Reflexiones sobre la vida y la muerte, por Luis Millones
Reflexiones sobre la vida y la muerte, por Luis Millones
Luis Millones

Antropólogo

Regresé de México con el encargo de escribir respecto a un tema de su pasado. Como de costumbre, releo mis textos queridos cuando voy a precipitarme en un universo que conozco poco, pero al que llegaré porque me interesa y por la cantidad de materiales escritos que traje conmigo.

En este caso, busqué entre mis estantes a Octavio Paz. No lo conocí en persona, pero lo leí con fervor y vi su programa de televisión muchas veces. Duraba una hora y asistían invitados, a los que apenas dejaba hablar, porque se tomaba todo el tiempo para disertar sobre el asunto que en esa ocasión le preocupaba. Era la magia de su palabra la que me hacía no perder las conversaciones que mantenía con una audiencia que, como yo, seguía con fascinación sus razonamientos.

Lo leí en 1962. Pocos años atrás había salido “El laberinto de la soledad”, me lo regaló el historiador inglés David Brading, que llegaba a Lima en una de sus primeras visitas. Esa vez, estoy casi seguro, para formalizar su compromiso con Celia Wu. 

Ahora que debo empezar a escribir sobre la muerte, pensando en la forma en que peruanos y mexicanos de tiempos precolombinos reflexionaron sobre ese tránsito, una frase de Octavio Paz se me pone en el camino: “Para los antiguos mexicanos la oposición entre la muerte y la vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable. La vida no tenía función más alta que desembocar en la muerte, su contrario y complemento; y la muerte a su vez no era un fin en sí, el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre insatisfecha. El sacrificio poseía un doble objeto: por una parte, el hombre accedía al proceso creador (pagando a los dioses, simultáneamente, la deuda contraída por la especie); por la otra, alimentaba la vida cósmica y la social, que se nutría de la primera”.

Cómo comparar estas palabras con nuestras momias, que desde la época de Paracas, o antes, trataban de prolongar la vida, en un pensamiento muy ajeno al pago de sangre que hacen los mexicanos a sus dioses, que se sacrificaron para dar a los hombres el sol y la luna, que eso es lo que Paz llama “deuda contraída por la especie”. 

O mucho más tarde, cuando las familias imperiales o ‘panacas’ contaban entre sus miembros a momias que interactuaban con la nobleza incaica, ofreciendo sus juicios y opiniones a través de servidores que interpretaban sus pensamientos e intervenían en las sesiones de la élite.

Los tlatoanis o reyes de Tenochtitlán, al morir, eran incinerados y sus cenizas guardadas, mientras sus esencias (almas o ánimas) se reunían al cortejo del dios Sol, sin volver a ser molestados por las tribulaciones de los humanos. 

Los monarcas andinos, vivos y muertos, por el contrario, seguían interviniendo en la política del incario, corriendo el riesgo de que al momento en que llegase al poder un inca de alguna panaca enemiga, arrojase al río, degollase o quemase a la momia, sus parientes y servidores. 

Paz no es el único que interpreta literariamente la prehistoria mexicana. También lo hace Carlos Fuentes, a quien saludé alguna vez, justamente porque alojaba a Brading. 

Unos meses más tarde tropecé con su cuento “Chac Mool”, que es el nombre de una escultura precolombina, de talla humana aproximada, que está recostada sobre sus codos y que en su vientre sostiene una vasija con ofrendas para los dioses que pueden ser desde incienso hasta corazones humanos.

Fuentes convierte a la estatua en una historia de horror, que cobra vida y destroza la de quien la había acogido. El formidable impacto de su narración ofrece otro ejemplo de la maestría mexicana de ser intérpretes de su pasado.