"Así que, en la segunda vuelta, a ese puñado demográfico que a ojos del resto del país ha de lucir como una élite excluyente y vanidosa, le toca elegir el “mal menor”". (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
"Así que, en la segunda vuelta, a ese puñado demográfico que a ojos del resto del país ha de lucir como una élite excluyente y vanidosa, le toca elegir el “mal menor”". (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
Carlos Contreras Carranza

Historiador y profesor de la PUCP

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Las justas presidenciales suelen ser buenas atalayas para lanzar una mirada de largo plazo sobre la política nacional. Si, además, estas coinciden con un bicentenario de la introducción del régimen republicano, la ocasión está más que servida, aunque solo haya ocurrido una vuelta.

Un hecho que estas ha ratificado es que son los sectores sociales C y D los que determinan quiénes serán los candidatos finalistas para la segunda vuelta. Los sectores A y B son los que salen a tomar las calles y, como lo demostraron en el pasado noviembre, pueden tumbar un gobierno o a un Congreso, pero no tienen los votos que definen las lides en las urnas. El peso demográfico de los sectores C y D se impuso ya en las elecciones del 2006 y del 2011, cuando los que pasaron a la vuelta final fueron y en el primer caso, y Humala y en el segundo.

Si se revisan los resultados del 11 de abril en Lima, uno encuentra que, en los distritos de la Lima clasemediera y alta, ahí donde se leen los diarios con columnas de opinión y se sintonizan los noticieros de cable, el triunfador fue , con su marca del tren bala. quedó en un digno tercer lugar y el partido morado y el llegaron a entrar en la foto. Pero saliendo de esa burbuja y entrando nada más que a la periferia de la capital, asoman en los resultados de vanguardia los , los Fujimori y los . Y cruzando hacia ese territorio que los limeños conocemos como el interior, el reinado es pleno de los Castillo, Fujimori y, quizás, .

Así que, en la segunda vuelta, a ese puñado demográfico que a ojos del resto del país ha de lucir como una élite excluyente y vanidosa, le toca elegir el “mal menor”. ¿Quieres votar por el mismo grandulón que causó el desastre económico de los años ochenta o por el comandante que coquetea con las ideas y los millones de Hugo Chávez? ¿Te inclinarás ahora por este o por la hija del dictador de los noventa, a quien promete liberar apenas esté en su mano? ¿Votarás por ella o por el príncipe de los lobbies del capitalismo transnacional en el país? Uno imagina que lejos de las orillas del Rímac se les aprecia de otra forma y es esa lectura la que cada cinco años nos ponemos, con curiosidad y desazón, a descifrar.

En cualquier caso, hoy nos vemos ante unas alternativas abiertamente opuestas, que resultan como las antípodas de la forma de organización de una economía nacional. O el capitalismo chicha y populista de la una, o el socialismo extractivista y silenciador de instituciones democráticas del otro. ¿Nos hemos visto así en épocas anteriores en estos dos siglos de historia republicana?

La respuesta es que sí. Una revisión de nuestro pasado muestra otros momentos en que los peruanos debimos acudir a las ánforas con la sensación de estar depositando en la ranura de esa cajita la piedra preciosa de nuestro destino. En la primera centuria de la vida republicana, cuando las elecciones presidenciales eran indirectas y las revoluciones con fusil en mano eran el método más socorrido para llegar a Palacio, vivimos, por ejemplo, la elección decisiva de 1872 entre el candidato civil Manuel Pardo y el militar José Rufino Echenique, que prometían dos modelos de gobierno y sociedad radicalmente distintos. En 1912 la tensa elección fue entre el hacendado civilista Antenor Aspíllaga y el empresario salitrero del sur Guillermo Billinghurst, de raigambre pierolista. En aquellas ocasiones se impusieron los hombres que suponían un cambio.

En la segunda centuria, y ciñéndonos al período en que rigió la elección presidencial directa, tendríamos la de 1931 entre el comandante Luis Sánchez Cerro y el intelectual trujillano Víctor Haya de la Torre. Igual que hoy, la elite limeña no quería a ninguno. Uno, por tratarse de un oscuro militar de ideas políticas imprevisibles y confusas, que había resultado súbitamente catapultado a la popularidad por haber derrocado al “tirano Leguía”. Y el otro, porque si bien tenía orígenes sociales más católicos (un trujillano blanco, hijo de medianos terratenientes), enarbolaba ideas políticas peligrosas que lo enfrentaban contra su propia clase, como un príncipe renegado. Para la oligarquía el mal menor fue el comandante, quien resultó ungido triunfador.

Un dilema semejante no volvió a tocar hasta 1990, cuando pasaron a la segunda vuelta y . Este último proponía una revolución liberal, y aquel, en cambio, un programa económico más gradual, que no rompía con el statu quo, en el que los quisieron ver lo opuesto a un ajuste económico doloroso. Ganó el que supuestamente esquivaba el ajuste, pero que finalmente lo hizo a su modo. Puede ser de poco consuelo si como habitante limeño o, al fin citadino, que está leyendo este periódico, usted se entera de que ya nos hemos visto antes en parecido trance. Somos como el comensal desdeñoso, que cuando no encuentra sus platos favoritos, opta por pedir solo un té