“Murales muralitos”, por Gonzalo Torres
“Murales muralitos”, por Gonzalo Torres
Redacción EC

No está de más pintar un poco más acerca de este tema que ha alborotado redes sociales y hasta a la alcaldía que, estoy seguro, no se dio cuenta del revuelo que iba a causar y reculó mínimamente dejando en pie los murales de Chabuca (aquella que sin querer instauró esa imagen de la arcadia colonial linda y evocativa. Quizás por eso la dejaron: porque “va con Lima”, al menos con esa imagen artificiosa). La intención es poner de relieve la oportunidad que se pierde Lima y la importancia que los murales tienen para la imaginería visual de una ciudad como esta, deteriorada en varios de sus puntos y con un Centro Histórico incendiándose de a pocos (¿ya repararon el ?).

El muralismo tiene una larga data como arte. Si bien las comparaciones son odiosas, habría que poner de manifiesto la historia del mismo para entender de dónde vienen estas expresiones que acaban de ser borradas. Se alimenta de dos vertientes artísticas, el grafiti y el muralismo. El muralismo mexicano de Siqueiros, Orozco o Rivera son los antecedentes internacionales más conocidos que se emparentan con el realismo social de pintores y muralistas norteamericanos de los años de la preguerra. La temática siempre fue social y política. Nuestros ejemplos están en el antiguo Ministerio de Educación (Núñez Ureta) y en la antigua iglesia del Colegio de Santo Tomás (Ugarte Eléspuru) lo que los emparenta, de alguna forma, con estos, pero aquellos fueron interioristas y estos privilegian la calle. En los ochenta, se produce este cambio, anónimo, primero, y vinculado con una estética pop (Haring, Basquiat), que además toma la estética del vandalismo grafitero de las pandillas para sublimarla en arte como el famoso caso de Banksy.

En otros centros históricos el muralismo ha sido una ventaja, verlo de otra forma es una mirada limitada a las posibilidades que tiene una ciudad con el arte. O es tener motivos ulteriores, pero ya sabemos que las preocupaciones de esta administración municipal no son, sustancialmente, las culturales.

En los ochenta, Richard Haas, utilizando la técnica del trompe l’oeil, comenzó a “completar” edificios con engañosas imágenes sobre todo en aquellos con paredes laterales, ciegas, feas a la vista. Y esas paredes abundan precisamente en nuestro centro (en toda la ciudad, por extensión).

Los murales cumplen la función de expresado en el “tagueo”, firma insurrecta con poco contenido estético que adornaría una pared pintada, la tentación máxima del grafitero.

Los murales no necesariamente son para siempre, pudo haberse dado otra convocatoria con temática cerrada y temporalidad y eso hubiese permitido que, con poco, un centro que privilegia el inmovilismo se vuelva un lienzo vivo y cambiante. Los nuevos muralistas han transformado sus referentes tanto artísticos como callejeros para convertirse, en todo el mundo, en una nueva expresión con su propio discurso. Si eso no es arte, entonces pintemos todo de amarillo.