(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Hugo Coya

Periodista

La escena es recurrente desde el inicio de la cuarentena: a las ocho de la noche en punto algunos de mis vecinos salen al balcón de su cómodo departamento miraflorino, aplauden emocionados, lanzan vivas al país y entonan orgullosos la canción “Contigo Perú”.

No es para menos. En los tiempos que corren, finalizar otro día marcado por la zozobra y sobrevivir sin ser alcanzado por el coronavirus merece no uno, sino muchos festejos. Pero más allá de ese instante comunitario, pletórico de pechos henchidos, el enclaustramiento ha hecho que, sin pretenderlo, me obligue a compartir, al igual que a muchos de ustedes, parte de la intimidad de los demás.

En mi caso, los escucho, a distintas horas, desde el ‘home office’ en que han convertido sus terrazas, conversar entre ellos, criticar a quienes salen a comprar cada día, a los que venden en las calles, a quienes se aglomeran en los mercados y bancos.

En las redes sociales y la prensa, la situación no resulta distinta. Se pontifica, se acusa al gobierno de ineficiencia; se persigue cámaras en mano a quienes deambulan sin permiso; se exige a las Fuerzas Armadas y policiales a actuar en forma más enérgica; se sindica al piurano, chiclayano o loretano de irresponsables y hasta el presidente Vizcarra nos dice que “si van a comprar papa o lechuga, se van a llevar de yapa el COVID-19”.

La búsqueda de culpables o de una respuesta por el número de víctimas en una epidemia es inherente a la historia de la humanidad.

Incluso mucho antes de la primera guerra biológica que se tenga registros en el mundo, ocurrida en el año 1346 cuando los tártaros lanzaban catapultas con cadáveres y enfermos en su intento por esparcir la peste negra encima de las murallas para obtener la rendición del antiguo puerto de Caffa, entonces bajo dominio genovés y ubicado en la actual ciudad rusa de Feodosia. Los pobladores capitularon sin atisbar que la peste bubónica, en realidad, se esparcía a través de las ratas.

Consideraciones históricas y epidemiológicas aparte, esta sensación del fin del mundo que experimentamos ahora, alimenta, pues, la necesidad de hallar responsables de aquello que nos sucede, porque nos tranquiliza moralmente, como apunta el argentino Ezequiel Gatto, un especialista en investigaciones sociohistóricas regionales.

Así, carente de pruebas, ganan adeptos de las teorías acerca de un laboratorio secreto desde el cual se escapó el virus, la estrategia del gobierno de Beijing para controlar el mundo, un bien delineado plan para eliminar a los ancianos de la faz de la Tierra o el chino que incorporó a su dieta al murciélago.

Explicaciones que, además, parten desde la creencia de que todos estamos en el mismo barco cuando estalla una crisis sanitaria de esta magnitud, aunque la realidad –ahora más que nunca– nos esté demostrando que eso no es verdad y nunca lo fue.

Para el economista Hugo Ñopo, se traduce en una ironía el hecho de que hayamos sido uno de los países con mayor confinamiento de América Latina y el Caribe y, al mismo tiempo, uno con los mayores contagios. Acota, sin embargo, que más de un tercio de la población peruana carece de refrigeradora y no puede darse el lujo de comprar para una semana, quince días o un mes.

Si a ello agregamos que entre siete u ocho millones de peruanos no acceden al agua potable como para lavarse las manos constantemente y así combatir al COVID-19, tendremos un espejo más nítido de la realidad.

Entonces, no es lo mismo atravesar una cuarentena en una casa de playa o en un holgado departamento de clase media aguardando el delivery del supermercado, que vivir en la casa hacinada de un asentamiento humano, obligado a salir cada día para obtener algo de dinero, buscar alimento o tener que izar tu bandera blanca, proclamando que tu familia está a punto de morirse de hambre.

Situaciones distintas de un mismo fenómeno que reflejan un agujero más profundo que el perceptible a simple vista. Inequidades de un país que hasta no hace mucho tenía a un puñado de burócratas convencidos de que estábamos listos para ser reconocidos en las grandes ligas de la economía mundial.

Incluir estas reflexiones en las conversaciones de mis vecinos y otras personas que se asemejan a ellos, podría ayudarlos a entender mejor el país en el que vivimos tanto como las incontables veces que ellos mismos salieron a correr, pasearon a la mascota en grupo, hicieron reuniones para festejar cumpleaños o las múltiples veces que abandonaron el encierro para ir a fumar un cigarrillo.

Quizás eso les ayudaría, como a muchos, a cantar con más emoción por la noche, ver más allá del propio ombligo, a tornarnos en jueces más misericordiosos y justos de los otros y más severos con nosotros mismos.

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