"Lo que preocupa de tales declaraciones no es solo que no mencionen ni por casualidad la represión que ha merecido pronunciamientos de alarma de la OEA, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional, sino que dan una idea de los estándares democráticos de quienes podrían llegar al poder en menos de dos semanas". (Foto: EFE)
"Lo que preocupa de tales declaraciones no es solo que no mencionen ni por casualidad la represión que ha merecido pronunciamientos de alarma de la OEA, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional, sino que dan una idea de los estándares democráticos de quienes podrían llegar al poder en menos de dos semanas". (Foto: EFE)
Editorial El Comercio

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Hace apenas tres días, con motivo de las protestas desatadas recientemente en Cuba contra la dictadura castrista, recordamos en esta página la forma indulgente en que la izquierda latinoamericana en general y la peruana en particular han tratado siempre al régimen comunista instalado en la isla hace más de 62 años.

Como se sabe, los mismos sectores que se solidarizan con las asonadas producidas en los últimos tiempos en Chile o en Colombia, y se apresuran a condenar aquello que consideran la “criminalización de la protesta” en nuestro país, guardan silencio absoluto cuando ese tipo de manifestaciones se producen contra una satrapía con la que guardan sintonía ideológica, como las de Venezuela, Nicaragua y . Aun cuando sea democrático, si el gobierno retado en las calles es “de derecha”, los saludos a la población que reclama menudean. Pero si es una tiranía de izquierda, aprietan los labios, ensayan contorsiones retóricas para evitar llamar a las cosas por su nombre o llegan incluso al vergonzoso extremo de tratar de justificar sus tropelías repitiendo coartadas en las que nadie cree. Un fenómeno al que hace varias décadas el escritor francés Jean-François Revel denominó con toda propiedad “hemiplejia moral” y que sigue verificándose aquí y en otros lugares del mundo hasta el día de hoy.

De hecho, no pasó mucho para que el síndrome descrito se viera una vez más confirmado entre nosotros. Levantando el fantasmón del embargo o el bloqueo comercial impuesto por Estados Unidos contra Cuba, diferentes voceros y líderes de izquierda salieron efectivamente a procurarle coartadas a la represión desatada en La Habana contra los ciudadanos que salieron a demandar alimentos, medicinas y libertad. El secretario general de , Álvaro Campana, por ejemplo, escribió en su cuenta de Twitter que “el pueblo cubano hace décadas sufre un criminal bloqueo como resultado de una revolución inconveniente para Estados Unidos”, mientras que el congresista del Lenin Checo declaró a este Diario que “el principal problema de Cuba es la libertad del pueblo cubano con respecto al bloqueo que va siendo un tema totalmente intransigente por parte de Estados Unidos”: curiosas fórmulas que sugieren que los apaleos, prisiones y torturas que sufren periódicamente los disidentes en la isla son culpa del Gobierno de Washington.

Más graves que esas ocasionales recitaciones de sujeción a la satrapía inaugurada por Fidel Castro, sin embargo, son las que provinieron de la cabeza misma del proyecto político que aspira a asumir pronto las riendas del Ejecutivo y de su entorno. Mientras que Hernando Cevallos, voceado ministro de Salud en la eventual administración castillista, escribió que “los violentistas” (que protagonizaron actos de protesta frente a la embajada cubana en Lima) quieren “mantener el bloqueo y destruir la economía de Cuba soberana” y proclamó su “solidaridad con Cuba rebelde”, el propio señaló que “todo esto debe resolverse dentro del país hermano, atendiendo a las necesidades ciudadanas, pero, sobre todo, no acallando la persecución económica norteamericana”.

Lo que preocupa de tales declaraciones no es solo que no mencionen ni por casualidad la represión que ha merecido pronunciamientos de alarma de la OEA, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional, sino que dan una idea de los estándares democráticos de quienes podrían llegar al poder en menos de dos semanas. Es decir, de los que ellos entienden por una forma adecuada de gobernar el país… ¿Podemos, por otra parte, esperar políticas públicas sensatas de parte de quien, antes de reconocer una situación de ilegitimidad y abuso tan evidente, prefiere insistir con el subterfugio ya mencionado y cerrar filas con la más longeva de las dictaduras que ha conocido Latinoamérica?

La vieja hemiplejia de la que hablaba Revel, por lo visto, sigue gozando de buena salud en las , y si algún embargo está demostrando resistir el paso del tiempo es el de la verdad entre ellas.