Todos los Santos, por Carlos Meléndez
Todos los Santos, por Carlos Meléndez
Carlos Meléndez

Politólogo

“Todos los (Gregorio) Santos” es el título del capítulo que escribe Luis Meléndez en “Anticandidatos” (Planeta, 2016) sobre la trayectoria política del candidato presidencial sorpresa de estas elecciones. El autor narra el enraizamiento social del líder cajamarquino –desde las rondas campesinas y el magisterio– y su sintonía con un movimiento social antiminero que –aunque los prejuicios limeños no lo crean– lo desbordó. “Santos, más que movilizar, era una autoridad movilizada”, concluye la investigación.

En las últimas semanas de campaña, Santos mostró que existía espacio para un discurso antisistema y rural, más radical y directo –en sus formas– que el articulado del Frente Amplio. Para quienes sostienen que el debate presidencial carece de relevancia, Santos lo aprovechó más que sus adversarios. Pudo dirigirse por primera vez de manera masiva al electorado y acuñó los términos de la decisión electoral: continuidad versus cambio del modelo económico. Con una “caduca” (sic) constitución política en la mano, obligó a los alineamientos políticos de última hora. Mendoza rehusó la moderación y se plegó al llamado por el cambio constitucional y Fujimori endosó con orgullo la defensa de la herencia paterna. (Y sus costos, recuerden que no hay Constitución del 93 sin 5 de abril del 92).

En política –a diferencia del fútbol–, los ganadores morales sí suman puntos. Aunque Democracia Directa no pasó la valla (por décimas porcentuales), Santos puso en el mapa la radicalización de Cajamarca (y otras regiones). Se impuso al fortalecido fujimorismo en la pugna por el bastión “minero” y melló gravemente la posibilidad de Mendoza de pasar a la segunda vuelta. La candidata del Frente Amplio obtuvo su votación más baja en Cajamarca (10,1%) y perdió respaldo radical clave en Puno (donde Santos alcanzó el 20%). Se evidenció la heterogeneidad de la izquierda peruana y la factibilidad de proyectos de origen regional que amenazan –desde las urnas– al ‘establishment’ limeño.

Preocupa, sin embargo, la orfandad política en la que queda Cajamarca. Esta región votó mayoritariamente –para presidente y Congreso– por políticos que no fueron elegidos debido a las reglas electorales. La disonancia entre las demandas y la representación política se agrava en la región cuando la cifra repartidora dicta una mayoría congresal fujimorista (4 parlamentarios de FP, 1 del FA y 1 de APP) que no corresponde con el clamor cajamarquino. Conflictividad sin representación es la peor combinación para la gobernabilidad. Así, Cajamarca se erige como el nuevo “sur radical”, con un peso electoral ligeramente mayor al de regiones importantes como Cusco y con un líder –aunque encarcelado– legitimado por su crecimiento electoral a pesar de la adversidad.

¿Puede Santos dirigirse al resto del país sin perder su sello e identidad? Es complicado que Santos alcance a representar a una mayoría en el país, pero el peso que ha ganado políticamente es estratégico. Puede convertirse en quien incline la balanza a favor de politizar la desigualdad, sobre todo si se consolida el Frente Amplio y si se mantiene la estructura excluyente –tanto social como políticamente– del “piloto automático”.