“Visitar a un médico es un modo de confortarnos con la idea de que hay alguien más, fuera de parientes y amigos cercanos, preocupados por nuestra salud”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Visitar a un médico es un modo de confortarnos con la idea de que hay alguien más, fuera de parientes y amigos cercanos, preocupados por nuestra salud”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alonso Cueto

Escritor

Amo a los médicos. Desde hace unos años, cada cierto tiempo, incorporo a un nuevo especialista a mi red de citas mensuales. Mientras aparecen nuevas dolencias, busco nuevos nombres. Un otorrinolaringólogo, un cardiólogo, un urólogo. Una neuróloga es la última que ha entrado en mi sistema de asistencias reparadoras. Estas son relaciones estables. Pero también tuve una relación quirúrgica intensa y pasajera alguna vez con un neurocirujano. Cada cita resulta no solo en un intercambio de consejos y recetas. Visitar a un médico es un modo de confortarnos con la idea de que hay alguien más, fuera de parientes y amigos cercanos, preocupados por nuestra salud. Toda cita médica exitosa es también en parte un tratamiento psicológico.

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Hoy en día los médicos aparecen en los medios peruanos con una función parecida. Informarnos, calmarnos, advertirnos. Si antes de la pandemia, los noticieros entrevistaban a los economistas (que cumplen hoy funciones parecidas a las de los teólogos en la Edad Media), los médicos los han reemplazado por un tiempo. Pronto los economistas volverán con nuevos bríos.

La medicina peruana ha tenido científicos y promotores de primer nivel desde que en 1807 convenció al Virrey Abascal de construir un colegio unificado de medicina (en 1811 empezaría a funcionar el “Colegio de Medicina y Cirugía de San Fernando”, bautizado así en honor al rey de España). Poco después apareció el piurano Cayetano Heredia que en el gobierno de José Luis Orbegozo realizó su labor como Inspector General de Hospitales. Luego Heredia se propuso reorganizar el “Colegio Nacional de Medicina”, y logró traer al Perú a grandes profesionales como Antonio Raimondi, Manuel Solari y Sebastián Lorente. Unos años después de la muerte de Cayetano Heredia, un apasionado y valiente estudiante de Medicina de San Marcos, el pasqueño , se inoculó sangre contaminada con la bacteria de la verruga, para estudiar su evolución. Tenía veintiocho años. Un tiempo después, otro médico, el doctor Carlos Monge Medrano, iniciaría los estudios de biología andina lo que daría lugar a la explicación científica del “mal de montaña crónico”. En 1931, el Decano de la Facultad de Medicina de La Sorbona la bautizaría como la “enfermedad de Monge”. Otros médicos como Alberto Barton, Carlos Monge Cassinelli y Fernando Cabieses podrían integrar la lista de médicos que hicieron una diferencia.

Hoy algunos profesionales de gran nivel han saltado al escenario público. Los doctores Mazzetti, Gotuzzo, Ugarte (quien ha cumplido una labor heroica), la doctora y muchos otros, han ofrecido opiniones valiosas en estos días. Entre nosotros, los médicos han estado preocupados por la salud de sus pacientes pero también por la salud pública, lo que explica que varios de ellos hayan asumido cargos públicos a lo largo de nuestra historia.

Los novelistas no han sido ajenos a la medicina. De hecho, dos grandes escritores, Anton Chéjov y Somerset Maugham, estudiaron medicina. se inspiró en la creación de Sherlock Holmes, en su profesor de medicina, Joseph Bell. La estupenda y recordada escritora peruana Pilar Dughi, autora de “Ave de la Noche”, también era médico de profesión, y gestionó numerosas políticas de salud pública.

En su best seller, “El médico”, Noah Gordon cuenta la historia de Rob, un discípulo de Avicena, que tiene el don de comprobar si alguien va a morir solo con tocarlo. Es cierto que los médicos tocan de cerca la vida y la muerte. Su profesión es una permanente aventura. No me extraña su coraje cuando van a tratar la pandemia en alguna región del Perú. Es por eso que los amamos.