(Foto: EFE)
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Carlos Cabanillas

Una reflexión contra intuitiva: jugar un partido de fútbol en un país autoritario no implica avalar sus políticas públicas. Cantar en no es un delito, aunque en eso parecen no coincidir Shakira, Dua Lipa o Rod Stewart. Suena obvio, pero hay que decirlo. La controvertida decisión de la FIFA de ampliar sus sedes en regímenes como los de Rusia y Qatar solo son la confirmación de otra obviedad: que el mundo es ancho y ajeno. Y que la realidad es mucho más compleja de lo que cree un activista millennial.

Sinceremos el debate: antes del mundial, a muy pocas autoridades les interesaba la cacería de homosexuales, los anacronismos de género y el régimen de semiesclavitud al que sometían a los trabajadores extranjeros en Qatar. La opinión pública occidental que hoy cree que todo se resolverá con brazaletes vivía en su burbuja de algoritmos. Después de este mundial, en cambio, será difícil que las inaceptables afrentas a los derechos humanos en Qatar pasen desapercibidas. El fútbol está visibilizando la realidad catarí y quizás, en un mediano plazo, ayude a occidentalizar su política nacional. Porque estamos sintonizando el mundial con la pantalla plana al revés: no se trata de politizar el fútbol, sino sobre todo de ‘futbolizar’ la política. Es decir, de la influencia que el fútbol tendrá en la política catarí. De lograr que el ‘deporte rey’ sea lo que en su momento fue el rock tras la cortina de hierro: un instrumento para occidentalizar. Porque finalmente ésa es la misión de la política: acercase al otro a pesar de las diferencias, no felicitarse y darse RT en Twitter entre iguales.

Lo escandaloso, en todo caso, son las denuncias de sobornos (ver el documental Fifa Uncovered en Netflix). Y en ese sentido hemos pasado de ‘la mano de Dios’ a ‘la mano invisible’.

Pero no tiene sentido lamentarse por las dictaduras que el fútbol supuestamente avaló. “La pelota no se mancha”, se dijo y se volverá a decir. Lo trágico sería imaginar un mundo un poco peor: por ejemplo, una dictadura que hoy no sería mundialmente repudiada en la cultura popular de no haber sido evidenciada por el campeonato de turno.

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Contra fácticamente hablando, el fútbol solo da revanchas en el imaginario popular. Ahí está el gol contra Ecuador que no habría fallado el ‘Cóndor’ Mendoza el 2005. Y el penal contra Australia que Luis Advíncula no debió chocar en el palo en junio de este 2022. Políticamente hablando, en cambio, lo único lamentable es que no haya habido más y mejor fútbol por culpa de los autócratas de turno. Y esa es la lamentable injerencia política en el fútbol: su capacidad para cambiar el marcador final. Porque en el multiverso redondo, la mitología nace cuando el tiro del destino choca en el travesaño de la política. Nunca se sabrá, por ejemplo, el nivel de favoritismo de los hombres de negro a favor del huésped en los mundiales de Corea 2002 e Inglaterra 1966. Si fue evidente, en cambio, que la mano de hierro del fascismo fue decisiva en los mundiales de Italia 34, Francia 38 y Argentina 78. Lo sabe bien la selección peruana, que recibió al dictador Jorge Videla acompañado de Henry Kissinger en los camerinos, como lo evidencia una foto de reciente publicación.

¿Cuántas más copas habría alzado la selección alemana si los jugadores de la RDA (República Democrática Alemana) que brillaron en las olimpiadas del 72, 76 y 80 hubieran podido jugar con los de la RFA (República Federal Alemana)? ¿Cuál habría sido el poderío futbolístico de Yugoslavia de no haberse dividido? ¿Cuánto habría durado el poderío de Hungría de no haber perdido al equipo exiliado de Hungaria? ¿Cuántos Stoichkov y Hagi se perdieron Bulgaria y Rumanía gracias a sus respectivas dictaduras comunistas? ¿Quiénes habrían ganado las copas de los mundiales de 1942 y 1946 (el escritor Osvaldo Soriano tiene su propia versión de esa historia)? ¿Qué habría logrado el fútbol ruso si Stalin no hubiera dividido a los equipos por sindicatos (por ejemplo, Lokomotiv para los ferroviarios) y hubiera cedido a la caótica lógica de los 193 grupos étnicos del Estado plurinacional soviético (tomen nota, lapicitos)?

En la mitología peruana, por ejemplo, cabe imaginar un escenario en el que Juan Velasco Alvarado autoriza la nacionalización del portero argentino Humberto Horacio Ballesteros para las eliminatorias rumbo a Alemania 74. Mientras tanto, en ese universo paralelo, y tras un buen papel en el Torneo Preolímpico Sudamericano de Colombia en 1972, un discreto arquero llamado Manuel Uribe evaluaba retirarse del fútbol para ser policía de investigaciones. Cabe imaginar también una realidad en la que la dupla Fujimori-Montesinos arreglaba un resultado decoroso en Chile para lograr una clasificación al mundial de Francia 98. Y de esta forma, romper la maldición de 16 años le habría insuflado oxígeno a un régimen corrupto que ya preparaba su tercer lustro. La ucronía más relevante, sin embargo, hubiera sido también la menos espectacular. Cuando en 1994 José Pekerman, el célebre entrenador argentino, creó un proyecto deportivo de largo plazo para formar a las futuras selecciones peruanas, se la ofreció a la Federación Peruana de Fútbol. Nicolás Delfino la rechazó. No queda claro qué habría pasado de haberla aceptado. Lo cierto es que la selección argentina se compró la propuesta y campeonó en los mundiales juveniles de 1995, 1997 y 2001. Lamentablemente, el resto sí es historia.

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Camiseta Presidencial

1970

“Espero triunfo verdadero y no moral”, dijo Juan Velasco al equipo peruano durante la entrega de uniformes antes de su partida al mundial de México 70. Tras la eliminación el dictador les abrió una comisión investigadora.

1977

Francisco Morales Bermúdez se puso la camiseta sudada de Julio Meléndez para festejar el 2 a 0 a Chile. El triunfo nos acercaba al mundial de Argentina 78. “En el Mundial 1978 parece que corrió dinero”, dijo años después, como quien no quiere la cosa.

2003

Alejandro Toledo, quien ya había jugado una ‘pichanga’ con la camiseta de la selección peruana, terminó de salarla posando con ella para desearles suerte a los jugadores que enfrentarían a Paraguay en las eliminatorias para Alemania 2006.

2013

Ollanta Humala alentó a la selección peruana en el Estadio Nacional. El entonces presidente incluso se puso la camiseta blanquirroja. También hizo lo propio su esposa, Nadine Heredia. Ambos presenciaron el Perú-Chile desde un palco. Fue para las eliminatorias del mundial de Brasil 2014.

2017

El entonces presidente Pedro Pablo Kuczynski declaró feriado nacional tras la clasificación peruana al mundial de Rusia 2018.

2020

“El árbitro nos desequilibra”, dijo Martín Vizcarra, criticando al réferi del partido contra Brasil en las eliminatorias a Qatar 2022. El entonces presidente tenía puesta la camiseta peruana.

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