“En mi opinión, la impotencia para conquistar nuestro medio físico, más que fallas políticas y culturales, es la explicación principal del atraso peruano para crear una economía moderna y una sociedad integrada”. (Foto: Andina).
“En mi opinión, la impotencia para conquistar nuestro medio físico, más que fallas políticas y culturales, es la explicación principal del atraso peruano para crear una economía moderna y una sociedad integrada”. (Foto: Andina).
Richard Webb

Director del Instituto del Perú de la USMP

Desde su partida de Panamá hasta el ingreso victorioso al Cusco, la conquista del Imperio Incaico se realizó en apenas un año. Pero después de esa casi súbita victoria pasaron cuatro siglos sin lograr la conquista de la geografía del nuevo territorio. Ciertamente, se supo extraer riqueza que se encontraba casi a la mano en la forma de oro, plata y mercurio. Sin embargo, la construcción de una economía, y también la de una sociedad, exige mucho más que una riqueza temporal. El requisito mínimo en ambos casos es la conexión que hace posible una fluida interrelación física y humana, dentro de un territorio dominado y transitado, un objetivo que nunca fue logrado durante los largos siglos que siguieron a la conquista española. Las distancias sociales y los conflictos políticos fueron parte de la explicación, pero el obstáculo principal fue la imponente dificultad de nuestra geografía. En mi opinión, la impotencia para conquistar nuestro medio físico, más que fallas políticas y culturales, es la explicación principal del atraso peruano para crear una economía moderna y una sociedad integrada.

Leamos las palabras del historiador acerca del obstáculo físico durante la primera centuria de la República:

“El tránsito [...] era lento y dificultoso. La costa peruana oponía el freno de uno de los desiertos más secos del mundo, donde era imposible la tracción de la rueda y hasta de los animales de montura [...]. En la sierra, la barrera a la movilidad la creaba lo fragoso del suelo. Largas y empinadas cuestas, profundos cañones y laderas de paredes casi verticales también impedían el aprovechamiento de la rueda. Esa misma fragosidad impedía que los ríos fueran navegables […]. La comunicación entre la costa y la sierra era lenta y tortuosa […]. Como el ascenso era difícil, el comercio que podía ir en esa dirección se limitaba a mercadería que tuviese alto valor en relativamente poco peso […]. El viajero alemán Charles Weiner terminó preguntándose por qué los hombres habrían decidido habitar un país tan difícil de comunicar”.

Pero la otra cara de la medalla es que tanto la economía como la integración social han avanzado sustancialmente durante el último siglo, y que ese avance ha sido posible justamente en base a una conquista de la geografía. La historia de ese avance sigue de cerca la revolución en las comunicaciones y conexiones físicas que han sido posibles debido a gigantescos avances tecnológicos en los medios de transporte y de comunicación, además de la construcción. Hoy estamos al tanto de la increíble reducción del costo de la comunicación, tanto que según las encuestas de presupuesto familiar del INEI, casi el 80% de las familias en extrema pobreza reportan poseer un teléfono celular, un dato que sugiere la necesidad de reconsiderar la definición de esa categoría de pobreza.

En aras de reconstruir el impacto de esos sucesivos avances en nuestra historia, debemos retroceder a un evento de 1840 que describe Jorge Basadre: la pintoresca llegada al Callao del primer barco a vapor peruano. “La población de Lima casi íntegramente se trasladó al Callao en ómnibus, coches de alquiler, a caballo y hasta en los casi jubilados balancines […]. Salvas, cohetes, músicas, repiques de campanas, embanderamiento de casas celebraron el acontecimiento”, escribe. En los siguientes años, la navegación a vapor empezó a integrar las poblaciones de los distintos valles de la costa peruana y a aumentar sustancialmente el contacto entre el Perú y otros países. Ese primer salto en el transporte fue seguido por los ferrocarriles, la construcción del canal de Panamá y, en el siglo XX, la llegada del automóvil, el motor a gasolina para la navegación en los ríos de la selva, y finalmente, los aviones. Cada uno de esos avances ha sido un peldaño más de una escalera hacia la revolucionaria conectividad que gozamos actualmente. Paradójicamente, la rápida conquista de la geografía hoy empieza a ser vista no por sus efectos integradores y productivos, sino como causa de destrucción del medio ambiente.

La conquista que sigue quedando en el tintero, y que se vuelve cada día más prioritaria, sería la conquista de nosotros mismos, como sociedad; un frente donde podría decirse que nos encontramos todavía en la etapa de la navegación en velero.