“El estudio acerca de lo popular nos ha permitido entender el sentir de cada época”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
“El estudio acerca de lo popular nos ha permitido entender el sentir de cada época”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
Alexander Huerta-Mercado

Lo que les voy a contar solo se entiende si le añaden caos al ambiente en el que ocurren las acciones. Una dama de la aristocracia de un país llamado Freedonia lidera un movimiento para elegir un nuevo presidente. El único candidato es un sujeto peculiar de nombre Ruffus Firefly que, al enterarse de que la dama no solo lo quiere como presidente sino como esposo, le pregunta: “¿Quiere casarse conmigo? ¿Es usted millonaria?, responda la segunda pregunta primero”.

El país vecino de Freedonia, Sylvania, apuesta sus tropas en la frontera con intenciones de invadirla. Ruffus recibe noticias de su general que, informándole de la situación, exclama: “¡Esto es guerra!”. Sin embargo, hay una última oportunidad para evitar el conflicto y es la entrevista con un diplomático de Sylvania. Ruffus se ilusiona con la posibilidad de la paz, y piensa: “Le daré la mano, conversaremos muy bien y lograremos la paz”. Parece que todo irá en calma, pero repentinamente el propio Ruffus duda, y habla en voz alta para sí mismo: “¿Y si me rechaza la mano, y si me humilla delante de todos?”. Este pensamiento lo altera. Cuando llega el diplomático, Ruffus se saca el guante e increpa al confundido funcionario que ni ha dicho ni ha hecho nada. “¿Con que quería humillarme?”, y golpea con sus guantes al rostro del hombre. Este le contesta: “¿Sabe qué significa esto? ¡Esto es guerra!”. Este es el inicio de la película “Sopa de ganso” (1933), una de las tantas obras de arte que nos legaron los geniales hermanos Groucho, Zeppo, Harpo y Chico Marx.

Cinco años después, un corto animado presentaba a un cerdito antropomorfo y con vocación de víctima llamado Porky intentando cazar a un conejo que se evadía y lo enfrentaba, desafiándolo con la frase: “¡Esto es guerra!”. El conejo evolucionaría a Bugs Bunny y se apropiaría de la frase. Cada vez que Bugs se enojaba y definía la situación como guerra, la audiencia le daba permiso implícitamente para contraatacar a sus poderosos rivales.

“Esto es guerra” es el nombre de uno de los programas más populares de la –y tal vez de los más criticados en las redes sociales– y, junto con el recientemente finalizado “Combate”, también es uno de los mayores proveedores de temas para los programas de chisme. El mes pasado muchos cuestionaron la pertinencia de analizar académicamente las características de dicho programa. Desde mi perspectiva, creo que, si queremos entendernos como , debemos primero entender lo que nos gusta, lo que nos hace reír, lo que nos hace llorar o lo que nos apasiona. Sí, siento que es bueno tratar de entender la y hacerlo, además, con empatía.

Las aventuras de los hermanos Marx y las del conejo Bugs fueron recibidas con sospecha por los críticos que veían en la cultura de masas una forma de adormecer a la población en un contexto de guerra mundial. Sin embargo, los análisis actuales sobre la cultura popular nos muestran cómo Groucho y sus hermanos calaron hondo en mostrar la ineptitud de los gobernantes y lo absurdo de sus decisiones. Benito Mussolini, por ejemplo, prohibió la película en Italia, generando la alegría triunfal de los hermanos Marx, que eran antifascistas judíos. En cuanto a nuestro conejo favorito, se le ha vinculado con un personaje que comenzó a analizarse en las mitologías amerindias para luego descubrir su presencia universal: la del burlón que, haciendo travesuras, “invierte” el orden del mundo. Este “payaso sagrado”, como se le conoce en algunas tradiciones, ha ayudado a las sociedades a entenderse a sí mismas. Bugs sirvió para entender los conceptos que él solía destruir, como la virilidad, la disciplina, el miedo al ridículo, el racismo y el conservadurismo de la sociedad occidental del siglo XX.

El estudio acerca de lo popular nos ha permitido entender el sentir de cada época. Por ejemplo, ver en la fiebre de películas de zombis que se pusieron de moda en los años 50 el temor del ciudadano estadounidense a la “amenaza comunista”, que era percibida como deshumanizante y devoradora. Y cómo el tema de los muertos vivientes ha regresado ahora, generaciones después, con miedo al fundamentalismo islámico.

Estudiando los programas exitosos observamos, por ejemplo, cómo las secuencias de chisme de principios de siglo eran agresivas y enfatizaban las distancias entre los que tenían poder y los que no, mientras que hoy, una serie como “Al fondo hay sitio” nos ha demostrado que una ilusión de la integración entre clases es posible. Gracias a los programas populares hemos podido ver cómo nuestra percepción del mundo, con sus arquetipos y modelos, ha cambiado. Que un producto sea aceptado no se debe a una manipulación o a una pasividad del público, sino a una negociación entre productores y consumidores.

Es importante que, desde varias perspectivas, podamos entender lo que consumimos y cómo formamos a nuestras comunidades de consumidores, ya sea en televisión, en videojuegos, en música o en moda. Es importante conocer lo que nos emociona y lo que ya no, entender antes de juzgar, y aprender en colectividad. En estos tiempos de Internet, es común plantear una separación despectiva de lo popular y, al mismo tiempo, ignorar por qué la mayoría de personas vota por un candidato. Si no nos conocemos, no podemos dialogar entre grupos sociales y generacionales, ni mucho menos comprendernos en un país tan dividido por el consumo y por las oportunidades, y en el que todos parecemos tomar posiciones estratégicas para juzgar al otro.

Cuando los Beatles tomaron por asalto el gusto juvenil para horror de los grupos conservadores, fueron acusados de simplones y comerciales. En medio de ello, el escritor Gabriel García Márquez se descubrió fanático de los cuatro grandes de Liverpool. Entendió que el rock había llegado para quedarse y que marcaría una división generacional pero también una necesidad de entendimiento. Dijo: “Fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres e hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos”.