"Si creíamos que estábamos mal en ese entonces, el mes que acaba de terminar fue peor". (Foto: Rodrigo Abd / AP)
"Si creíamos que estábamos mal en ese entonces, el mes que acaba de terminar fue peor". (Foto: Rodrigo Abd / AP)
Editorial El Comercio

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Un año, un mes y 29 días, el Perú registró oficialmente su primer caso de . Poco más de una semana después, el entonces presidente instauró una de las cuarentenas más severas del mundo y, al mismo tiempo, el país inició la lúgubre rutina de, día a día, contar el número de compatriotas que la enfermedad se llevaba. Faltaban camas UCI, pruebas diagnósticas, mascarillas y oxígeno. Por su lado, la incertidumbre sobraba y la curva epidemiológica que nos dibujaban a diario no se comportaba como las autoridades esperaban que lo hiciera. El demostró ser incapaz de darnos las cifras precisas de fallecidos, pero el Sistema Informático Nacional de Defunciones (Sinadef) adelantaba, contabilizando el exceso de muertos con respecto a otros años, que el panorama era peor de lo que el Ejecutivo podía describir.

Pero si creíamos que estábamos mal en ese entonces, el mes que acaba de terminar fue peor.

En el 2020, agosto fue el mes más letal, con un promedio de 196 muertos diarios, de acuerdo con el registro del Minsa. También tuvo el mayor número de casos, con un promedio de 7.655 al día. En abril del 2021, sin embargo, hubo un promedio de 314 muertos y 8.355 contagiados diarios, aumentos significativos que golpearon a un país fatigado por más de un año de sufrimiento sanitario (atizado, hay que decirlo, por las crisis políticas y la revelación, tras el , de que fuimos traicionados por quienes debían cuidarnos).

Dada la magnitud del sufrimiento humano que lo ocurrido en abril ha supuesto, y habida cuenta de que el COVID-19 tiene al Perú en vilo desde hace más de un año, los esfuerzos por combatirlo tienen que ser la prioridad del próximo gobierno. Sencillamente, a estas alturas, la quietud no es una opción aceptable, como tampoco el reestreno de medidas que antaño no nos sirvieron. Se necesita una nueva estrategia, con solvencia técnica y voluntad política.

Por el momento, tanto como (el candidato de Perú Libre ni siquiera menciona la pandemia en su plan de gobierno) están dejando mucho que desear en este campo. Para empezar, ambos vienen haciendo campaña flanqueados de multitudes, muchas veces en espacios cerrados. Incluso, el debate celebrado el sábado pasado, organizado a la carrera, supuso la aglomeración de muchos ciudadanos. Un hecho que, tras un abril negro por tantos peruanos de luto, es tan ofensivo como irresponsable.

Una de las prioridades tendrá que ser el proceso de vacunación y los dos candidatos se han pronunciado en ese sentido. Sin embargo, es importante que se entienda que apuntalar la inoculación de los ciudadanos no es una estrategia en sí misma, toda vez que ha quedado claro que las dosis necesarias para ello irán llegando a cuentagotas. El proceso debe ser acompañado por campañas ambiciosas de rastreo de contagios, aislamiento de los enfermos, optimización de los servicios de salud y abastecimiento al personal médico de todo lo que requiera para trabajar, incluidos los balones de oxígeno medicinal. Asimismo, el trabajo conjunto con el sector privado deberá mejorarse. La emergencia ha demostrado que el Estado no puede ser mezquino y asumir que puede darse abasto cuando es claro que no es el caso.

Abril, en suma, no puede repetirse. Los números que vamos conociendo contienen el riesgo de que olvidemos que, detrás de cada uno de ellos, hay millares de vidas perdidas y familias sufriendo. Quien quiera llegar a la presidencia tiene que entender que ese debe ser el primer punto de su agenda. Y ello incluye medidas potables para reanimar nuestra economía y acercar el país a la estabilidad. Es lo que se necesita, pero, lamentablemente, es algo a lo que no se le parece estar dando la importancia que merece.

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