cuy en las narraciones andinas engaña al zorro, que de otra forma se lo comería. En mitologías nórdicas, Loki alguna vez destruyó el mundo en una travesura. En el Cusco, los ukukus suben al Ausangate a traer hielo sagrado y gastan bromas a los peregrinos.

La antropología ha bautizado a estos personajes como ‘tricksters’ o ‘bromistas’, y en muchas sociedades han recibido nombres equivalentes a payasos sagrados. Ello, pues, entre broma y broma dicen las verdades que nadie quiere decir u oír. Shakespeare suele colocar a los bufones como personajes poderosos que pueden decirle la verdad al rey o son libres de protestar, ya que aparentemente no se les toma en serio.

Estos espacios temporales y estos personajes inversores nos ayudan a entendernos como sociedad o como humanos. Ellos transgreden todo y nos enseñan cómo ‘no somos’. Pero también obran de forma poética al recordarnos metafóricamente que la vida es absurda y que por más que sigamos las reglas, siempre nos lleva por caminos inesperados.

Personajes tan valiosos como el ‘trickster’ no pueden quedarse solos en el carnaval. Los tenemos también en la mitología moderna de los cómics, en el Joker de Batman, en los dibujos animados con Bugs Bunny, en la televisión local con Melcochita, en los antihéroes como Deadpool. También en la vida misma, pues somos traviesos por naturaleza. No sé si les ha pasado, pero muchas veces nos autoboicoteamos con travesuras (a mí me pasa a cada rato).

¿Y el carnaval? Todo el año hay espacios en los que vemos al mundo patas arriba. En las fiestas del fin de semana, entre cervezas y baile, en los conciertos con pogo incluido, en los programas cómicos en los que todo es caótico, en las barras de los partidos de fútbol (ya sea en el estadio o con amigos) o en los distintos bautizos y ritos de pasaje que tienen los institutos educativos.

Más que tirarnos globos de agua, debemos rescatar la esencia del carnaval. Se trata de una celebración para poner el mundo de cabeza y así entendernos por oposición. Y es que si la vida se muestra absurda, lo mejor que podemos hacer es bailar con ella, perdiendo el paso todas las veces que queramos.

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