(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Eduardo  Dargent

Politólogo, PUCP

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Las primeras dos encuestas para la segunda vuelta deben haber sorprendido hasta a quienes creían que partía con ventaja. 11 puntos arriba en y 15 en Datum es harto si comparamos con elecciones pasadas en las que se enfrentaron una posición de cambio al modelo económico con otra que propone conservarlo ( vs. García en el 2006 y Humala vs. en el 2011).

Mismo país, resultados (hasta ahora) bastante distintos. ¿Por qué? Tres razones, ya mencionadas con distintos énfasis por Omar Awapara, Gonzalo Banda, Paula Muñoz, Carlos Meléndez, Paula Távara, entre otros, ayudan a explicarlo. No pretendo originalidad.

Primero, Fujimori no es , y no me refiero a sus habilidades retóricas. Alan llegó a la segunda vuelta del 2006 como un candidato reformista, parado al centro. Lo olvidamos por su gobierno ‘hortelanista’, pero en esa campaña lanzó críticas al modelo y marcó como “la candidata de los ricos” a su rival de derecha. Invocó el miedo al descalabro económico, pero con una propuesta de cambio. Además, hizo autocrítica por su primer gobierno.

En contraste, Fujimori llega con una defensa cerrada del modelo, celebrando el gobierno de su padre, con tibia autocrítica y con el miedo al comunismo como bandera. Una estrategia efectiva para llegar a segunda vuelta, pero que tiene los costos que estamos viendo. Con ese discurso convencerá a algunos indecisos y atraerá, quizá, el entusiasmo de los votos duros que perdió el fujimorismo a otras candidaturas. Pero frente a quienes buscan cambios y se han soplado años de acusaciones alucinadas de comunismo, hasta contra liberales económicos, el discurso es insuficiente.

Segundo, la mochila de Fujimori es muy pesada, y ya no solo por el gobierno de su padre. La conducta de los últimos años explica su antivoto de 55% (Ipsos), muy por encima del de Castillo. En vez de reconocer que buena parte del problema es ella, que se le teme y no se le cree, la candidata insiste en la estrategia del miedo.

Pero hay una tercera razón más de fondo que ayuda a entender lo limitado de esta estrategia: la crisis. La crisis económica y sanitaria ha quebrado el mapa del 2006-2011. Castillo, como Humala antes que él, ganó por lejos en los distritos más pobres. Pero a diferencia de Humala, su intención de voto ahora penetra en zonas que votaban en forma más moderada en lo económico. Para el triunfo de García y el alto voto de Fujimori en el 2011 fue crucial el voto de esas clases medias y bajas en áreas de crecimiento económico.

Hay literatura económica y psicológica que resalta cómo actúan las personas de acuerdo a la situación que atraviesan. Aversión al riesgo cuando la vida va bien o mejor, abiertos al cambio cuando estamos mal. Hoy, las encuestas muestran que en el sector C, el norte, la misma Lima, el voto está mucho más ajustado o favorece al cambio.

No es entonces solo que Keiko tenga más resistencia. El país está votando en clave más crítica. Cualquiera de los otros dos candidatos de derecha que defienden el modelo y que pudieron llegar a segunda vuelta, aunque seguro con menos antivoto al inicio, hubiesen sido situados como muy limeños y alejados de intereses populares. Creo que acentúan incluso más esta división estructural reforzada por la pandemia.

La carrera, entonces, está cuesta arriba para Keiko. No me queda espacio para analizar las implicancias de que Castillo gane en segunda vuelta con esta ventaja. Lo dejo para la próxima semana. Pero sí adelanto que encuentro limitado el análisis de quienes apuntan a que los resultados de primera vuelta ya minimizan el riesgo de un endurecimiento. Sí, hay límites importantes que pueden llevar a un gobierno que busque estabilidad antes que aventuras: la pandemia, la economía, la composición del Congreso y gobernar en una plaza adversa como Lima. Pero no hay que minimizar que con su ventaja actual, el incentivo para la moderación se reduce y un triunfo holgado abre un escenario en el que pueda intentar endurecerse para capitalizar este mayor apoyo.