El presidente de la República, Martín Vizcarra, planteó al Congreso una reforma constitucional para adelantar las elecciones generales en el 2020
El presidente de la República, Martín Vizcarra, planteó al Congreso una reforma constitucional para adelantar las elecciones generales en el 2020
Erick Sablich Carpio

Analista político

A poco más de una semana de la propuesta de adelanto de elecciones, la incertidumbre se mantiene. En el camino, el Ejecutivo finalmente presentó el proyecto de reforma constitucional anunciado por el presidente Vizcarra en su mensaje a la nación.

Tanto en ese documento como en las subsiguientes declaraciones del mandatario y del primer ministro Salvador del Solar, el argumento central del planteamiento incide en la necesidad de superar la “crisis política” mediante la “renovación de los poderes Ejecutivo y Legislativo”. Son dos los párrafos del proyecto que tratan sobre la “crisis”, básicamente para dar cuenta de su existencia y afirmar que los cambios fortalecerán la institucionalidad y la estabilidad económica y social.

Para los escépticos que se pregunten si algo tan radical como adelantar las elecciones en un régimen que no es parlamentarista por el contrario constituye una pésima noticia para la institucionalidad o un peligroso precedente para nuestra democracia, lamentamos informar que el proyecto no ofrece más razones. Para aquellos que duden de aquello sobre los efectos positivos en la estabilidad económica, el ministro de Economía y Finanzas trató de explicar la curiosa hipótesis a través de sendas entrevistas publicadas en “Gestión” y en este Diario, que merecieron un editorial de El Comercio sugerentemente intitulado “El ministro optimista”.

Que el país vive un clima de confrontación política desde la culminación del proceso electoral del 2016, qué duda cabe. No deja de resultar desconcertante, sin embargo, que quien fuera un actor clave en la caída de su predecesor en medio de esta situación ahora la utilice para patear el tablero. Y, en esa línea, que la narrativa que envuelve este episodio sea tan generosa con su nivel de responsabilidad en todo el asunto.

No es lo mismo hablar de la prepotencia y capacidad de desestabilización de Fuerza Popular durante la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski que en la de Martín Vizcarra. Menos aun con su lideresa presa, las filas disminuidas y el aplastante resultado del referéndum de fines del 2018, que terminó con la reelección parlamentaria. Políticamente, Vizcarra había vencido.

A los pocos meses, cuando su popularidad decrecía y las miradas se empezaban a concentrar en su gestión, Vizcarra volvió a recurrir a la figura de la cuestión de confianza para impulsar ciertas propuestas de reforma política elaboradas por la Comisión Tuesta, que inicialmente había recibido con desinterés. Casualmente, eligió aquellas que podían generar mayores diferencias con el Legislativo.

Y es en un nuevo contexto de popularidad a la baja, descontrol en el sur por el proyecto Tía María, cambio de control de la Mesa Directiva del Parlamento y el enfriamiento de la economía que el presidente toma como pretexto el rechazo de la reforma de la inmunidad parlamentaria y propone el adelanto de elecciones. Algo que, más allá de estar en contra de la decisión del Congreso, no resulta en absoluto proporcional.

Así las cosas, la animadversión ganada a pulso por la mayoría parlamentaria no debería soslayar el hecho de que quien se ofrece como desprendido bombero de esta crisis encendió el fuego en primer lugar. Y que, más que audacia y oportunismo político, necesitamos de su parte responsabilidad.