(Ilustración: Víctor Aguilar)
(Ilustración: Víctor Aguilar)
Raúl Castro

Director de la carrera de Comunicación de la Universidad Científica del Sur

En la era del selfie y del vehemente uso masivo de aplicaciones sociales como , o , cada uno de nosotros, sus usuarios, solemos resolver con frecuencia los llamados test de autopercepción, no solo para entretenernos, sino también para devolvernos frescas imágenes de nosotros mismos en tiempo real. Su empleo no es únicamente banal. Son ejercicios de autoconocimiento y también recursos que intuimos nos ayudan en nuestras carreras de mejora personal.

A este universo de nuevas prácticas de tiempos digitales pertenecen juegos como “¿Cómo te verías si fueras del sexo opuesto?”, un programa de animación que meses atrás causó furor en todo el mundo, y aplicaciones similares como “¿Qué aspecto tendrías si fueses viejo?” o “¿Cómo serías si fueses un perro?”. En todas ellas, el ejercicio de apreciarse en simulaciones gráficas, altamente probables gracias a la estadística aplicada, nos ayuda a responder –por contraste– a inquietudes vigentes sobre lo que somos hoy o lo que podríamos ser potencialmente en otro momento.

Sin embargo, no todo es soleado en los pasatiempos digitales. Las trivias serían pura felicidad y valor agregado si las empresas que las despliegan advirtieran adecuadamente –recalco, adecuadamente– a sus usuarios que los datos que recaban serán utilizados luego en operaciones comerciales dirigidas a captar su mayor atención. Así pasó con “¿Cómo te verías si fueras del sexo opuesto?”, la cual, tras ser disfrutada en Facebook por millones de personas en todo el mundo, sufrió el escarnio masivo acusándosele de traficar con los datos de las personas.

Las reacciones furiosas a populares aplicaciones como esta, como sucedió también con el escándalo del y el uso de datos para favorecer a la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, están creando una inédita corriente de repudio a las redes sociales por primera vez en su corta historia, motivada por la amenaza que sienten los usuarios sobre su seguridad personal. Vale decir que estos saben bien que suelen ser advertidos sobre el uso de sus datos para campañas de márketing, aun cuando esto suele darse en avisos del tipo “letra pequeña”. Empero, lo que las personas reclaman es que estas advertencias no se hacen abierta y explícitamente, ni mucho menos se avisa sobre las posibles consecuencias negativas que podrían afectarlos, tal como hace la industria del tabaco con el cáncer.

En este escenario, las mayores amenazas se ciernen sobre aquellos que tienen menor desarrollo de herramientas para discernir qué es bueno y qué no para su seguridad personal: los niños. Ha sido el propio Unicef, por ello, el que meses atrás inició una campaña denominada #noseasestrella, destinada a crear conciencia en los niños y púberes sobre los peligros que conlleva ser explícitos con datos sobre su intimidad en plataformas sociales, y sobre lo que ello acarrea para su seguridad personal.

Organismos como Unicef están preocupados ahora mismo por la temprana iniciación de los niños en el uso de redes sociales y sus herramientas. Según investigaciones realizadas en Europa, en España y el Reino Unido, por ejemplo, la edad de iniciación en estas plataformas es menor a los 10 años. Con estos datos, Unicef se ha puesto fuerte en la tarea de crear conciencia sobre la urgente necesidad mundial de educar a los más jóvenes y trabajar con campañas de impacto para hacerles notar lo peligroso que es dejar sus datos personales a discreción. Toda vez que la edad sugerida para que los niños creen un perfil personal en los medios sociales es de 13 a 14 años, y que más del 90% de ellos ya cuenta con uno al llegar a esos años, la misión para cerrar esta brecha se torna imperiosa.

Los sitios de relacionamiento social pueden ser un espacio maravilloso para la socialización y la formación educativa, y una poderosa herramienta para comunicar y movilizar personas, si y solo si logramos convertirlos en entornos seguros. Los ciudadanos, los grupos profesionales, los estados y, en particular, las empresas que forman la industria de la información afrontamos hoy este reto histórico. La tarea entonces recién comienza.