Gobernando el Perú… perdón Barataria, por Luis Millones
Gobernando el Perú… perdón Barataria, por Luis Millones
Luis Millones

Antropólogo

Aprendí a leer y escribir bajo la autoritaria mirada de mi padre, que además se esforzaba en que tuviese el ahora desconocido arte de escribir a mano, “con buena letra”. Para lograrlo, no se le ocurrió mejor idea que pedirme que copiara algunos libros olvidados por el anterior ocupante de las dos habitaciones que componían nuestro hogar. Eran todos ellos de edición argentina, que supongo, en esos años, componían el material accesible a quienes podían leerlos. El destino quiso que uno de los que se encontraban en mejor estado fuera la obra de Cervantes, que este año celebra el cuarto centenario de su muerte.

No eran muchos libros, apenas tres o cuatro, así que el mandato fue que los reprodujera varias veces, en el reverso de las copias usadas por sus tardíos estudios de medicina, que fue la carrera que llevaba mi padre lentamente, en las horas en que dejaba de ser dependiente en una botica cercana.

No entendí casi nada de lo que copiaba, al fin y al cabo, se trataba que mi letra escrita a mano fuese legible, imagino que en compensación por los garabatos que redactan los médicos en sus recetas. Pero muchos años más tarde encontré la utilidad de tan fatigosa tarea.

En 1986, gané la beca del Stanford Humanities Center, y con mi esposa e hijos pequeños, fuimos a dar a California y tomar un departamento en Palo Alto. La vida social y académica era intensa. El Center se preocupaba de que, además de nuestras reuniones, se sumasen invitados de nivel académico y político que enriquecían su vida cultural. 

Fue así como, en una cena, me encontré en medio de un grupo en el que lucía por su erudición e importancia Jesús Silva-Herzog, hijo de un notable intelectual mexicano y político de fuste en las arenas del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Se hablaba mucho de sus opciones como candidato presidencial o, por lo menos, de su presencia en algún ministerio o el Congreso. Lucía simpático, nada engolado y mostraba una educación cuidadosamente guiada.

Esquivando los elogios y poniendo en relieve lo catastrófico que puede ser el final de una carrera política, soltó una frase que dejó en suspenso al grupo que lo rodeaba. Dijo algo así: “No puedo adelantar lo que haría en tal cargo, pero lo único que no quiero es terminar como Sancho en su ínsula”. Ante el incómodo silencio de los demás, pude salvar la situación gracias a las obligaciones impuestas por mi padre, que inesperadamente saltaron a mi mente desde tan lejana fecha. 

No le fue tan mal, respondí a su comentario. Al menos, al salir de Barataria, recobró su burro, le dio un beso en la frente y reconoció: “Dichosas eran mis horas, mis días y mis años, pero después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma, adentro, mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos”. 

Envalentonado por la aprobación de la mirada de los demás, continué aprovechando de Cervantes: “Yo no nací para gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y escarmenar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma; quiero decir, que bien está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador”.

La conversación siguió por otros rumbos más cercanos al quehacer político mexicano y estadounidense. Silva-Herzog tuvo el rol destacado que en esa reunión todos le auguraban, y que correspondía a su preparación y antecedentes familiares. 

Dado que lo escrito sobre el Quijote debe llenar muchas bibliotecas, me encantaría saber si alguien ha reflexionado sobre el explícito consejo de Cervantes a los gobernantes, cuando les llega el final de su período. Ya sé que en las actuales (o quizá futuras) circunstancias nacionales, sería difícil esperar que alguno de ellos, en cualquiera de los niveles de gobierno que se escoja, hubiese leído al Manco de Lepanto. Pero no debo ser pesimista. Es el año de Cervantes.