Renato Cisneros

“No hay carreteras hacia Shangri-La desde nuestra casa”, le explica la abuela al nieto en los asientos posteriores de un bus vacío que atraviesa las calles de Belfast, una noche irlandesa de fines de los años sesenta. Se refiere a la utópica ciudad budista de Horizontes perdidos, su película favorita cuando era niña, pero lo relevante de la escena es el gesto que compone mientras lo dice (puro oficio de Judy Dench). Mediante ese solo gesto sabemos que ella también tuvo sueños y que un día de hace mucho tiempo comprendió que crecer, muchas veces implica renunciar a ellos.

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El nieto se llama Buddy, tiene nueve años y está preocupado porque sus padres están pensando mudar a la familia a Inglaterra debido a los conflictos en el barrio. Él no quiere dejar Belfast, no quiere dejar de vivir en la casa número 96 de Mountcollyer Street, en ese vecindario donde todos lo conocen, donde él conoce a todos, donde puede jugar con sus amigos y defenderse de dragones imaginarios blandiendo una espada de palo y un escudo de lata. No entiende por qué su mundo tiene que romperse a raíz de un problema de religiones (las pugnas entre católicos y protestantes). Lo comprenderá poco después, al verse involucrado en un incidente que pondrá en riesgo su vida, la de su madre y su hermano mayor.

Elegí ver Belfast en el avión, no por sus galardones, que no los recordaba en ese momento (ganó el Óscar 2022 a mejor guion original, escrito por su director, el también actor Kenneth Branagh), sino por la imagen en miniatura, la foto del afiche: un niño saltando. Me recordó en algo a Billy Elliot. La asociación no es tan gratuita, pues si la cinta de Branagh nos cuenta, a través de los ojos de Buddy, los ‘Troubles’ –el sangriento conflicto armado entre protestantes unionistas y católicos republicanos en Irlanda del Norte, que duró casi 30 años–, en el 2000 la película de Stephen Daldry nos contaba, a través de los ojos de Billy, cómo la huelga minera en Reino Unido, a mediados de los ochenta, afectó la vida de la gente de un pueblo humilde del condado de Durham. Ambas cintas son largas cartas de amor a la infancia, a las historias que vivimos en ella, a los personajes que nos nutrieron y a las decisiones ajenas que en buena cuenta definieron parte de nuestra personalidad.

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Cabe, sí, una diferencia. Mientras Billy Elliot logra resistir la obsesión del padre de convertirlo en boxeador e impone su vocación por el baile, al pequeño Buddy no le queda más que aceptar el éxodo, la diáspora. Esto último puede remitirnos a lo que actualmente sucede en el Perú, donde muchas familias evalúan la posibilidad de migrar del país por sentirse atrapadas entre dos fuegos, dos tendencias que van haciéndose cada día más necias y radicales.

En más de una escena de Belfast, tanto los padres y abuelos de Buddy le preguntan qué quiere que ocurra (algo que evita hacer el padre de Billy Elliot con su hijo). “Olvídate de lo que quiere tu padre. ¿Tú qué quieres?”, le dice el abuelo, mirándolo a los ojos con tierna seriedad. Muchos padres resuelven pragmáticamente las situaciones familiares más delicadas, imponiendo sus criterios. No se esfuerzan por indagar en la voluntad de sus hijos menores. A veces se sobreestima el punto de vista de los niños, se reduce su intervención social a la gracia, la monería, la repetición anecdótica de tal o cual habilidad. Eso sí, se les fotografía hasta la saciedad, pero pocas veces les consultamos qué quieren, qué necesitan, qué esperan de nosotros. Sí, mañana, Día del Niño, es una excelente ocasión para hacerlo, pero sería mejor no depender de una efeméride para recordar una pregunta tan pequeña y fundamental. ¿Tú qué quieres? //

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