Corrían los años 80 cuando comencé mi carrera académica. Ingresar a trabajar a un departamento universitario suponía deberes como el dictado de cursos y el desarrollo de investigaciones cuyos resultados se volcaban en libros o artículos que aparecían en revistas especializadas. No existían Internet, ni las revistas electrónicas. Los departamentos universitarios editaban revistas donde los autores eran mayormente sus profesores y egresados, aunque siempre hubo una apertura para incluir textos de colegas de otras u otros países.

Era sencillo conocer qué investigaban o qué métodos seguían los colegas de tal universidad o tal país; bastaba con consultar sus . Estas representaban tendencias dentro de cada especialidad y funcionaban como tribunas para difundir alguna posición científica, alentar algún debate o fomentar una metodología.

Pero esto viene sufriendo un cambio radical, cuyas consecuencias son positivas, por un lado, pero también implican riesgos o problemas, por el otro. La preocupación por una revisión imparcial para decidir qué vale la pena publicar, junto con la idea de que los métodos científicos deben ser universales y no depender de tendencias nacionales o culturales, ha llevado a que se penalice la publicación de trabajos producidos en el mismo centro de labores y a que la evaluación de los textos corra a cargo de colegas externos, que desconocen a quién están evaluando. El procedimiento busca elevar la rigurosidad, pero no la garantiza, puesto que los evaluadores de ordinario no son remunerados, ni económica ni académicamente, por lo que se tiene poco control sobre sus estándares de calificación. Además, permanecen en el anonimato y no tienen incentivos para facilitar la publicación de textos que rivalizarán con su propia producción. A menos de que esta sea adecuadamente citada. Y es que aquí entra el otro ingrediente complicado.

Las revistas que primero adoptaron esos estándares y son publicadas en las universidades de los países más prestigiosos en el campo científico lideran los rankings hechos por empresas indizadoras, que miden el número de menciones que se hace de los trabajos de otros autores en los artículos. Mientras más citas coleccione un artículo, o los textos de un autor, se entenderá que se trata de un mejor artículo o de un mejor científico. Medir la calidad del trabajo intelectual es siempre complicado, pero reducirlo al número de citas resulta, por lo menos, polémico.

Como las revistas mejor rankeadas se publican en inglés, si quiero colectar un mayor número de citas, lo mejor será publicar en este idioma. De modo que ahora tenemos a los científicos de los países que no son angloparlantes compitiendo en una lengua que no es la suya y en la que sus posibilidades de expresarse resultan disminuidas.

A este problema se suma la desconexión entre la producción científica y el público más amplio de una nación. En disciplinas como las humanidades y las ciencias sociales, el formato tradicional de publicación era, hasta hace poco, el libro, que podía circular en librerías abiertas a la población. Las revistas científicas, aunque estén disponibles en Internet, tienen un público más reducido, por el lenguaje especializado y cargado de la retórica académica que exige el procedimiento de evaluación. Si uno ha investigado un tema de, pongamos, la historia del Cuzco, podría parecer lógico que trate de publicar el resultado del trabajo en una revista del Cuzco o en un libro que pueda venderse en las librerías de esta ciudad, pero, con el sistema actual, los incentivos empujarán a enviar el texto a una revista en Australia o Colombia, y muy probablemente en inglés.

Es cierto que esto tiene un lado bueno: los temas de la historia o la realidad local se darán a conocer a un público internacional y los científicos peruanos entrarán en interacción con sus pares de otras latitudes. Pero no es seguro que eso llegue a ocurrir.

En el Perú, el Renacyt es el registro creado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Concytec) para la tarea de calzar a los científicos peruanos en el nuevo molde. Publicar un libro se premia con dos puntos, pero si publico un artículo en una revista “top” en inglés me darán cinco puntos. En vez de publicar un libro que incluya siete ensayos (como los del amauta Mariátegui), me valdrá más publicar siete artículos. Seguro que, por aparecer desperdigados en diferentes revistas, en distintos momentos y quizás en otro idioma, su impacto social será menor, pero será lo conveniente si aspiro a ascender en el escalafón científico y mejorar mi salario (porque las universidades han comenzado a remunerar a sus profesores en función de tales puntajes).

En importantes especialidades del conocimiento, como historia o economía, no existe ninguna revista peruana indizada. Las que sobre estos temas se fundaron en el siglo pasado –y que, por la calidad de los artículos que publicaron, de ninguna manera son inferiores a muchas revistas extranjeras que sí figuran en los índices– hoy languidecen por falta de colaboradores y, probablemente, desaparecerán en los próximos años. ¿Habrá que verlas morir? ¿Para eso está el Concytec? Al final, ¿para quién escribimos los científicos e intelectuales?

Carlos Contreras Carranza es historiador y profesor de la PUCP

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