“Hay una diferencia importante entre los que han decidido mirar el mundo de frente para aceptar la situación e involucrarse en el problema y los que egoístamente no quieren saber”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Hay una diferencia importante entre los que han decidido mirar el mundo de frente para aceptar la situación e involucrarse en el problema y los que egoístamente no quieren saber”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Patricia del Río

Periodista

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No saber. Vivir fuera de la realidad. Ignorar lo que está sucediendo. Estos suelen ser mecanismos de los que los seres humanos echamos mano en momentos de incertidumbre y desgracia. Los mismos psicólogos recomiendan tratar de no ver las noticias para evitar la ansiedad y angustia.

Y el mecanismo de protección tiene sentido. Sin embargo, ¿de qué nos estamos perdiendo cuando decidimos no saber que de las más de 2.000 camas UCI que hay en nuestro país (entre hospitales y clínicas) ? Que en regiones como o no hay una sola disponible. O que en aquellos centros de salud en donde se libera una cama con ventilador y personal (que son las únicas que sirven) hay listas de espera tan largas que los médicos están obligados a tomar la espantosa decisión de decidir a quién entuban y a quién no.

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Cuánta empatía nos falta cuando elegimos ignorar que no queda ni una burbuja de oxígeno medicinal y que familias enteras viajan buscando balones para sus parientes. O cuando simplemente ni nos enteramos de que algunas regiones como Ica o Apurímac han superado en tiempo récord el número de muertos por que registraron durante la primera ola.

Las autoridades de Camaná, en Arequipa, piden a gritos ayuda porque han pasado de tener un muerto cada 15 días a tener cuatro al día, y parece que nadie quiere escucharlos. Y en Machu Picchu, los otrora emprendedores del turismo sobreviven gracias al “Una esperanza”, que reparte hasta 200 raciones de almuerzos diarios.

Viktor Frankl fue un neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco que sobrevivió al holocausto judío. Estuvo recluido en lugares tan espantosos como Auschwitz y Dachau. Para tratar de explicar aquello en lo que se convierte un ser humano en situaciones extremas escribió su famoso libro “El hombre en busca de sentido”. No se trata de un diario personal contando el calvario de un prisionero, ni de un texto testimonial detallando la maldad de los nazis. Lo suyo es más profundo: ofrece una mirada a la naturaleza del ser humano sin maquillajes. Según Frankl, cuando el hombre acepta su destino y su sufrimiento conserva su valor, su dignidad y su generosidad. Le encuentra sentido a la situación límite por la que está atravesando. Pero cuando se deja arrastrar por la amarga, y casi siempre egoísta, lucha por su propia supervivencia, es capaz de actuar como un animal. La oportunidad de elegir uno u otro camino es una de las pocas cosas que los seres humanos podemos conservar en las situaciones más aberrantes. Escoger qué clase de individuo queremos ser es una de las pocas libertades que nada ni nadie nos puede arrebatar.

La humanidad la está pasando mal. Algunos mucho peor que otros. Pero estas no son buenas épocas para nadie. Hay una diferencia importante, sin embargo, entre los que han decidido mirar el mundo de frente para aceptar la situación e involucrarse en el problema y los que egoístamente no quieren saber, no les interesan las malas noticias, y comentan molestos en redes sociales si alguien postea alguna situación negativa. Solo conocer la cruda realidad por la que estamos pasando nos va a permitir, como señala Frankl, encontrarle sentido a nuestras vidas y actuar como seres conscientes de nuestra fragilidad y de nuestra vulnerabilidad. No se trata de echarse a llorar frente a la desgracia ni de obsesionarse con la tragedia, sino de asumir con entereza lo que nos toca.

y seguro muchos elegirán ser pequeños seres humanos y hacer como si el problema estuviese resuelto. Habrá otros, en cambio, que tendrán que violar la cuarentena para seguir viviendo, que en cada uno de sus actos se estarán jugando la piel por los suyos, y que ya aceptaron con dignidad su sufrimiento. Por cada peruano que elige no saber, seguirá habiendo miles que ya no pueden darse ese lujo porque sus vidas, y sus muertos, ya son parte de las malas noticias.

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