"Hoy no tenemos espejos de plata o máscaras de oro y cada uno de nosotros podemos ser reyes o poetas o mendigos según las circunstancias y puntos de vista". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"Hoy no tenemos espejos de plata o máscaras de oro y cada uno de nosotros podemos ser reyes o poetas o mendigos según las circunstancias y puntos de vista". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Alonso Cueto

Escritor

No es un asunto de modas o de caprichos, ni siquiera de obligaciones. Podríamos definirlo mas bien como una necesidad que se ha vuelto costumbre. Algún día, cuando se escriba la historia de esta pandemia, las fotos mostrarán documentos de la época. Con algunas bochornosas excepciones, nuestros descendientes verán con curiosidad y lástima los rostros cubiertos en el mundo en el 2020. Hoy la mascarilla oculta y protege todos los rostros. Quien no la usa parece un extraterrestre con poderes asesinos.

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No es la primera vez que ocurre. Acabo de ver una foto de 1918, tiempos de la gripe española, donde aparece una familia con su mascota, un gato. Todos tienen mascarillas, incluyendo el animalito, cuyos ojos lucen preocupados como los de sus dueños. Hoy, donde la moda interviene en todos los rubros, con el tiempo han ido apareciendo algunas mascarillas de colores o con lemas publicitarios. Además algunas personas usan máscaras con extraños tubos que salen hacia ambos lados. Muchos ya usan las escafandras, sobre todo en los mercados y en el transporte público. Alguna vez, en el barrio, me encuentro con conocidos. Nos reconocemos por los ojos, lo que indica que ya somos viejos amigos.

La palabra máscara viene del árabe y en su origen se mezclan los términos “payaso”, “objeto de risa” y “ridículo”. En sus inicios se refería a la intención de burlar la realidad. La palabra griega “prosopon” (“delante de la faz”), que se refería a las caretas o máscaras usadas en el teatro, evolucionó luego a la referencia al rostro, y a nombres como “personaje” y “persona”. En este sentido puede decirse que la máscara es la portadora de la verdadera identidad.

Si la palabra más usada hoy es “mascarilla”, la otra es “vacuna”. No todos saben que su origen se debe a Louis Pasteur quien la usó en homenaje al ilustre investigador Edward Jenner quien a fines del siglo XVIII había inoculado el virus de la viruela en las vacas. Se llama a Jenner el “padre de la inmunología” y su fama es que ha salvado más vidas que cualquier otra persona en la historia. Jenner se dio cuenta de que las lecheras tenían menos contagios de viruela. La razón era que estaban en contacto durante el ordeño con un líquido que contenía la viruela bovina, lo que las protegía o “vacunaba”.

La mascarilla que alguna vez fue señal de los asaltantes de bancos hoy es un emblema de civismo. En una excursión a un mercado del barrio, una señora de aspecto nórdico camina a toda prisa y le advierte a un joven con la mano en alto que su máscara no cubre toda la nariz. Agrega en voz alta que está poniendo en peligro a la comunidad. Me quedo en silencio. Tiene razón. Pero no tenía que haberlo gritado de ese modo.

En el relato “El espejo y la máscara”, de Jorge Luis Borges, el rey le encarga al poeta unos poemas. En sucesivas ocasiones, le regala un espejo de plata, una máscara de oro y una daga. El poema final tiene un solo verso, que contiene todos los demás. El resultado es que el poeta se suicida y el rey camina como un mendigo por su reino. Hoy no tenemos espejos de plata o máscaras de oro y cada uno de nosotros podemos ser reyes o poetas o mendigos según las circunstancias y puntos de vista. No vivimos en un reino ni mucho menos. Pero Borges acertó en un hecho fundamental. Tenemos que buscar aún las palabras que necesitamos para sobrevivir juntos. Mientras tanto, tenemos la mascarilla.

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