Jaime Bedoya

La obsesión del primer ministro con Adolf Hitler ya no solo es deleznable sino deprimente. Es la confirmación de que la convivencia civilizada peruana se encuentra desahuciada.

La primera vez pudo haber sido un achaque senil. Tal vez una prenda demasiado ajustada, si dándole el beneficio de la duda. Pero que la cabeza del Consejo de ministros insista en relativizar la sicopatía de un genocida que asesinó a seis millones de personas ya es un síntoma de algo mayor. Algo que hace ver como normal todo lo demás que está sucediendo.

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Y lo que está sucediendo es una polarización caníbal que engulle a las personas en un espiral de desprecio hacia el prójimo.

Con el nombre de Hitler de fondo, el Primer Ministro insulta al cardenal Barreto, le baja una llanta al Acuerdo Nacional antes que comience y cierra la jornada concediendo una entrevista al grupo político que aboga por la libertad un asesino de policías. Mientras eso sucede, las redes sociales acompañan esa animosidad con un flujo tóxico que cultiva el linchamiento sedentario. Privilegios de la tecnología: Odie a alguien sin salir de casa.

Solo faltaría que Torres condujera la primera castración química pública, acompañado de Aldo Miyashiro y los de Hablando Huevadas, desde un estrado al pie de Kuélap. Siempre con el pueblo.

De manera absolutamente involuntaria la barbaridad de Torres logró un pequeño sueño infantil: hizo que me comunicara con Mel Brooks, genio cómico del mundo mundial.

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Mel Brooks está a cuatro calendarios de llegar a los 100 años. Su trabajo prolífico y brillante, que ha hecho de este pobre mundo un lugar mejor, abarca hitos como crear a Maxwell Smart, el Super Agente 86. La incompetencia de Smart viene a ser una profecía de Pedro Castillo, pero con carisma.

En 1967 Brooks dirigió Los Productores, la historia de dos empresarios ventajistas de Broadway. Hartos de vivir de fracaso en fracaso idean un plan magistral para hacerse ricos: montar deliberadamente un desastre teatral previamente sobrevendido. Así, al cancelar la obra por mala, se quedarían con el dinero restante.

Para plasmar ese revés buscan un tema que ofenda profundamente a la mayor cantidad de gente. Tome nota Aníbal: deciden hacer un musical celebrando a Adolf Hitler.

El número musical central de esta ficción dentro de otra ficción lleva por título Primavera para Hitler. Ha sido reconocida como una de las mejores peores canciones de la historia. Tiene paso de ganso, tap y coreografías con esvásticas. El problema para los productores ficticios de la película es que la obra en cuestión se convierte en un éxito. Brooks, por cierto, se ha descrito como “espectacularmente judío”.

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La película inicialmente no fue aceptada fácilmente. Luego se volvió objeto de culto, alabándose la feroz sátira de algo atroz. Como obra de teatro se ha presentado tanto en Tel Aviv y en Berlín, donde las esvásticas fueron reemplazadas por pretzels para cumplir con la ley que prohíbe la simbología nazi. Se hizo una nueva versión en el 2005, que está en Apple tv bajo pago.

Desde que Aníbal Torres volvió a mencionar a Hitler la canción de esa película se instaló en mi cabeza. El premier no lo sabe, pero el en realidad es un personaje de una sátira que se burla del nazismo y su líder. La diferencia es que para Torres esto va en serio. De noche sueña con las falsas obras de Hitler, de día agrede entre los balbuceos de Castillo.

Se me ocurrió, efectos de la pandemia, que esto del apego de un primer ministro peruano por Hitler debía saberlo Mel Brooks. Encontré la manera de llegar a él y se lo conté.

Lo ha leído, pero aún no responde. Debe pensar que se trata de una improbable y exótica broma tercermundista. //


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