(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

“Mujer, sé que tú entiendes a ese pequeño niño que está dentro de este hombre. Por favor, nunca olvides que mi vida está en tus manos”. John Lennon dedicó una de sus últimas y más memorables canciones a todas las mujeres del mundo. De una forma poética, un Beatle estaba definiendo la vulnerabilidad y dependencia del personaje que en la cultura occidental hemos creado bajo la categoría de ‘hombre’. Sin embargo, nuestra realidad inmediata arroja una imagen totalmente distinta, en la que el abuso de poder masculino se traduce en una normalización de la violencia y en un juzgamiento constante a las mujeres que son víctimas de la misma.

Las redes sociales han demostrado su poder, y la sociedad los efectos violentos del consabido patriarcalismo. No quiero unirme al linchamiento mediático, soy hombre y, por lo tanto, parte del problema. Pero creo también que todos somos parte de la solución. Lo que puedo presentar es la perspectiva desde la cual la categoría de ‘hombre’ ha sido creada y, lejos de justificarlas, intentar explicar qué hay detrás de las conductas “naturalizadas” independientemente de que cada caso es particular.

Esa famosa categoría de ‘hombre’ es una invención cultural, fruto de una serie de rituales de pasaje en muchas comunidades o de una educación estricta que determina qué es y qué no es ser hombre en cada sociedad. La psicoanalista Nancy Chodorow plantea que es necesario de alguna forma arrancarlo de la figura materna para que no la imite totalmente a fabricarlo socialmente, en un proceso que puede ir desde ritos dolorosos en Nueva Guinea hasta fuerte presión social en una cancha de fulbito peruana.

En realidad, esta búsqueda de autoconvicción dura toda la vida y se da permanentemente, convirtiendo a los hombres en niños inseguros mostrando una máscara de machos completos. Esa inseguridad se traduce en un permanente teatro que busca demostrar fortaleza, superioridad y que deviene en violencia y amargura. Así, la antropóloga Rita Segato sostiene: “El violador no está solo, está en un proceso de diálogo con sus modelos de masculinidad, está demostrando algo a alguien que es otro hombre y al mundo a través de ese alguien”. Segato enfatiza la impuesta necesidad del hombre de convencerse de serlo demostrando poder. Y este mandato forma parte de la socialización del individuo a lo largo de su vida.

Por otra parte, la antropóloga peruana Norma Fuller considera que no basta hablar de un solo tipo de masculinidad y, más bien, debiéramos hablar de múltiples formas en las que la sociedad busca encajar al varón al interior de un molde que lo espera desde que es concebido.
Así, por ejemplo, un joven peruano en sus últimos años de colegio será exigido por sus amigos a mostrar su virilidad; es decir, su capacidad física para probar, lo que supuestamente, lo hace hombre. De ahí las primeras borracheras, las peleas o las primeras experiencias sexuales.

Luego al mismo muchacho, ya convertido en adulto, la misma sociedad le exigirá que muestre “hombría”; es decir, ser padre, proveedor y protector de una familia a la que la sociedad le asigna mandar. Esto como ideal que no necesariamente corresponde con la realidad, en la que muchas mujeres son jefas de hogar. Así, por ejemplo, la publicidad y la denominación que se usó en el último censo parecía tomar por sentado que el varón era el “jefe del hogar”.
Por último, en la adultez se le demandará ser un hombre exitoso en el plano público. Estará vigilado por los ojos de una sociedad que condena la vagancia y, aunque sea difícil, se le exigirá conseguir trabajo y ascender. Incluso la sociedad lo mirará con sospecha si su pareja gana más que él.

Norma Fuller observa que las masculinidades esperadas son de por sí contradictorias y vulnerables y, en los últimos tiempos, desafiadas. Es común oír expresiones como “no eres lo suficientemente hombre”, “compórtate como hombre”, “los hombres no lloran” en las que se sugiere que se puede perder esta condición.

Junto con ello, las mentalidades sociales han ido cambiando de forma mucho más rápida que la identidad tradicional del varón. El discurso democrático exige ahora un mundo más amplio en el que conviven, se aceptan y valoran identidades como las lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales. En este mundo en proceso de construcción (con mucha lucha de por medio) el “macho alfa” clásico ya no puede definirse por oposición a la mujer, o sentirse seguro de su propia masculinidad. El macho alfa tampoco puede ser viable en un mundo donde las mujeres han adquirido mayor poder político, económico y simbólico y recursos mucho más consuetudinarios para defenderse.
Así como las mujeres fueron vigiladas y castigadas con culpa y vergüenza por la sociedad colonial, Internet, la organización grupal y un cambio en el sentido común han hecho que existan hoy más armas para la defensa. Sin embargo, creo que la vigilancia no es suficiente, pues siempre ha habido legislación contra la violencia y se ha encontrado la forma de transgredirla.

Es inaceptable y escandaloso que los espacios públicos sean lugares peligrosos para las mujeres. Es insoportable que se hable todos los días de mujeres violadas y no de hombres que violan mujeres. Es absurdo que se culpe a las mujeres de descuido o de exponerse al peligro, justificando las agresiones.

No me siento inocente al escribir esto. Como dije antes, soy hombre y soy parte del problema. Pienso que parte de la solución es que eduquemos –y nos eduquemos– en dejar de competir o mostrar que tenemos virilidad, hombría o poder (al final como suele suceder nuestro miedo al “qué dirán” es siempre absurdo). Cada uno de nosotros es responsable de sus actos, pero nos corresponde promover una educación que se desmarque de la violenta masculinidad para integrar la ternura, la empatía y la seguridad en uno mismo frente a la clásica presión de grupo macho. Una educación que sea democrática en el hogar, entre niños y niñas, en la escuela (sin miedo a la palabra ‘género’) y en nuestra interacción cotidiana. Salgamos juntos de la perspectiva paleolítica del poder y la violencia.

En diciembre de 1980 John Lennon autografió con mucha amabilidad para un fan su último long play. El fan era Robert Chapman, quien horas después le dispararía, y el disco, el “Double Fantasy”, en el que aparece la canción con la que abrí este artículo. Con un fragmento de la misma canción quiero cerrarlo y es precisamente uno que refleja la dificultad que tenemos los hombres en expresar nuestra ternura:
“Mujer, tengo dificultad para expresar mis emociones mezcladas y mi pensamiento, después de todo te estaré en deuda… Intentaré expresarte mis sentimientos y mi agradecimiento por enseñarme el significado de lo que es el éxito”.

Es difícil para los hombres expresar y vivir esa ternura que tenemos contenida. Pero vamos, podemos hacerlo, debemos hacerlo.

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